Universidad del Zulia (LUZ)

Revista Venezolana de Gerencia (RVG)

Año 31 No. 115, 2026, e3111529

Julio- septiembre

ISSN 1315-9984 / e-ISSN 2477-9423

Como citar: Mendoza, J. (2026). La memoria de los escombros: riesgo, sociedad y vulnerabilidad ante el doble evento sísmico en Venezuela. Revista Venezolana De Gerencia31(115), e3111529. https://doi.org/10.52080/rvgluz.31.115.29

La memoria de los escombros: riesgo, sociedad y vulnerabilidad ante el doble evento sísmico en Venezuela

Mg. Sc. Juan Mendoza*1

La explicación de lo que refiere a un fenómeno natural como los terremotos van mucho más allá de la geodinámica, la sismología o la ingeniería. Los factores históricos, políticos, económicos y culturales de una sociedad explican lo que se conoce como “el desastre”. El desastre es una expresión socialmente construida que supera el resultado de la amenaza natural Altez, 2009; Beck, 1992; Lavell, 1993), y como hemos vivido en Venezuela tras el doble sismo del 24 de junio del 2026, las consecuencias del mismo están sujetas a las condiciones estructurales y sociales en las que ocurre. Por tanto, el análisis de esta tragedia natural debe ser abordada como un hecho social total, que aborden las condiciones socio-estructurales de la sociedad venezolana y dé cuenta de la magnitud de la tragedia en relación con esta caracterización.

Esta relación ha sido ampliamente estudiada en América Latina por autores como García Acosta (1996, 1997) y Lavell (1993, 1996), quienes señalan que las pérdidas dependen tanto de la intensidad del evento como de la ocupación histórica del territorio, la desigualdad y el desarrollo urbano, por tanto, el terremoto constituye el detonante físico, mientras el desastre surge de su interacción con una estructura social vulnerable (Oliver-Smith, 1996) y del proceso social que termina afectando el funcionamiento cotidiano de las comunidades (Quarantelli, 1998). Las consecuencias también se distribuyen según las condiciones de vivienda, infraestructura e institucionalidad (Beck, 1992); en el caso venezolano, la crisis económica, el deterioro urbano y las limitaciones institucionales pueden ampliar esa vulnerabilidad (Lavell, 1996; García Acosta, 1996, 1997), de ahí la importancia de abordar desde la gestión de riesgo las dimensiones sociales, culturales e históricas, en tanto la capacidad de resiliencia comunitaria e institucional depende en gran medida de tales circunstancias (Tierney, 2014).

Los fenómenos naturales no generan catástrofes por sí mismos, sino que es resultado de los procesos históricos y sociales que producen vulnerabilidad, por eso, los desastres naturales son expresión de los problemas estructurales acumulados en una sociedad (Altez, 2009). Un mismo fenómeno natural puede tener consecuencias distintas según las dinámicas históricas, culturales, económicas, institucionales y políticas de una sociedad (García Acosta, 1996, 1997), entendiendo como directamente la pobreza, la desigualdad territorial y la planificación deficiente contribuyen a producir riesgo (Lavell, 1993, 1996).

El terremoto, como fenómeno natural, ocupa el lugar de detonante, pero los procesos sociales previos a él son los que constituyen el desastre en tanto la sociedad que recibe el impacto está sujeta sobre estructuras vulnerables y desiguales, amplifican los daños a través de la pobreza, la segregación y la debilidad institucional (Beck, 1992; Blaikie et al., 1994; Douglas, 1992), alterando las rutinas cotidianas, desorganizando las instituciones, afectando las identidades y la cohesión social (Hoffman y Oliver-Smith, 2002; Oliver-Smith, 1996; Oliver-Smith y Hoffman, 1999; Quarantelli, 1998). Las desigualdades territoriales, los procesos históricos de ocupación y la frágil gobernanza institucional construyen de manera previa la vulnerabilidad y la resiliencia de las comunidades, de este modo, las brechas socioeconómicas condicionan de forma diferenciada la exposición, la respuesta y la recuperación (Lavell, 1996; Oliver-Smith, 1999; Tierney, 2014). Por tanto, una misma amenaza genera impactos muy desiguales según el entorno, la diferencia entre la simple alteración de la seguridad en sectores urbanos consolidados y el riesgo extremo en zonas populares refleja cómo las estructuras económicas, la calidad constructiva y el acceso a infraestructura segura distribuyen el peligro (Beck, 1992; Blaikie et al., 1994; Grases, 1997; Leal Guzmán, 2017; Martínez, 2006; Oliver-Smith, 1977, 1979, 2016). La experiencia del terremoto de Caracas de 1967 demostró que estas brechas persisten durante la reconstrucción, donde el acceso a las viviendas y la estabilidad económica familiar dependieron de la ubicación y el soporte institucional de los afectados (Genatios et al., 2017; Tierney, 2014; Oliver-Smith, 1999).

Este tipo de emergencias activa redes de cooperación comunitarias, en donde se permite el apoyo vecinal para el abordaje de necesidades inmediatas, cooperando con las iniciatidas institcionales, integrando así, esfuerzos locales con la gestión pública (Hoffman y Oliver-Smith, 2002; Oliver-Smith, 1977, 1979, 2016; Quarantelli, 1998; Tierney, 2014; Turner, 1969). A su vez, el desastre reconfigura el significado del entorno urbano al transformar plazas, calles y estacionamientos en zonas de refugio y organización social, evidenciando que el territorio es un espacio construido socialmente por el poder, la planificación y las historias de vulnerabilidad que condicionan la percepción de la seguridad (Genatios et al., 2017; Grases, 1997; Leal Guzmán, 2017; Lavell, 1996; Martínez, 2006; Oliver-Smith, 1996).

De igual modo, la pérdida de una vivienda tras un evento de esta magnitud expresa fracturas que van más allá de lo material, afectando profundamente la identidad, la memoria y la seguridad, desarticulando los referentes cotidianos que constituyen el arraigo individual y colectivo (Halbwachs, 1992; Hoffman y Oliver-Smith, 2002; Oliver-Smith, 1977, 1979). en este sentido, el contexto venezolano es particular, en tanto esta alteración de los soportes espaciales se suma a la previa fragmentación familiar producto de la migración, situando a los sujetos en un estado de transición liminal e incertidumbre que exige la atención de la dimensión emocional, cultural y comunitaria como elementos centrales de la reconstrucción (Turner, 1969).

Los terremotos no terminan cuando cesa el movimiento del suelo, estos trascienden como un sello imborrable de los relatos familiares, prácticas culturales e imaginarios urbanos que transmiten temores, experiencias y aprendizajes, convirtiéndo así el desastre en una referencia desde la cual las comunidades interpretan su pasado y preparan respuestas futuras (Halbwachs, 1992; Genatios et al., 2017; Palme y Leal Guzmán, 2012). La memoria sísmica nace así del cruce entre el conocimiento técnico y la interpretación cultural, transformando los datos físicos en narrativas donde la identidad, la experiencia histórica y el aprendizaje colectivo alimentan tanto el temor como la creación de una cultura preventiva (Guerrero y López, 2019; Leal Guzmán, 2017) (Oliver-Smith, 1999).

La reconstrucción tras un desastre va más allá de reparar edificaciones, implica corregir las vulnerabilidades históricas, la precariedad habitacional y las limitaciones institucionales que agravaron el daño, evitando así reproducir las desigualdades que originaron la crisis (Beck, 1992; Blaikie et al., 1994). Avanzar hacia una verdadera resiliencia requiere transitar de la respuesta reactiva a una estrategia preventiva que combine el criterio sismo-resistente, el fortalecimiento institucional y el conocimiento local para convertir la prevención en una práctica cotidiana (Genatios et al., 2017; Grases, 1997; Lavell, 1996; Martínez, 2006; Quarantelli, 1998) (Oliver-Smith, 2016; Tierney, 2014).

Lo sucedido en Venezuela deja claro que el verdadero impacto está marcado por la desigualdad territorial, las grietas institucionales, la memoria colectiva y la capacidad real que tiene cada comunidad para levantarse tras el terremoto. El sismo simplemente saca a la luz las fragilidades acumuladas históricamente en nuestra sociedad, barrios sin planificación, casas precarias, recursos mal distribuidos e instituciones debilitadas, por ello, es fundamental entender qué estructuras sociales hacen que unos se protejan y recuperen rápido mientras otros lo pierden todo.

Levantar al país no pasa únicamente por construir infraestructura o reparar servicios públicos, es urgente reconstruir la confianza comunitaria, abrir espacios a la gente en la toma de decisiones y desarrollar una institucionalidad democrática que planifique con seriedad, genere credibilidad y sostenga políticas preventivas a largo plazo. Este doble evento sísmico nos pone de frente a la relación entre el Estado, la sociedad civil y el territorio, exigiendo una verdadera cultura del riesgo fundada en la educación y la corresponsabilidad que permita reducir la vulnerabilidad social para evitar que la fuerza de la naturaleza se vuelva a traducir en tragedia.

Referencias

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1* Mg. Sc. en Antropología Social y Cultural, Sociólogo. Profesor de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad del Zulia, Venezuela. Correo electrónico: juanmendoza.info@gmail.com ORCID: https://orcid.org/0009-0007-7428-5722