Universidad del Zulia (LUZ)
Revista Venezolana de Gerencia (RVG)
Año 31 No. 115, 2026, e3111528
Julio- septiembre
ISSN 1315-9984 / e-ISSN 2477-9423
Como citar: González, S. (2026). Trauma sostenido y vulnerabilidad psicosocial: el impacto de los terremotos en la salud mental venezolana. Revista Venezolana De Gerencia, 31(115), e3111528. https://doi.org/10.52080/rvgluz.31.115.28
Trauma sostenido y vulnerabilidad psicosocial: el impacto de los terremotos en la salud mental venezolana
Dra. Sabrina González
Docente e investigadoraUniversidad del Zulia - Universidad Rafael Urdaneta. Doctora en Ciencias Gerenciales (URBE, Venezuela). Magíster en Gerencia de Recursos Humanos (URBE, Venezuela). Magíster en Orientación Laboral por LUZ, Venezuela. Psicóloga (URU Venezuela). Docente universitaria (LUZ-URU, Venezuela; Broward International University, Miami, Florida). Consultor organizacional. Coach ejecutivo. Facilitadora. Investigadora (Venezuela-Panamá). Correo: gonzalezlloveraconsultoria@gmail.com, sabrina.gonzalez.176@uru.edu ORCID: https://orcid.org/0009-0007-5101-2668
Cuando nos encontramos con la definición de salud mental de la Organización Mundial de la Salud que reza: “La salud mental es un estado de bienestar mental que permite a las personas hacer frente a los momentos de estrés de la vida, desarrollar todas sus habilidades, poder aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a la mejora de su comunidad”, surgen un sinfín de preguntas sobre la historia venezolana de los últimos casi 30 años, durante la cual el término crisis apenas expresa el tamaño, profundidad y duración del sufrimiento que ha soportado cada ciudadano a lo largo del territorio nacional, sin distingo de estrato socioeconómico, formación académica, religión o ideología política.
Este sufrimiento se hace más crudo cuando recordamos el país que fuimos: libre, democrático, próspero, lleno de oportunidades laborales, académicas, sociales, sostenidos por un entramado social caracterizado por el vínculo familiar, afectos, unión y solidaridad, de puertas abiertas al migrante, a quien recibimos de brazos y corazón extendidos, y aceptamos como un venezolano más.
Así que, este proceso continuado de destrucción del país ocurrió por etapas: la pérdida de su democracia, institucionalidad y Estado de derecho, el empobrecimiento progresivo y continuado sumado a hiperinflación, escasez, devaluación, desmantelamiento del aparato productivo arropado por centralización y burocracia, la migración más grande de la historia, al menos en Latinoamérica, que trajo consigo la ruptura del tejido familiar y social, abandono, soledad forzada, las secuelas de la pandemia de COVID 2019 y más recientemente la doble migración, vivida por aquellos que se vieron forzados a regresar, las violaciones a derechos humanos ante los ojos silenciados de decenas de organizaciones a nivel mundial y gobiernos de otros países.
Todo esto y lo que no se puede describir en palabras, acabó haciendo mella en la salud mental de cada venezolano que dejó atrás la sensación de bienestar, la capacidad de enfrentar los reveses naturales de la vida, a quien le robaron la posibilidad de desarrollar sus habilidades y menos aún, contribuir en algún modo a su comunidad. Todos los indicadores de salud mental expresados por la OMS están presentes hoy en la vida del venezolano; se borraron, se perdieron.
Aprendimos a seguir en estado de supervivencia día tras día, a vivir en el modo “sálvese quien pueda”, a cargar nuestros duelos, a normalizar la tristeza y la nostalgia, a protegernos de ese otro que también sufre y lucha por encontrar algo que le dé sentido a su vida y sobre todo a su sufrimiento. El informe PSICODATA de la Universidad Católica Andrés Bello (2024) mostró datos importantes que describen una radiografía psicosocial del nuevo ciudadano venezolano en una muestra de 1500 personas que vale la pena mencionar: alrededor del 23% de las mujeres y el 16% de los hombres reportan síntomas de ansiedad y depresión, y específicamente regiones como Zulia y Oriente registran de forma constante niveles de malestar psicológico más elevados (23%) en comparación con la Región Capital (16%). Un 49% de los encuestados manifiesta haber perdido el sueño debido a preocupaciones constantes, y un 36% reporta sentirse agobiado y en tensión de forma continua. Másdel 81% de la población expresa desconfianza hacia los demás, un indicador de fragilidad en el tejido social que dificulta el apoyo mutuo comunitario durante emergencias.
ºEstos datos permiten entender la severidad en la afectación de la salud mental, el funcionamiento óptimo y el equilibrio emocional de la población venezolana, más aún en los grupos vulnerables como niños, adolescentes y adultos mayores. El mismo informe reporta que el acceso a servicios de salud mental es apenas visible, pues menos del 10% (9,65%) de la población ha buscado atención psicológica profesional en los últimos años, lo que evidencia la falta de recursos o de cultura de abordaje clínico preventivo.
Esta estadística coincide con los datos de la OPS Kohn et al. (2018) sobre salud mental; en América Latina existe una brecha de tratamiento en salud mental superior al 70%-80%; es decir, mucho más de la mitad de las personas que sufren un trastorno de salud, no reciben atención, o porque no la buscan o porque no hay suficientes profesionales de salud mental en el mundo.
Queda claro que todos los factores de protección social que favorecerían el funcionamiento autónomo de los ciudadanos en una sociedad han perdido su función y, en consecuencia, han deteriorado la calidad de vida de los venezolanos, quienes, a pesar de lo vivido, continúan mostrando fortaleza, resiliencia e incluso sentido del humor frente al contexto adverso en que les toca avanzar, en un país que desconocen y con una incertidumbre cada vez mayor frente a decisiones políticas cuestionables para la población.
Sin embargo, la capacidad resiliente y el humor característico del venezolano no tienen el poder de desaparecer las heridas ni el dolor de lo vivido, de todo lo perdido, lo cual amplifica la sensación de soledad o vulnerabilidad que hace más difícil otorgarle un sentido a la experiencia. Cuando somos vulnerables frente a una realidad de forma constante, nuestras estrategias de afrontamiento comienzan a disminuir y se vuelven menos efectivas, por lo que cualquier factor de estrés que aparezca en el contexto donde el individuo se mueve, tiene el poder de actuar como detonante de respuestas de alerta o hipervigilancia, frente a las cuales no aparecen conductas adaptativas, sino más bien defensivas.
En pocas palabras, el venezolano es resistente, pero esta fortaleza ha comenzado a agotarse, y no fácilmente encuentra en su habitualidad factores de protección. El informe Psicodata también señala que la única institución que identifica el venezolano como un espacio donde puede recibir ayuda para enfrentar sus problemases la familia, entidad que también está viviendo en vulnerabilidad. Entonces, ¿cómo sostenernos?
La salud mental debe ser entendida como un escudo que nos permite hacer frente a la adversidad; es desde allí que podemos crecer, aprender, fortalecernos, construir soluciones, asumir riesgos, ayudar, generar redes de apoyo, experimentar y cultivar estados emocionales positivos que nos hacen más fuertes. Lo contrario es justamente la vulnerabilidad, el quiebre que deriva de un sufrimiento que se volvió la norma de vida en el país y al cual no le vemos término. Todo esto trae consigo la sensación de falta de control. No saber cuánto tiempo más, no tener la posibilidad de cambio, hace mucho más difícil la experiencia cotidiana.
Durante los primeros meses del año 2026, se recuperó un poco el optimismo y la esperanza en mejores tiempos; algunos indicadores económicos sugerían un cambio positivo en el país, aunque no inmediato. Ciertos sectores productivos mostraron señales de reactivación más favorables que los observados en los últimos 10 o 15 años. Y entonces, el 24 de junio, que parecía ser un día feriado como muchos otros, para reunirse en familia, quedarse en casa, hacer una breve pausa en la rutina diaria, los venezolanos, que apenas comenzábamos a intentar levantarnos, reconfigurarnos, en espera de un futuro mejor, fuimos sorprendidos por una tragedia natural que removió al país hasta los cimientos. Un doblete sísmico nunca visto, con un impacto que hasta la fecha es inestimable en cifras de fallecidos, damnificados o lesionados. Imágenes dantescas vistas en tiempo real fueron suficientes para romper nuevamente la ya debilitada salud mental de la población.
¿A qué nos enfrentamos?
Si bien pudimos ser testigos de la capacidad de organización, solidaridad y colaboración masiva de la sociedad civil, en términos de salud mental, Venezuela vive hoy un trauma colectivo con diferentes matices que se suman a décadas de destrucción del tejido social. Síntomas como ansiedad, miedo, inseguridad, incertidumbre, hipervigilancia, insomnio, conmoción, intranquilidad, aparecen en la población indirectamente afectada por los terremotos, mientras que, por otro lado, los afectados experimentan síntomas de estrés postraumático por la magnitud de la catástrofe, acompañado de dolor, impotencia, tristeza, vulnerabilidad extrema, duelos complejos, sensación de estar desvalidos, desprotegidos, con el gran desafío de construir una nueva forma de vivir sin saber por dónde comenzar y con apoyos limitados o muchas veces inexistentes.
Esta experiencia traumática tiene además implicaciones sociales, políticas, jurídicas, legales muy complejas. Y costará muchos años recomponer no solo las estructuras afectadas, sino la capacidad de reinventarse para avanzar. Para una buena parte de los venezolanos, el día siguiente a los terremotos, su vida cambió para siempre, y solo nos queda como sociedad volver a hacer uso de recursos psicológicos como la resiliencia, la esperanza, la espiritualidad propia del venezolano, la conducta prosocial para construir nuevas redes de apoyo psicosocial que nos permitan sostenernos y cuidarnos.
Y quizás, aunque ahora sea poco visible, como país tenemos el deber moral de educarnos, organizarnos y prepararnos para situaciones como esta,tanto dentro como fuera de las aulas, en las instancias sociales comunitarias, en las comunidades, empresas, organizaciones sin fines de lucro, iglesias. Estamos llamados a construir una sociedad más eficiente, emocionalmente inteligente y con mejor capacidad de respuesta para lo que en el futuro pueda ocurrir.
La diferencia estará en las acciones que emprendamos de ahora en adelante, las cuales deben estar orientadas a priorizar la atención psicológica, acompañamiento emocional, estrategias de intervención focalizada en las familias, diseñar protocolos de vigilancia ante señales de alerta en los diferentes espacios de convivencia: familia, escuela, empresa, comunidad, evitando la sobreexposición a información relacionada con el evento sísmico para minimizar el riesgo de revictimización, fortalecer los planes de acción frente a desastres naturales sin dejar de brindar apoyo de los cuidadores en todos los niveles de atención en salud.
Saldremos de esto, sin duda, pero no seremos los mismos.
Referencias
Organización Panamericana de la Salud. (s.f.). Salud Mental. Recuperado el 2 de agosto de 2026, de https://www.paho.org/es/temas/salud-mental
Organización Mundial de la Salud. (2014). Salud mental: un estado de bienestar. Notas descriptivas de la OMS.
Universidad Católica Andrés Bello. (2024). Retrato psicosocial del venezolano 2024: Presentación de resultados. Escuela de Psicología, PsicoData Venezuela.