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QUÓRUM ACADÉMICO

Vol. 16 Nº 2, Julio-Diciembre 2019. Pp. 77-113

Universidad del Zulia


Avanzar volteando el espejo. Tendencias internacionales en los estudios de comunicación social y escenarios profesionales


Carlos Delgado Flores1



Resumen

“No se puede avanzar hacia el futuro mirando por el espejo retrovisor”

(Marshall Mc Luhan)


El artículo presenta las tendencias internacionales en los estudios de comunicación social y los escenarios profesionales. Más allá de las implicaciones ontológicas, epistemológicas o éticas que puedan observarse en torno a las posturas de los intelectuales, parece un hecho fáctico que la emergencia de la Sociedad del Conocimiento y el panorama del cambio de época apuntan hacia una transformación profunda del campo intelectual, que puede trascender en complejidad y alcance a un buen número de interpretaciones del fenómeno, hechas desde transdisciplinas o núcleos problemáticos, las cuales no contemplan la existencia posible de problemas de representación y autorreferencia a la hora de articular el trabajo intelectual. Hablamos del campo académico de los estudios de comunicación social y es necesario advertir que preservamos la limitación espacio temporal a la consideración de América latina, aquí y ahora, sosteniendo una tradición que quizás valga la pena mantener sin necesariamente hacer afirmaciones enfáticas en aras de, por lo menos, poder discurrir en una reflexión donde una tradición casi centenaria toca en el presente las perspectivas de un futuro acaso tan halagüeño como comprometedor.


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Recibido: Septiembre 2018 - Aceptado: Diciembre 2018


1 Investigador del Centro de Investigación de la Comunicación de la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela). cardelf@gmail.com



image Este obra está bajo una licenciadeCreativeCommonsReconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0Unported.


Palabras clave: estudios de comunicación, investigación, formación, educación.


Advance by flipping the mirror. International trends in social communication studies and professional scenarios


Abstract


The article presents international trends in social communication studies and professional scenarios. Beyond the ontological, epistemological or ethical implications that can be observed around the positions of the intellectuals, it seems a fact that the emergence of the Knowledge Society and the panorama of the change of time point towards a profound transformation of the intellectual field, that can transcend in complexity and scope to a good number of interpretations of the phenomenon, made from transdisciplines or problematic nuclei, which do not contemplate the possible existence of problems of representation and self-reference at the time of articulating the intellectual work. We speak of the academic field of social communication studies and it is necessary to note that we preserve the temporal space limitation to the consideration of Latin America, here and now, maintaining a tradition that may be worth maintaining without necessarily making emphatic affirmations for the sake of, for at least, to be able to reflect on a reflection where an almost centennial tradition touches in the present the prospects of a future perhaps as rosy as it is compromising..


Keywords: communication studies, research, training, education.


1. Introducción


En otro texto (Delgado-Flores, 2011) se ha señalado, para formular una genealogía sintética de la evolución de los estudios de comunicación social, que el principio de la formalización de los estudios de comunicación tiene su antecedente en la filosofía del lenguaje desarrollada por la filosofía romántica alemana, sin desmedro de reflexiones realizadas en períodos


históricos anteriores, remontables al período escolástico o a la antigüedad clásica. Sin embargo, no será sino de la mano del desarrollo tecnológico de medios radioeléctricos (telégrafo, radio, cine y luego televisión), la revolución industrial, la administración tayloriana, la consolidación del imperialismo capitalista, las guerras mundiales y la bipolaridad geopolítica cuando el oficio de periodista deviene práctica profesional industrializada, cuando se conforma como la primera de las identidades profesionales de los que hoy se reconocen como productores de comunicación social; y cuando surgen los primeros estudios de la relación de sus “productos” con las audiencias, centrados en el concepto de opinión pública. Con el tiempo, serán las teorías funcionalistas las que primero prevalezcan, como actualizaciones dentro de la especificidad del paradigma neopositivista, de larga hegemonía en las ciencias naturales y sociales, hasta hoy. Un indicador de este hecho puede verse en el continuado desarrollo de investigaciones protocolizadas con empleo o bien del método hipotético-deductivo o bien del nomológico deductivo, caracterizadas, según su diseño de investigación, por la identificación y operacionalización de variables.


Si bien no puede hablarse con exactitud de una sucesión paradigmática entre el paradigma neopositivista o el paradigma dialéctico-crítico, se pueden establecer distanciamientos y homologaciones entre uno y otro. Así pues, el método de la ascensión de lo abstracto a lo concreto o el método dialéctico operan mediante deducción, lo que llevaría a suponer que no es en la metódica, sino en la ontología e incluso en la epistemología, donde ambos se diferencian realmente, coincidiendo además en que las formulaciones de uno y otro son de tipo reductivo. Este hecho podría señalarse para explicar por qué en ambos casos, la comunicación humana se da como un hecho fenoménico evidenciable dentro de una realidad concreta, pero también para apuntar la sospecha de que acaso por considerar la realidad de la comunicación desde una perspectiva común, sus distinciones científicas terminaron por diferir solo en la heurística.


Por otro lado, el estructuralismo implicó un distanciamiento metódico con el neopositivismo y la teoría crítica, por cuanto buena parte de su producción se realiza por el método inductivo a partir de la experiencia fenoménica, de la cual se inducen enunciados generales. Supone, sin embargo, un primer acercamiento al giro lingüístico, a partir del cual se producirán distinciones importantes dentro de la producción científica contemporánea, sobre


todo en el rastreo de los procesos de producción de subjetividad donde interviene la comunicación como clave interpretativa de la constitución de estructuras simbólico-sociales. No obstante, la ruptura que supone el postestructuralismo obedece más al cuestionamiento epistemológico que al metódico, considerando de utilidad la relativización de las diferencias frente a las estructuras, antes que la generalización de las mismas, en la búsqueda de leyes universales. Vale decir que el postestructuralismo es quizás, el primer paradigma científico que renuncia al proyecto moderno, de allí que buena parte de sus pensadores se les conozca hoy como postmodernos. Es el primer proyecto científico que se plantea con consistencia el trascendentalismo sin sujeto, con no pocas críticas formuladas en el contexto de la filosofía contemporánea.


Pero el acercamiento al giro lingüístico, evidenciable desde la ruptura trazada por el segundo Wittgenstein, será desarrollado por paradigmas más contemporáneos, como el construccionismo social, el feminismo y la ciencia cognitiva. Su gran diferencia con los paradigmas anteriores, se sabe, es radicalmente epistémica; para éstos, el lenguaje ya no será representación “pictórica” de la realidad concreta, sino agente de la comprensión de esta realidad en cuanto que construcción subjetiva y consenso intersubjetivo a la vez. El interés de la comunicación visto desde estos paradigmas se centra en su participación como ámbito de mediación/reconstrucción de la intersubjetividad y las formulaciones al respecto provienen inicialmente de la psicología social. La corriente de investigación generada en torno a estos paradigmas se relaciona estrechamente con los estudios culturales, en lo que acaso pueda entenderse como la reformulación contemporánea de una tradición: la del comprehensivismo weberiano (2005)


Algunos autores como Torrico (2004) señalan en los paradigmas mencionados la pretensión de universalidad, al procurar constituirse en teorías generales, lo cual sería indicativo de que quizás estos paradigmas sí persigan la reconstrucción de las narrativas de la modernidad. No obstante, en nuestra opinión, es posible que por el contrario, sea, precisamente, a partir de ellos, desde donde puedan pensarse a cabalidad, la existencia de un proyecto civilizatorio diferente a la modernidad ilustrada, hegemónica, dado el alcance interpretativo que la idea de sistema tiene para la interpretación de la complejidad.


Crítica de la ¿crítica?


La lectura paradigmática de la evolución del campo de estudios no se deslinda del examen que pueda hacerse de su constitución desde la perspectiva de los haceres investigativos generados por la comunidad científica latinoamericana, institucionalizada en los gremios académicos. Dos investigaciones se reseñan a estos efectos, la de Renzo Moyano (2014): La producción científico académica en comunicación. Felafacs y Alaic publicada en la revista de Alaic volumen 11 n° 20 y la de Gustavo Hernández Díaz (2013): La investigación en comunicación en América Latina. Tendencias y perspectivas a partir del siglo XX.I publicada en la Revista Comunicación, estudios venezolanos de comunicación, número 161, primer trimestre de 2013.


Moyano distingue cuatro cuestiones fundamentales sobre las prácticas metodológicas en la investigación en comunicación en América latina, que afectan la pertinencia de la investigación. Para ello realiza una extensa bibliometría de la producción de publicaciones tanto de la Federación Latinoamericana de Facultades y Escuelas de Comunicación Social – FELAFACS- como de la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación – ALAIC. Estas cuatro cuestiones, a modo de conclusión se expresan, a saber, como: a) falta de integración disciplinaria; b) insuficiencia de la reflexión epistemológica; c) demanda de análisis crítico acerca de las condiciones institucionales de la investigación académica; y d) debilidad de las prácticas metodológicas. (171-172). Apunta como causa probable de estas cuestiones, la perspectiva planteada por Maria Immacolatta Vasallo de Lopes (1999) de que acaso una de las razones de la insuficiencia crítica de la investigación de la Comunicación en América Latina, sea justamente la hegemonía del paradigma funcionalista. Esta hegemonía limita la capacidad del enfoque de las mediaciones propio de los estudios culturales en su versión crítica latinoamericana (Jesús Martín Barbero, Néstor García Canclini, Rosanna Reguillo, Guillermo Orozco et allia) “‘para establecer una real ruptura teórica con la perspectiva funcionalista y neutralizar la tendencia a: la reducción de los procesos de recepción y de la subjetividad a lo psicológico y a lo cotidiano, con prescindencia de las categorías estructurales; y a la disolución del vínculo teórico que los estudios culturales supieron tejer entre poder y cultura’” (Vasallo de Lopes 1993, p.86 cp Moyano, 2014).


Sostiene además que en el plano metodológico, las limitaciones del modelo de las mediaciones se manifiestan en la preferencia del análisis descriptivo, orientado a responder por la conducta de los individuos en su relación con los medios de comunicación, sin comprensiones en el nivel interpretativo. (Moyano, 2014: 175-176)


Por su parte, Hernández se enfoca en la evaluación de la investigación con foco en ALAIC, sosteniendo que se profundiza en temáticas formuladas en la década de los ’90: “la recepción mediática entendida en su contexto social, sin determinaciones efectológicas; la interdisciplinariedad entre educación y comunicación; la hibridad antropológica de los estudios culturales; la comunicación alternativa en el ámbito de las redes digitales y la globalización; la influencia de las tecnologías en las mediaciones sociales y cognitivas”. Enfoques que formulan otro punto de vista para reenfocar el interés de la comunicación hacía las “fuentes mediacionales” (familia, escuela, grupos de amigos, videotecnologías, etcétera) y su influencia en la percepción de los medios y la cotidianidad.” (Hernández, 2013:85)


Hernández señala además, campos inexplorados: “Abordajes que derivan de la psicolingüística y de la neurociencia; de la inteligencia artificial y de la nanotecnología; de la informática, ingeniería de sistemas y ciencias gerenciales”, a los cuales agrega: “la relación entre educomunicación y mediaciones sociales, la antropología de la comunicación desde la mediología pragmática y la ciencia cognitiva, la búsqueda de una epistemología de una comunicación organizacional, los estudios de economía y política cultural, la economía de la cultura y de la creación, por citar algunos”.(Hernández, 2013:89) Y temas de debate:


Se prevén estudios sobre el estatuto epistemológico y las vertientes metodológicas del campo de la comunicación, a partir de asuntos prioritarios:

a) relativismo teórico (Vidales, 2011); b) consenso teórico o de univocidad terminológica (Pasquali, 2012; Aguirre, 2011); c) precisión epistemológica sobre la historia de la investigación en comunicación y sus aspectos teóricos y metodológicos (Pineda, 2006, Vassallo, 1999); d) configuración interdisciplinaria y transdisciplinaria del campo comunicacional (Rizo, 2004); e) vinculación entre etnografía y mediaciones sociales (Orozco, 1997, 2001); f) interrelaciones entre investigación empírica, básica y aplicada y entre docentes de escuelas, profesionales y gerentes de medios (Sánchez,


2002). Aspectos que no dejan de ser polémicos, según perspectivas asumidas, que avivan el debate epistemológico y que evitan la instrumentalización conceptual de este campo del saber. (Hernández, 2013: ibídem)


Una conclusión, preliminar, a los efectos de este texto, puede plantearse a partir del examen de estas investigaciones, y es que a falta de una episteme disciplinaria que conforme el campo de estudios, la investigación en comunicación se descentra de la sociología hacia el establecimiento de miradas interdisciplinarias que preserven la comprensión de la complejidad del fenómeno. Y este descentramiento posiblemente se esté produciendo como respuesta orgánica de la comunidad académica al conflicto intergeneracional que Octavio Islas y Amaia Arribas señalaban en su texto Breve historia de la academia latinoamericana de comunicación (2010), señalándolo como una extraña paradoja frente a la emergencia de lo digital:


"Today the emerging Latin American academy of communication is undergoing a profound transition to the digital present. The uncertain outlook has definitely caused great confusion in the older generations of scholars and researchers of communication, who fear that they have lost the authority to diversify and multiply the sources of knowledge. The crisis definitively will not be solved creating new associations with the same people and leaders, replicating the same patterns. The crisis can be solved if and only if the latin American academy of communication undertakes an indispensable self-criticism. That is, whitout a doubt, the first step." (Islas y Arribas, 2010: 13)


Tres modelos de sociedad en la coyuntura


En la primera década del siglo XXI parece estarse consolidando con mayor precisión el panorama del cambio de época en la historia de la civilización, tanto para la configuración del mundo tal y como lo hemos conocido, como para los sistemas de saberes que la estudian, tanto en su generalidad, como en los saberes y prácticas particularizadas, en especial las que se basan en la comunicación como mediadora de un devenir (Duch, 2002). Se reportan, en la actualidad, tres paradigmas para concebir la sociedad: uno, industrial, de masas, otro global, que luce como prolongación del anterior y otro, de redes, de conocimiento. Los tres lucen como sucesivos en una perspectiva


cronológica, sin embargo, si la sociedad de red se manifiesta mediante la construcción intersubjetiva de las significaciones, y la sociedad industrial (e incluso la global) por la producción y distribución de sentido dentro de las lógicas del capital, pareciera que la sociedad siempre fue en red, aun cuando durante mucho tiempo se le mirara como sociedad de masas, particularmente en la materia que nos ocupa: la comunicación humana y social.


¿Se puede elegir uno entre los tres? ¿El paradigma de la sociedad red sustituye eficazmente al de la sociedad industrial o al de la sociedad global a los efectos de la investigación en ciencias sociales? Quizás sea así, si miramos esta parte del paisaje de cambios desde la perspectiva kunhneana de que hay superación histórica de los paradigmas por sustitución de unos por otros. Por otro lado, si la sociedad red se subsume en la sociedad industrial y/o global porque se comprende que tanto una como otra distribuyen bienes –materiales o simbólicos- y en el intercambio hay una plusvalía consagrada por la propiedad del modo de producción, no parece haber allí superación posible, porque una y otra son formas de ver la estructura social dentro del capitalismo. Y el problema con las soluciones monistas, es que en determinado momento, la operación interpretativa que procura la comprensión de los fenómenos reales es limitada porque la aspiración a la explicación deja fuera interpretaciones divergentes. La fórmula deviene dogma.


Así pues, parece estar surgiendo un orden social distinto, y ello es trascendente para la evolución de los estudios de comunicación social, porque se apunta hacia un cambio de capital; porque se plantea un cambio profundo en la noción de espacio público y por ende, de la noción de Estado; porque la lógica de las prácticas, tanto materiales como simbólicas, cambia radicalmente y por consiguiente las disciplinas modernas para estudiar los fenómenos sociales donde está implicada la comunicación, están dando paso a transdisciplinas que apuntan hacia la búsqueda de nuevas comprensiones.


Una manera de visualizar de manera sucinta el panorama de cambios lo ofrece el cuadro siguiente:


Cuadro 1.


Tendencias contemporáneas entre Sociedad Industrial, Sociedad Global y Sociedad del Conocimiento para el Mercado, el Estado, la Organización y la Comunicación Social



MERCADO


Sociedad industrial


Sociedad Global

Sociedad del Conocimiento

Producción industrial


Producción segmentada

Producción dedicada (delivery)


Mercadeo masivo


Mercadeo relacional


Mercadeo 1x1


Mercado como espacio único

Mercado global como integración de bloques / Mercado local que compite en el global


Mercado como espacio reticulado


Consumidor masivo


Consumidor segmentado


Prosumidor


Capital financiero


Capital financiero y relacional

Capital cognitivo (bien de intercambio y de estructuración social)

Economías de aglomeración


Economías desterritorializadas

Economías de intangibles


Valor cuantificado


Valor cuantificado / Valor agregado

Externalidades / costo-beneficio marginal

Competitividad como estrategia empresarial


Competitividad como proyecto de sociedad


Colaboración como proyecto de sociedad


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Solidaridad como caridad


Solidaridad como Responsabilidad Social: Ciudadanía corporativa


Infociudadanía


ESTADO

Estado moderno, democrático y liberal


Hegemonía de las democracias imperiales


Tercer entorno (Telépolis)


Estado soberano


Sistema de gobernabilidad mundial

Estado reticulado, cooperativo, integrador del ámbito glocal


Estado nacional

Sistema de gobernabilidad mundial

Tercer entorno (Telépolis)


Estado contractualista y garantista


Estado corporativista

Estado reticulado, cooperativo, integrador del ámbito glocal


Estado asistencialista (Welfare State)


Estado de democracia social

Estado reticulado, cooperativo, integrador del ámbito glocal


Estado regulador de la libre empresa


Estado de tercera vía

Estado reticulado, cooperativo, integrador del ámbito glocal

Estado rector del sistema de gobernabilidad

Estado correspondiente en lo local al sistema de gobernabilidad mundial


Tercer entorno (Telépolis)


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Democracia representativa, de masas


Democracia mediática

Democracia directa

/ democracia comunitaria / Democracia deliberativa


ORGANIZACIÓN

Organización sistémica


Organización sistémica global

Organización reticulada glocal

La organización que produce


La organización que aprende

La organización fractal

Organización localizada


Organización deslocalizada


Organización virtual

Organización moderna (Ford)

Organización Transnacional

(Intel)

Organización Postmoderna (Google)

Organización que entrega productos

Organización que entrega productos y/o servicios

Organización que entrega conocimiento


COMUNICACIÓN


Sociedad de masas


Sociedad de masas


Sociedad-Red


Industrias culturales


Industrias creativas

Organizaciones del conocimiento

Producción social de comunicación

Producción global de comunicación

Distribución social del conocimiento

Comunicación como diseminación

Comunicación como diseminación y segmentación

Comunicación dialógica mediada


Oferta mediática para públicos


Oferta mediática global/ segmentada para públicos

Gestión de redes sociales de públicos que son productores de información


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Asimetrías de consumo y segmentación de públicos


Cosmopolitización de los públicos/ciudadanos


Brechas digitales y políticas públicas de acceso


Target


Target


Identidad líquida

Fuente: Delgado-Flores (2010)


Cinco tendencias marco para el estudio de la comunicación en la sociedad del conocimiento


Enunciadas de este modo las peculiaridades de este orden social emergente, al ser vistas con intención de síntesis, dan base para que se plantee la emergencia de cinco tendencias contemporáneas, que quieren ofrecerse como marco para una comprensión general de este cambio de época y sus implicaciones radicales para los estudios de comunicación social. Estas son: el surgimiento del estado de la multitud, la economía del conocimiento y el cambio de capital, el surgimiento de la organización postmoderna, la emergencia de la cultura RAM y la emergencia de las disciplinas neuro.


En otro texto (Delgado-Flores, 2013) se han descrito al detalle estas cinco tendencias que ahora resumimos para los efectos de este ensayo.


  1. El surgimiento del estado de la multitud (estado red)


    Desde una perspectiva crítica, el estado moderno, soberano, democrático, republicano, nacional, garante del derecho está en crisis, porque las ideas sobre las cuales se funda están a su vez en crisis desde el momento en que la racionalidad instrumental se convierte en la racionalidad hegemónica de esta época de la globalización (Wallerstein, 2006; Habermas, 1987; Adorno y Horkeimer 1947). Adorno y Horkeimer criticaron que la mercantilización del pensamiento –esto es, su reducción en términos de razón técnica- preservan las condiciones de dominación de la sociedad industrial. Ello estaría en la base de una explicación plausible para el por qué la democracia siguió siendo vista principalmente como un sistema de gobierno y no tanto


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    como un ethos, por parte de la mayoría de las repúblicas democráticas occidentales, en las fases sucesivas de la globalización: la previa a la I Guerra Mundial (Belle Epoque); la posterior a la II Guerra Mundial y la que va del embargo petrolero de los 70 hasta la crisis financiera global actual (Held: 1999); y a ello habría que aunarle que los términos en que los estados han ejercido racionalidad técnica se han basado en dos condiciones a priori: su constitución sobre territorios específicos y el control biopolítico sobre los ciudadanos, condiciones que a su vez legitiman la soberanía de los estados en cuanto que estados nacionales. Y si bien es cierto que la democracia ha venido pasando de democracia representativa a democracia participativa e incluso a la democracia directa, aún no se ha generalizado la noción de ella misma como democracia deliberativa constituida desde el sentido común.


    La sociedad red es transnacional. Los marcos para la constitución de sentido común han pasado de ser las culturas que sociedades establecidas en territorios por generaciones se dan como registros de inteligencia colectiva (Levy, 2004), a convertirse en marcos constituidos por las comunidades de habla (Habermas, 1987). Hoy por hoy, podría sostenerse que hay más (inter) nación en un idioma que en la institucionalidad del sistema de gobernabilidad mundial, y vale decir, en esta perspectiva, que una sociedad civil democrática puede estar constituida por comunidades de habla que estructuran los discursos de la opinión pública en un espacio parainstitucional. (Cohen y Arato, 2000: 476-555) y que estos modulan la acción de las sociedades políticas, o dicho de otra forma: el fenómeno de la estructuración social, ahora más que nunca, se entenderse como basado en la práctica dialógica normada por los mismos participantes del diálogo, para lo cual se ejercitan diversas modalidades de elección racional.


    La práctica política en un espacio intersubjetivo constituido desde el sentido común se identifica como constructivista y pragmatista. Con ella se crean las condiciones para la emergencia de nuevas formas públicas institucionales, soportadas en las prácticas antes que en la normatividad racionalizada y sus discursos. Y de ellas, va surgiendo un estado red que es: a) descentralizado; b) equilibrador de la acción política local dentro de las lógicas de lo global; c) cooperativo (cooperador); y d) administrador de acciones tipificables dentro de modelos concurrentes de democracia, entre otros rasgos.


  2. La economía del conocimiento y el cambio de capital


    Podemos ubicar cronológicamente el inicio de lo que actualmente intentamos conocer como sociedad del conocimiento en la década de los ‘50. En esa década, los investigadores económicos refirieron la existencia de una expansión gradual del “sector terciario” (comercio y servicios) en las economías industriales en países desarrollados. Los primeros estudios de la economía postindustrial la consideraron erróneamente como una economía de servicios, y uno de los primeros en establecer la precisión fue Fritz Machlup (1962), quien para describirla empleó el término Industria basada en el conocimiento. Ya había descubierto, en 1959, que las ocupaciones que generaban conocimiento habían superado en número a las demás, por primera vez en el período contemporáneo. Posteriormente, Marc Uri Porat (1977) clasificó el sector de la información en dos subsectores: el primario y el secundario. En el primero, los trabajadores son aquellos que se relacionan casi totalmente con la creación o gestión de la información, mientras que en el segundo, quienes trabajan, lo hacen principalmente en áreas no relacionadas con la información, pero cuya labor implica un trabajo de información como aspecto secundario.


    Las relaciones entre ambos subsectores, de cara al estado y la Sociedad Civil son descritas ampliamente por Castells (1997), bajo la idea de la Sociedad Red o Sociedad de la Información. Son comprensibles las implicaciones –en cuanto a acumulación de capital, concentración vertical u horizontal, regulación de las asimetrías de acceso y beneficio y garantía de derecho que se derivan del empleo de la tecnología y en el desarrollo de esta economía – de los esquemas de propiedad de las industrias asociadas a esta Economía de la información. Se podría, en aras de caracterizarla más, señalar que su comportamiento reproduce el de las economías de aglomeración , pero integrando en soporte digital las operaciones realizadas en sitios remotos.


    En esta perspectiva, puede afirmarse que la Economía Digital reproduce esta forma de economía, con un agregado particular, la virtualización, es decir: la progresiva transformación de los procesos de producción o distribución seguidos en el plano físico, y su sustitución por la operación dentro de la tecnología digital, mediante interfaces construidas con metáforas lógicas y representaciones esquemáticas, de valor icónico relevante y


    creciente maniobrabilidad. Al virtualizarse la agregación económica, el costo de comunicación tiende a reducirse y el valor agregado a aumentar por la incorporación de procesos y actores de ámbitos remotos.


    Pero, ¿qué pasa cuando el valor de la economía no está contenido en el Producto Interno Bruto? ¿Qué pasa cuando el capital de los intercambios no es el dinero en su rol de mercancía, sino la información? ¿Qué pasa cuando el valor de los bienes transables no se traduce a dinero sino a información?

    ¿Qué pasa cuando el criterio de administración de los intercambios ya no pasa por administrar bienes escasos, sino más bien por administrar accesos relativamente limitados a un recurso superabundante como lo es la información? ¿Y qué pasa cuando al calcular el valor de mercado de una información, éste se ve afectado por la significación aportada por los usuarios de los servicios de información? Evidentemente, en las operaciones señaladas, la consideración del papel de las externalidades, el cálculo del costo/beneficio marginal pasa a tener una importancia fundamental dado que la significación, en tanto producto de prácticas simbólicas, es intangible, tanto como el valor de marca, construido como huella en el imaginario social intersubjetivo de los consumidores, o la satisfacción por el servicio, o el capital intelectual de una empresa. Por la vía de las externalidades se avanza hacia la posibilidad de traducir el valor de la información de los intercambios del entorno digital, hacia otro tipo de economía, la que eventualmente surge como economía del conocimiento.


    La economía del conocimiento es la economía de la inteligencia colectiva, que es definida por Pierre Levy como “una inteligencia repartida en todas partes, valorizada constantemente, coordinada en tiempo real, que conduce a una movilización efectiva de las competencias. Una inteligencia repartida en todas partes: tal es nuestro axioma de partida. Nadie lo sabe todo, todo el mundo sabe algo, todo el conocimiento está en la humanidad.” (Levy 2004: 19). La inteligencia colectiva genera un mundo virtual –una representación colectiva- que expresa las relaciones que ocurren en él en tanto que espacio antropológico. “Los miembros del intelecto colectivo coproducen, arreglan y modifican continuamente el mundo virtual que expresa su comunidad: el intelecto colectivo no cesa de aprender e inventar”. (Levy, 2004: 90). Y ello ocurre en todos y cada uno de los espacios antropológicos, que para Levy son cuatro: la tierra, el territorio, el espacio de las mercancías y el espacio del conocimiento.


    En este mundo virtual configurado por la inteligencia colectiva y mediado por la tecnología que Levy clasifica en molar (simple y masiva) y molecular (compleja y reticular), ésta deja de constituirse en medio para la producción, para pasar a conformar la prótesis de un cuerpo difuso, hecho de nexos y memoria, público y privado a un mismo tiempo, prótesis hecha de psicotecnologías, que son definidas por De Kerckhove (1999) como “cualquier tecnología que imita, extiende o amplía los poderes de nuestras mentes.” que al articularse conforme se integran sus funciones, constituyen entornos que “establecen estados intermedios de procesamiento de información (…) Sin duda, tales tecnologías no sólo extienden las propiedades de emisión y recepción de la conciencia, sino que también penetran y modifican la conciencia de sus usuarios”, generando una corriente de colectivización que, no obstante, es modulada, contemporáneamente, por la interacción: “una capacidad que garantiza nuestra autonomía individual (… que) está siendo producida por los ordenadores e incluso en mayor medida por las redes de ordenadores” (Ibíd: 33,34) y que resulta constitutiva en la formación de lo que el investigador ha denominado como La edad de la mente (Ibíd:216).


  3. De la organización moderna a la postmoderna


    Los cambios en este cambio de época también tienen expresión en la división social del trabajo así como en la manera de organizarla en corporaciones de diversa escala y función. La emergencia del estado de las multitudes y el eventual cambio de capital en la economía del conocimiento, vienen demandando de la administración de la gestión de las organizaciones un cambio en los paradigmas con los cuales ésta se concibe. La organización cada día se vislumbra menos como unidad industrial, productora seriada de bienes de consumo masivo, de capitalización intensiva y de empleo planificable con base en el tiempo destinado a la producción; para verse cada vez más como sistema abierto y complejo (red), con operaciones iterativas que sobrevienen en distintos niveles, (fractal), con un ámbito de acción deslocalizado y virtualizado; e inscrita en procesos de producción social de conocimiento, sea o no este su negocio medular.


    Ya en 1992, Peter Drucker señalaba que en la época de la sociedad del conocimiento, la gestión ocupará un rol fundamental en tanto “aplicación del


    saber a la producción del saber”, en “proporcionar el saber para averiguar en qué forma el saber puede aplicarse a producir resultados (1992:59), y en perspectiva de esto, la organización contemporánea “debe estar organizada para la innovación y la innovación es destrucción creativa, debe organizase para un abandono sistemático de lo establecido, lo acostumbrado, lo familiar, lo cómodo, sea productos, servicios y procesos, relaciones humanas y societales, destrezas en las organizaciones mismas. (Ibíd.: 77)


    Esta flexibilización de la organización pasa por replantearse los fundamentos de la racionalidad instrumental aplicados a la producción, desde una perspectiva que avanza desde la negatividad de la crítica hacia la positividad de una propuesta teórico-metodológica. En perspectiva de esa opción surge la noción de organización postmoderna: como una que se organiza desde la comprensión de las implicaciones del giro lingüístico. Campos (2004: 122) sostiene que a partir de esta transformación epistemológica, “el estudioso postmoderno de organizaciones debe buscar los lugares donde los procesos estructuradores se transforman en confusos y vivos”, esto es, en el plano de los intangibles, de las externalidades y en los procesos de producción social de conocimiento, modulados por el lenguaje.


    Ya no se trata de pensar la postmodernidad sólo como diagnóstico de la crisis de los grandes relatos de la modernidad, sino de encontrar en la noción de realidad fundada en la comunicación, recursos para el estudio y la planificación de las organizaciones que la conciban como construcción social, hecha de distinciones y acuerdos en el lenguaje. Y cabe la duda de si al darle positividad a la crítica como proyecto distinto, tiene sentido seguir denominando postmodernidad ese tipo de enfoque.


    De allí que Campos plantee las siguientes nociones, como características de la teoría organizacional postmoderna:


    • “Énfasis en la constitución procesual de la organización y cuestionamiento de lo estable;


    • Reemplazo de la racionalidad individual por la construcción comunal y social de la organización;


    • Se remarca la función sociopráctica del lenguaje en la construcción comunal de la organización;


    • Reconceptualización de las metodologías de estudio cuestionando las posibilidades ‘representativas’ de éstas y demanda de tecnologías cualitativas y hermenéuticas para la penetración en las construcciones comunales que constituyen organización.” (Campos, 2004: 128)


  4. De la modernidad civilizada a la cultura RAM


    Comprender el surgimiento de una sociedad del conocimiento supone un conjunto importante de ajustes a la comprensión a su vez de las tensiones que se producen a lo interno de la modernidad como proyecto civilizatorio. Uno de ellos es el aparente abandono del sujeto trascendental, aunado a la ironización del léxico en el cual se formulan los saberes (Rorty, 1996) y el respeto por la significatividad de la contingencia. La consideración de estas tres condiciones tiene implicaciones serias para la reformulación del modo de comprender las identidades contemporáneas, el lugar donde éstas se formulan y cómo éstas operan en la articulación de significado, en el eventual contexto de un nuevo proyecto civilizatorio.


    El paso de nivel, de un contexto cultural específico a uno, corporal, está marcado por la memoria. Tomás Maldonado la define en estos términos: “La memoria no es un objeto sino un proceso. Un proceso de representación mental en continuo intercambio con la totalidad del cuerpo, de un cuerpo que, además, no es (ni puede ser) cualquier cuerpo, sino sólo aquel que hospeda y genera dicho proceso, o sea, el cuerpo de una persona determinada a la que corresponde una identidad corporal determinada” (2007:31).


    Valga, entonces, advertir que quizás lo que esté determinando el surgimiento de nuevos modos de conocer, que se sustraigan tanto de la vía trascendental como de la negatividad sea, precisamente, la vicarización de lo corporal y el carácter atribuido –atribuible- a la memoria en la caracterización de estos nuevos procesos. Lo que Brea (2007) describe como Cultura RAM:


    Cultura RAM significa: que la energía simbólica que moviliza la cultura está empezando a dejar de tener un carácter primordialmente rememorante, recuperador, para derivarse a una dirección productiva, relacional. Que la cultura mira ahora menos hacia el pasado (para asegurar su recuperabilidad, su transmisión), y más hacia el presente y su procesamiento. Menos hacia la conservación garantizada de los patrimonios y los saberes acumulados


    a lo largo del tiempo, de la historia y más hacia la gestión heurística de un nuevo conocimiento; a eso y a la optimización de las condiciones del vivir en comunidad, de la interacción entre la conjunción de los sujetos del conocimiento sometida a grados crecientes de diversificación, diferencia y complejidad (2007:13 cursivas en el original)


    Memoria en presente, memoria de la contingencialidad, memoria de lo que ocurre tanto en nuestra inmediata proximidad como en sus antípodas. Pero ¿cómo opera? Desde un enfoque biopolítico hasta la afirmación – por vía de los hechos- de la posibilidad de las comunidades de habla, Brea señala que el cambio de la temporalidad de la memoria implica un cambio en el modo de conocer: por una parte a concebir lo común por analogía, como un espacio acordado entre singularidades, construido como producto de deducciones e inferencias desde lo privado subjetivo; y por la otra, a conocer por la diferencia, lo cual en el contexto cambiante de la representación implica interpretar desde un pretexto.


    La cultura bien puede suponer para el sujeto una forma diferente de constituirse, fuera de la historicidad o la objetividad, en la medida en que la base de esa constitución se realiza desde las prácticas. Y en este cambio, la capacidad de significación emerge como fuerza biopolítica, con suficiente poder en sí misma como para obligar a resignificar el mundo, a partir de la capacidad de constituirse en diálogo. ¿No pone esto en tensión a las fuerzas simbólicas del control hegemónico? ¿No está, esto, en la antesala de un orden civilizatorio diferente? ¿O es ésta la base original del orden, a la cual los hechos remiten?


  5. La emergencia de las disciplinas “Neuro”:


Parece evidente que el problema de la construcción de significación resulta capital para comprender el modo en que se constituyen los sujetos en la sociedad del conocimiento, considerando además que éstos ya no lo hacen unívocamente en los discursos –como fue el modo generalizado de identificarlos para la Modernidad ilustrada, desde la subjetividad apenas objetivada de un individuo, hasta el sujeto trascendental- sino en las prácticas, y muy especialmente dentro de ellas, la práctica de producir / obtener conocimiento. ¿Por qué? Porque la donación de significado, siendo un proceso constante para la especie, no parece estar únicamente circunscrito


a la operación de lenguaje, por tanto el campo que los significados conformarían no comienza únicamente en él.


La aparición de la computadora no ha significado solo el inicio de la revolución tecnológica presente: también el desarrollo de disciplinas que, al interpretar el funcionamiento de la tecnología y sus implicaciones, volcaron la mirada sobre la inteligencia humana y sus procesos. Es así como surgen las ciencias cognitivas, que Pascual Martínez-Freire define como aquellas que:


"Componenuncampodeinvestigacióninterdisciplinarcuyo tema aglutinador es el estudio de la cognición, (conocimiento como recepción y manipulación de información) tanto en seres humanos y animales como en máquinas. En este estudio están interesadas básicamente la psicología de orientación cognitiva y la ciencia de la inteligencia artificial (como ciencias básicas) pero también la lingüística, la neurociencia, la informática y la lógica (como ciencias instrumentales o aplicadas)". (Martínez- Freire 1995:13)


En el marco del surgimiento de las ciencias cognitivas, se evidencia el desarrollo de la psicología cognitiva, que Martínez-Freire caracteriza como una psicología mentalista centrada en el análisis del procesamiento de información, opuesta al conductismo en cuanto que postula la existencia de estados internos en las criaturas inteligentes que explican su conducta; señala que los psicólogos cognitivos consideran a la mente como un sistema representacional, cuyas representaciones están provistas de intencionalidad (significación, referencia y contenido semántico) y se interesan en la neurociencia en la medida en que ésta ayuda a desentrañar el funcionamiento de las operaciones mentales.


El desarrollo de la ciencia cognitiva es valorado por Reynoso (1999) quien considera que esta “es una de las fronteras móviles de las ciencias humanas que poseen actualmente mayor interés”, pese a que ellas aun cargan con el peso de “haber surgido históricamente de una psicología centrada en el sujeto individual; el locus de la cultura con certeza no se identifica tan fácilmente con la psiquis del sujeto, y de allí que la relevancia de los hallazgos cognitivos para la antropología en general sea despareja, localizada y hasta el día de hoy más bien escasa”.( Ibíd.: 58)


Y acaso saliendo del ámbito específico de la ciencia cognitiva, ya en la perspectiva de la epistemología contemporánea, sea posible preguntar si la asociación entre cognición e interpretación no estará abriendo para la investigación de los fenómenos sociales, especialmente los ocurridos en el entorno digital, un cambio paradigmático relevante. Agamben (2010) describe esta posibilidad:


En este punto también es posible comprender qué está en juego en el desplazamiento del paradigma de las ciencias humanas desde la gramática comparativa (una disciplina en esencia histórica) hacia una gramática generativa (una disciplina en última instancia biológica)-. En ambos casos, el problema es el del anclaje ontológico último, que para la gramática comparada (y para las disciplinas que en ella se fundan) es un evento histórico originario, y para la gramática generativa (y para las disciplinas cognitivas solidarias con ella) es el sistema neuronal y el código genético del homo sapiens. El actual predominio en el ámbito de las ciencias humanas de modelos provenientes de las ciencias cognitivas testimonia este desplazamiento del paradigma epistemológico. Las ciencias humanas, sin embargo, alcanzarán su umbral epistemológico decisivo cuando hayan repensado desde el comienzo la idea misma de un anclaje epistemológico para entender al ser como un campo de tensiones esencialmente históricas. (Agamben, 2010: 149-150)


Este desplazamiento descrito parece obedecer a las nuevas interpretaciones formuladas de la idea del lenguaje como tecnología transformadora tanto de la capacidad cognitiva humana como de sus patrones de socialización, que es central en las investigaciones desarrolladas por Marshall Mc Luhan (1911-1980) y por la Escuela de Toronto. Tesis que suscribe Derrick de Kerckhove, su discípulo, señalando, además, que por adecuación de la forma a la función, la codificación verbal (el habla) fue la primera tecnología: “cuanto más aprendemos a controlar el lenguaje, mejor equipados estamos para reconocer, comprender y vivir en los entornos que constituyen nuestra realidad. Esta es la sustancia de la inteligencia humana.” (1999:221).


De allí el surgimiento de un conjunto de nuevas disciplinas que con el prefijo “neuro” intentan construirse para dar cuenta de la experiencia humana en este cambio de época. José E. García-Albea refiere un catálogo


de neurociencias desde la crítica de una disciplina afectada por la emergencia del fenómeno: la neurología:


La neurociencia vendría a abrir así nuevos y muy variados campos a la neurología clásica, en la medida en que no pone límite a su pretendida influencia en ‘todas las disciplinas del conocimiento humano’ (sic), aplicando el prefijo ‘neuro’, también sin límite, al estudio de cualquier actividad o manifestación humana, como reflejo, a su vez, de la actividad del sistema nervioso. De ello se hace eco, con ánimo constructivo, el Suplementos de octubre de 2009 de la revista Neurología, que nos ofrece un amplio catálogo de neurociencias, desde la neuroeconomía a la neuromagia, pasando por disciplinas tan dispares como neuromarketing, neuropolítica, neuroética, neurofilosofía, neuroteología, neuropsiquiatría, neurosociología, neuroantropología, neuroastronomía, neurojurisprudencia, neuroestética, neuromúsica y neurogastronomía, y que podría ampliarse fácilmente a otras con incluso algo más de predicamento, como la neuropsicología, la neuropedagogía, la neurolingüística, la neurocomputación o la neuroetología. No cabe duda de que lo ‘neuro’ ha alcanzado un estatus privilegiado a través de su presencia omnímoda en el mundo científico (…) [Pero] cabe hacerse unas cuantas preguntas. En primer lugar, si no habrá un tanto de exceso en todo ello, en la utilización abusiva de lo ‘neuro’ para tratar de reciclar cualquier otro ámbito del saber (sobre todo si es ‘humanístico’ en un sentido genérico). En segundo lugar, a qué se puede atribuir dicho exceso y si, a pesar de todo, tiene algún sentido, si supone una contribución sustantiva al avance de las disciplinas así recicladas. Y, en tercer lugar, habría que preguntarse también por aquello que pueda afectar a la neurología como tal, hasta qué punto se ha de conformar con ser abducida por el gigante de la neurociencia o, por el contrario, ha de procurar mantenerse fiel a su trayectoria y sus contenidos propios, aun sin renunciar a todos los avances que puedan facilitar la exploración de esos contenidos (García, 2011: 577. Corchetes añadidos)


Cambia el perfil, cambia el retrato


Desde luego que, implicado en el panorama del cambio de época que configura la emergencia de la sociedad del conocimiento, está el cambio de los perfiles profesionales de los comunicadores sociales, antaño productores


del discurso de lo público, hoy, potenciadores gestores de la comunicación dialógica mediada del entorno digital.


En otro texto (Delgado-Flores, 2015) se aborda una perspectiva de estos cambios, focalizándola en el periodista, en tanto y en cuanto constituye éste la identidad profesional más antigua del conjunto de los comunicadores sociales y la más adaptada a la descripción que de ellos hacen Ortega y Humanes, como intelectuales públicos, variantes contemporáneas del intelectual orgánico gramsciano. Como el trabajo del periodista, podría decirse, consiste en “saber para hacer saber”, su desempeño profesional lo vincula con uno de los modos de producción más específico de nuestras sociedades: el del conocimiento. “Si el viejo intelectual orgánico se ligaba y comprometía con las clases sociales (en su acepción marxista) el intelectual de hoy lo hace con las organizaciones esenciales en el esquema de producción” (Ortega y Humanes, cp Crovi, 2002)


Si desde antiguo, la labor del periodismo, en tanto oficio intelectual, es la construcción de sentido común mediante una retórica de aspiración universal que intenta llevarle a las audiencias ciudadanas la mejor información para la toma de decisiones, la construcción del sentido común en el entorno digital le demanda la adquisición de nuevas competencias que actualmente no se enseñan, dado que el periodismo ha estado hasta ahora enfocado en la producción social de comunicación con énfasis en lo discursivo (Serrano, 2004 y 2008), en producir mediaciones que o bien son espacios de significación convenida (impuesta o consensuada, en tanto que son discursos), o bien son estrategias interpretativas de la audiencia, realizadas en comunidades que operan dentro de matrices culturales (Barbero, 1987 y 1988), lo que lleva a considerarla como competencia y estrategia, del rango de las poéticas de vida cotidiana (De Certau, 1999). De allí que pueda decirse que el periodista como “conversador avezado” es un intérprete y un traductor (un cartógrafo, diríase) antes que un informador o constructor de opinión.


Se dice que la producción de discurso periodístico en el entorno digital se hace con cierta “flexibilidad”, pero ello no debería entenderse como que los soportes, los medios y los lenguajes sean lo suficientemente flexibles como para que se pueda albergar el mismo tipo de contenido, hecho para un medio, y que sirva efectivamente para los mismos propósitos comunicacionales en


otros, no. La retórica es adaptativa, la vocación por entablar un diálogo es inherente a las condiciones éticas del ejercicio del periodismo. Claro está que como el medio digital aúna en el mismo ámbito la articulación lingüística y su registro, el acto de habla y el archivo, se puede recurrir directamente a la referencia sin necesidad de referirla, dado el desbordamiento de la textualidad que representa el hipertexto (Landow, 1995); se puede, además, agregar valor a un contenido incorporándole contenidos con proximidad semántica en soportes distintos (transmedia, en Scolari, 2008). La capacidad de multiplicar la referencia del contenido supone un ejercicio curatorial (de selección, clasificación y jerarquización de referentes hipertextuales, multimedia y transmedia) adicional a la mediación tradicional enfocada en el relato de los hechos, con lo cual, a la calidad de los relatos se le suma la capacidad de mejorar los argumentos interpretativos propiciando una comprensión por parte de las audiencias, de los hechos y sus respectivos contextos, y además, se le suma la ampliación del campo semántico. Por eso se afirma que el periodismo digital tiene más profundidad (o puede tenerla), y en esa perspectiva no es tanto la flexibilidad que permite como la rigurosidad que demanda.


Porque este sentido común ya no se conforma con discursos, sino con prácticas que se ven empoderadas por un cuerpo de Tecnologías de Información y Comunicación que generan un tipo de comunicación que bien podríamos describir como dialógica mediada, que reproducen algunas de las condiciones de la comunicación interpersonal pero que progresivamente avanzarán hacia la reproducción tecnológicamente mediada de la experiencia fenoménica misma.


Desde un punto de vista pragmatista, el modo de constitución del sentido común y de su relación con la realidad es la consecuencia de la construcción social. Algunas corrientes como la fenomenología social de Schütz (1974) entienden el conocimiento de sentido común como un operador dentro del mundo de la vida, para la construcción de la realidad social como intersubjetividad. Pero en la visión pragmatista, el sentido común no equivale al consenso intersubjetivo, no por lo menos en la visión de Rorty (1996), quien sostiene, que aunque todos tenemos un léxico último personal, al cual referirnos en la búsqueda de fundamentación, poseemos la posibilidad de operar significativamente nuestros propios cambios de


léxico, constituyéndonos en ironistas, pues “lo opuesto a la ironía es el sentido común” (Rorty, 1996:93)


La doble disposición de Internet como habla y como archivo, permite ambas cosas: la construcción de sentido común y la ironización del léxico, pues permite que se trasciendan las disposiciones de su propia tecnología constituyendo propiamente un entorno. Pero no es el texto lo que se ironiza, o se hace común, sino la práctica de mediación cognitiva, ajustada a la mediación tecnológica. Mike Sandbothe, filósofo alemán, intenta en su Filosofía pragmática de los medios (2005) una aproximación comprehensiva de la complejidad de las mediaciones digitales, apelando a nociones ya establecidas por Marshall Mc Luhan a lo largo de su obra. Así, en Internet hay combinación de medios fríos/calientes, pero también de comunicaciones sincrónicas y asincrónicas, lo cual supone que las mediaciones –más complejas, ahora, que la sola producción de discurso- sean un proceso compartido con los usuarios, quienes pueden realizarlas y nosotros entenderlas en cuatro niveles de operación: a) escriptualización de la imagen (tratamiento de los signos de la red hipertextual como signos pictóricos); b) pictorialización de la escritura (ruptura de la linealidad de la lectura); c) temporalización del espacio y d) espacialización del tiempo. Sobre estos últimos vale decir que la temporalización del espacio se construye, como texto, por vía de la pictorialización de la escritura. Pero en el caso de la espacialización del tiempo, serán las estrategias del lector/ usuario quienes la producirán.


¿Qué se le pide saber hacer, hoy, a un periodista que debe desempeñarse desde medios convergentes (industriales o digitales)? Además de los criterios ya conocidos para la mediación periodística tradicional (narración fidedigna de los hechos, contrastación de fuentes, precisión en los datos, construcción de agenda, gatekeeping, etc.) hay que entender que cuando se trabaja con información en profundidad, la interpretación, en la base de la mediación, es una competencia y una estrategia de la audiencia, tanto en el consumo como en la producción de contenido para un entorno de comunicación dialógica mediada. Por tanto, el monitoreo del contenido debe enfocarse en la clarificación de los contextos, la inserción de los hechos y su significación en ellos, para ofrecer a las audiencias argumentos de tipo interpretativo que permitan comprender los procesos en los cuales estos hechos (verificados) están insertos. El periodista en el entorno digital hace las veces de cartógrafo:


ofrece cartas de navegación actualizadas, que evolucionan, que intentan ser cada vez más completas, a las audiencias conectadas, dándole calidad a las conversaciones que ocurren en red.


Pero dados los cambios en el carácter de la mediación del periodista y de contexto de ejercicio de esta mediación, de medio a entorno, quizás lo que más deban conocer los periodistas digitales, de ahora en lo sucesivo, especialmente aquellos que elaboran contenidos (tal vez no tanto los que los consumen, pero sin obviar que en las economías del conocimiento, los consumidores son prosumidores) es ética. Deben aprender a manejarse en un sistema de ética aplicada que propicie la construcción de sentido común como bien común. Tal vez el sistema de ética de mínimos de Adela Cortina (1986), o la ética del discurso de Karl Otto Apel o Junger Habermas (2002) sean recomendables, como orientación. Pero dado que estos sistemas son consensualistas antes que historicistas, racionalistas antes que voluntaristas, y con nexos con el pragmatismo filosófico, el cuerpo de saberes que es necesario integrar para operar efectivamente en dichos sistemas implica aquellos que permiten el ejercicio público de la razón y la puesta en común de la misma: Lógica, semántica y teoría de la argumentación; nociones de filosofía del lenguaje, lingüística o semiótica; teorías de comunicación (adecuadas a los fenómenos del entorno digital); Antropología de la comunicación; teoría del conocimiento; teoría de la opinión pública; filosofía política; metodología de la investigación científica; Artes, literatura, estética; un conjunto de técnicas y tecnologías de aplicación, y nuevas formas de narrar, transmedia, principalmente.


En conclusión: Intelectuales e internet ¿La reedición del debate entre apocalípticos e integrados?


Las posturas frente a la tecnología digital como constitutiva de entorno, (Echeverría, 1999) en el momento en que se polarizan, parecen reeditar el debate entre apocalípticos e integrados de las décadas de los ’60 – ’70. Umberto Eco así lo señaló en una entrevista publicada en el diario El país de España, en 2010, citada por Scolari en su blog Hipermediaciones (23/01/2013):


PERIODISTA: ¿Y no le parece que ahora estamos en una fase igual, de ‘Apocalípticos e integrados’? Un corte entre quienes defienden los valores perdidos y deploran el presente como una degeneración cultural y moral.


ECO: Sí, eso mismo era un debate típico de aquella época en la que los filósofos, los intelectuales, todavía no conseguían comprender el mundo tecnológico de la comunicación, así que existía esta división entre los que hacían comunicación de masas y, digamos, los aristócratas intelectuales, que no la entendían. Pero hoy es distinto, porque los más aristócratas de los intelectuales entienden perfectamente estos problemas, usan Internet. Es, en todo caso, no una crítica desde fuera, sino desde dentro, de intelectuales que usan medios de masas, ven la televisión, usan el ordenador y pueden a la vez criticarlo. Así que me resultaría muy difícil decir hoy: “Usted es apocalíptico o usted es integrado”.


PERIODISTA: Pero esa queja de que ya la gente no se relaciona personalmente debido a la omnipresencia de Internet.


ECO: Esa es la crítica que hacemos todos. Pero antes los apocalípticos eran los que criticaban y rechazaban. Hoy son los que critican, pero a la vez usan estas cosas, así que es un discurso interno: yo soy muy crítico con Wikipedia, porque contiene noticias falsas. Las hay también sobre mí, falsas y no falsas, pero utilizo Wikipedia, porque si no, no podría trabajar. Mientras escribo, por ejemplo, Tirso de Molina y no me acuerdo de cuándo nació, voy a Wikipedia y lo miro, en cambio antes tenía que coger la enciclopedia y tardaba media hora. Antes los apocalípticos no usaban estas cosas: escribían a mano con la pluma de ganso.


Scolari (2013) advierte que el panorama es mucho más complejo que en el momento en que ese debate se escenificó teniendo como telón de fondo a la televisión. “Las viejas oposiciones –señala- no son suficientes para encuadrar los diferentes enunciadores que ponen en discurso a lo mediático- digital”. Y asimismo, se pregunta: “¿Está naciendo una nueva figura híbrida, el ‘apocalíptico-integrado’, un intelectual que reniega de ciertas tecnologías y deplora sus efectos pero, al mismo tiempo, las utiliza todos los días?”


Más allá de las implicaciones ontológicas, epistemológicas o éticas que puedan observarse en torno a las posturas de los intelectuales, parece un hecho fáctico que la emergencia de la Sociedad del Conocimiento y el


panorama del cambio de época apuntan hacia una transformación profunda del campo intelectual, que puede trascender en complejidad y alcance a un buen número de interpretaciones del fenómeno, hechas desde transdisciplinas o núcleos problemáticos, las cuales no contemplan la existencia posible de problemas de representación y autorreferencia a la hora de articular el trabajo intelectual.


¿Se trata, acaso, de un problema de fundamentación de los argumentos esgrimidos en torno a una postura? Si se parte de la observación rortyana de que no hay modo científico de sustraerse de los argumentos circulares (Rorty, 1989, 1996), considerar la calidad de los argumentos pasa por comprender el modo en que estos se inscriben en tradiciones científicas, suscriben los términos establecidos por sus afiliaciones institucionales o cómo se enuncian en el contexto de validez de un determinado discurso; y ubicando la regularidades, poder establecer su decurso genealógico. (Foucault, 1984) Se trata, ciertamente, de un proyecto que excede las premisas con las cuales se aborda esta reflexión, pero que es conveniente plantear, como sugerencia para futuras investigaciones.


Porque en el contexto de la emergencia de la Sociedad del Conocimiento, el campo intelectual está sufriendo una transformación profunda, impulsada por el crecimiento mismo de la capacidad de emisión, que coloca a los procesos contemporáneos de producción de conocimiento, ante la disyunción entre la tradición de la auctoritas y la creciente disponibilidad de saber, cada vez más abundante, producido por emisores que no son autores, y que, igualmente, están desprovistos de obra.


Foucault en su ensayo ¿Qué es un autor? (1985 [2014]) nos advierte sobre la dificultad de establecer lo que es una obra, si se intenta prescindir de la constante referencia a su autor “¿Qué es una obra?, qué es, pues, esa curiosa unidad que se designa con el nombre de obra? ¿De qué elementos está compuesta?, una obra ¿no es aquello que escribió aquel que es un autor?” (2014:121). Asimismo, para evitar la tautología, establece al autor como una función dentro de un discurso: “un nombre de autor no es simplemente un elemento en un discurso (…); ejerce un cierto papel en relación con el discurso: asegura una función clasificatoria; tal nombre permite reagrupar un cierto número de textos, delimitarlos, excluir algunos, oponerlos a otros (…) manifiesta el acontecimiento de un cierto conjunto del discurso y se


refiere al estatuto de este discurso en el interior de una sociedad y en el interior de una cultura.” (127-128)


A esta función de autor, Foucault atribuye cuatro grandes características, que él mismo resume: “la función autor está ligada al sistema jurídico e institucional que encierra, determina, articula el universo de los discursos; no se ejerce de manera uniforme ni del mismo modo sobre todos los discursos, en todas las épocas y en todas las formas de civilización; no se define por la atribución espontánea de un discurso a su productor, sino por una serie de operaciones específicas y complejas; no se remite pura y simplemente a un individuo real, puede dar lugar a varios ego de manera simultánea, a varias posiciones-sujeto, que pueden ocupar diferentes clases de individuo” (2014: 138-139)


El autor como ser de razón, parece estar vinculado al archivo, en tanto dispositivo de la memoria, más que a la referencia de la obra; de allí que la escritura (en tanto operación de encodificación, de inscripción en lexías diversas, de lenguajes distintos) sea el ámbito donde este ser se formaliza.


Pero la escritura, tanto como el archivo, están sufriendo cambios de envergadura en el surgimiento de una nueva oralidad (Ong, 1997), ahora multimedia e hipertextual. La escritura, se sabe, formaliza el habla, transforma el libre flujo de la representación (en tanto conciencia fenoménica, del Lebenswelt) desde la cognición computante (Morin, 1988), pero a la vez textualiza el lenguaje, generando un sistema complejo de protocolos que o bien se constituyen en norma para la memoria pública, o bien, al ejercer tensión sobre la representación, constituyen un mundo sustitutivo: el orden logocentrista descrito por Derrida en De la gramatología (1971) que si bien es orbe de interpretación, también lo es de los discursos instituidos como formas de poder.


Así, quizás haya también para el entorno digital una memoria, dialogal e interpretativa, hecha desde la disponibilidad conjunta del habla y el archivo, del texto y su referencia (hipertexto). Memoria en presente y memoria atenta, que se constituye en el cambio de las gramáticas: la del que escribe y la del que lee el texto como imagen (la e-imagen), relacional antes que rememorante. Memoria que aun se constituye en sujeto de la biopolítica en la medida en que es modulable la presencia de individuos involucrados en su relación (bien de manera física o vicariante, tras una dirección IP), pero que


también, ahora más que nunca, abre las posibilidades a los contrapoderes. Porque esta memoria –pública y privada- al desarrollarse en el entorno digital es capaz de generar nuevas formas de inteligencia colectiva, que en palabras de Derrick de Kerckhove (estarán) “basadas en muestreos estadísticos y actividades de grupos de discusión. Esas nuevas formas de inteligencia colectiva se ajustarán a las necesidades individuales mediante palabras clave, búsquedas de índice invertidas e integradores neuronales en red.” (1999:90). Y ello porque:


Hoy en día el nuevo sentido común es el proceso digital. Mediante la digitalización todas las fuentes de información, incluidos los fenómenos materiales y los procesos naturales, así como nuestras estimulaciones sensoriales, por ejemplo en los sistemas de realidad virtual, son homogeneizados en secuencias de ceros y unos.” (de Kerckhove, 1999:109)


Se impone entonces, para el intelectual contemporáneo, un mundo donde el archivo que lo autoriza, difuso y parainstitucional, está hecho de folksonomías, de índices dedicados, sindicadores de contenido, buscadores de etiquetas, hastags (en Twitter), los cuales parecen dar fe no solo del nuevo sentido que la frecuencia y la iteración dan a la estadística con que describimos las acciones en el entorno digital: probabilística antes que descriptiva, inferencial antes que meramente relacional; también refieren el grado de aceleramiento de la formación de masa crítica para estos, que nos lucen, nuevos tipos de inteligencia, y frente a los cuales, quizás, tenga más sentido generar comprensiones a prueba de nostalgias.


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