QUÓRUM_Vol15n2_Art_6


QUÓRUM ACADÉMICO

Vol. 15 Nº 2, Julio-Diciembre 2018. Pp. 93-107

Universidad del Zulia


Periodismo y poder en la Revolución Bolivariana (1999-2001)


Andrés Cañizález1


Resumen

El periodismo y el poder político son parte de una compleja relación que podríamos catalogar de simbiótica en las sociedades contemporáneas. Autores como Grossi (2007) apuntaban desde hace algunas décadas la primacía de la centralidad comunicativa en la acción política. Este autor se refería a la parte final del siglo XX. Tal centralidad incluso ha tomado una suerte de omnipresencia con el transcurrir de las primeras décadas del siglo XXI. Para Thompson (1998) el sistema mediático moderno pasó a tener un predominio, incluso sobre el poder político como parte de la modernidad. La comunicación, y por ende el periodismo, constituye un componente nuclear de la dinámica política en este tiempo. Von Beyme (1995) plantea que la interacción entre periodismo y poder político es una rutina cotidiana. A la luz de lo que plantea la literatura académica se analizó el caso venezolano, en particular en el período incipiente de la llamada Revolución Bolivariana (199-2001), en el cual se registró el ascenso a posiciones de poder político de un grupo variopinto de periodistas, junto con lo que puede considerarse una “luna de miel” entre el nuevo presidente Hugo Chávez y el mundo periodístico simbolizado por las empresas de comunicación masiva. La ruptura se produjo dos años después de iniciarse la presidencia de Chávez y generó un reacomodo político en el campo mediático que pasó a tener una posición de abierta confrontación.

Palabras clave: Periodismo; medios de comunicación; Venezuela; poder

político.


Recibido: Octubre 2017 – Aceptado: Diciembre 2017


1 Universidad Católica Andrés Bello. acanizal@ucab.edu.ve


Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento - NoComercial - CompartirIgual 3.0 Unported.


Journalism and Power during the Bolivarian Revolution (1999 – 2001)

Abstract

Journalism and political power are part of a complex relationship that we can categorize as symbiotic in contemporary societies. Since some decades scholars such as Grossi (2007) pointed out the predominance of communicative centrality in political actions. This author refers the late 20th century. Such centrality has even become omnipresent during the early decades of the 21st century. Thompson (1998) considers that the modern media system became more powerful, even than politic power, as part of modernity. Communication, and consequently, journalism, is a core component of the political dynamic of this times. Von Bayme (1995) raises that interaction between journalism and political power is a day-to- day routine. Based on scholarly literature, we analyse Venezuelan case, in a particular period of the early years of the so-called the Bolivarian Revolution (1999-2001), in which a diverse group of journalists held political office, in addition to what can be considered as a “honey moon” between President Hugo Chávez and the journalistic sphere symbolized by mass media enterprises. Two years later that Chávez took office occurred a break that trigger a political rearrangement in the media field shifting to an open confrontation.

Keywords: Journalism; mass media; Venezuela; political power.


Apuntes iniciales


En las sociedades actuales (postrimerías siglo XX e inicios siglo XXI), el periodismo y la política aparecen como dos ámbitos estrechamente conectados. Se podría decir que van de la mano en una relación simbiótica. Ambos se hallan bajo un marco de actuación que los condena a relacionarse irremediablemente (Casero Ripollés, 2008). En la actualidad, en el marco de sociedades cada vez más complejas y pobladas, los sujetos políticos precisan de los periodistas para hacer llegar sus mensajes y sus propuestas a la ciudadanía de manera rápida y eficaz.

Vivimos, en el contexto social actual, en tiempos marcados por la primacía de la centralidad comunicativa de la acción política (Grossi, 2007).


El político asiste a un crecimiento fuera de él no sólo de la complejidad social, sino también de la "sociedad de las informaciones": agregación, representación, decisión, gobierno, se hacen inconcebibles no sólo sin canales de comunicación, sino también sin estrategias informativas generales y opciones de verdadera política comunicativa.

Thompson (1998), por su parte, insiste en la comprensión del desarrollo de la comunicación y el periodismo. A su juicio, debe dejarse a un lado la idea de que los medios de comunicación sirven para transmitir información y contenido simbólico a individuos cuyas relaciones con los otros se mantienen fundamentalmente inmóviles. Para este autor resulta crucial, entender que el uso de los medios de comunicación implica la creación de nuevas formas de acción e interacción en la sociedad, nuevos tipos de relaciones sociales y nuevas maneras de relacionarse con los otros y con uno mismo. Todo ello, sin duda, termina desencadenando implicaciones políticas.

El recurso a los medios de comunicación ha asumido, hoy en día, un carácter ineludible para los actores políticos, hasta el punto que su acción no puede entenderse ni concebirse sin contar con la comunicación como un componente nuclear. En estos términos, el contacto con los periodistas se torna una rutina cotidiana para el sistema político (Von Beyme, 1995).

Por otro lado, y tal como lo apunta Ortega (2003), durante un largo tiempo los medios de comunicación han sido considerados una parte importante pero diferenciada del sistema político democrático. La fórmula con la que se los conocía, “cuarto poder”, expresaba el cometido central que se le asignaba de vigilantes críticos de los otros. Debido a ello, los medios tienden a percibirse como una forma de “contrapoder”, esto es, una instancia que se coloca fuera de cualquier modalidad de poder para ejercer así mejor el control de los poderes que se supone les ha sido encomendado. Para que tal función resultase viable, los medios tendrían que, en efecto, cumplir con al menos dos condiciones: la primera, que como instituciones sociales se situaran claramente fuera de los círculos de poder; la segunda, que no aspirasen a condicionar las decisiones del gobierno, sino tan sólo a poner de relieve las consecuencias de las mismas. Ninguna de ellas en realidad se ha cumplido, al menos en Venezuela.

Una corta luna de miel: 1999-2001

La llegada del presidente Hugo Chávez al poder, el 2 de febrero de 1999, resultó simbólica. No sólo significaba el triunfo de un outsider político sino que su triunfo electoral se basó en la promesa de transformaciones radicales del sistema político-institucional. Diversos análisis, en aquel momento,


coincidían en reconocer el triunfo electoral del presidente Chávez en diciembre de 1998 como un “fenómeno político”, lo cual representaba “una ruptura con el esquema político venezolano de las últimas décadas” (Parker, 2001: 13), empero se evidenciaban discrepancias en torno a la profundidad o las características de dicha ruptura y sus implicaciones para el sistema democrático de Venezuela.

Durante la campaña electoral de 1998 hubo vaivenes significativos en el ámbito político y mediático, pero a grandes rasgos la candidatura de Chávez combinó la incidencia mediática con un extenso trabajo político del contacto cara a cara. No puede obviarse que los pocos segundos en los que apareció el 4 de febrero de 1992 en las pantallas de televisión, ya habían catapultado a Chávezcomofiguramediática, carismática, conproyecciónnacionaleincluso internacional; “para la gran mayoría de los venezolanos, el intento de golpe del 4 de febrero de 1992 aconteció en un espectáculo televisivo transmitido en cadena nacional, por eso la introducción de Hugo Chávez al escenario político tuvo una plataforma mediática de extraordinaria significación y un impacto discursivo directo en la población” (Puyosa, 1998: 74). Un dato interesante está en la narración mediática y periodística de aquellos hechos. No fueron puestos estos acontecimientos en en dimensiones de violencia armada, muertes, desestabilización del sistema democrático, sino que se resaltaron dimensiones que favorecían a los sublevados al adjudicárseles heroísmo, honor y rectitud.

Tampoco puede dejarse de lado el hecho de que en el lapso 1992-1998 el hoy presidente tuvo una cobertura periodística notable. Innumerables entrevistas, reportajes y libros dieron cuenta del personaje, de sus aspiraciones y propuestas; fue prolífica la producción editorial en torno a Chávez y el 4F, llegando incluso a su mitificación como fue el caso de Ángela Zago con La rebelión de los ángeles, o la justificación del frustrado golpe como lo hizo Enrique Ochoa Antich (1992) en Nos alzamos por la constitución: carta de los oficiales del MBR200. Carta a los militantes de nuestra generación; resultará emblemático el texto de conversaciones entre Chávez y el historiador y columnista Agustín Blanco Muñoz titulado Habla el comandante. El periodismo jugó, entonces, un papel determinante para dar a conocer a Chávez ante el país. Durante el año 1998 las listas de ventas en las principales librerías las encabezaron “los libros que hablan del ex comandante de paracaidistas que devino en presidente, o sobre la asamblea constituyente, su ariete electoral y eje del debate político” en la campaña electoral de aquel año, según la crónica periodística de entonces “la multiplicidad de títulos sobre Chávez es ya en algo excepcional, en un


país donde no es habitual que los acontecimientos en proceso y las figuras de actualidad generen material bibliográfico inmediato” (Zambrano, 1999, par. 4). Debe recordarse que una vez que Chávez recupera la libertad, por un sobreseimiento presidencial en 1994, el ahora presidente se dedicó a recorrer el país prácticamente durante los siguientes cuatro años. Se trató de una extensa campaña que privilegió la comunicación personal, asunto que ha sido también el eje de su forma de gobernar, creando empatía con sus seguidores (Erlich, 2005: 289).

El presidente Chávez y su alianza, el Polo Patriótico, ganaron las elecciones presidenciales en diciembre de 1998 con 3.673.685 votos (56

%). Este caudal de apoyo se mantuvo, a pesar de los vaivenes en los niveles de participación, durante las tres votaciones acaecidas en 1999. En efecto, en el referendo sobre la convocatoria o no a una Asamblea Constituyente donde la pregunta en relación con las condiciones de la convocatoria (Bases para la Elección de la Asamblea Constituyente) fue la que despertó mayor polémica, la posición del presidente Chávez y su alianza a favor del “sí” obtuvo 3.275.7169. En las elecciones para los miembros de la Asamblea Constituyente el Polo Patriótico obtuvo una votación aproximada de 3.000.000 de votos. Finalmente, en el referendo sobre el proyecto de Constitución preparado por la Asamblea Constituyente, el “sí” promovido por el gobierno alcanzó 3.301.475 votos (Molina, 2000: 48).

Dos hechos deben puntualizarse del inicio del gobierno, que reflejan una suerte de sintonía entre el presidente Chávez y el periodismo. Por un lado, es notoria la pléyade de periodistas que forman parte del “proceso”, desde el inicio del gobierno. Una docena de comunicadores se insertaron bien en el agonizante Congreso Nacional, bien en las instancias de alto mando del ejecutivo, y hasta la primera dama, Marisabel Rodríguez, venía de ejercer el periodismo. Una tendencia similar, de esta marcada presencia periodística en roles políticos, se observará a fines de 1999 en la composición de la Asamblea Nacional Constituyente. Por otra parte, fue pública la cercanía del presidente con dos medios de comunicación importantes del país: El Nacional y Venevisión. Del periódico pasarán a formar parte del gobierno Carmen Ramia, entonces esposa del editor-presidente del diario, Miguel Henrique Otero, aunque permanecerá escaso tiempo en la extinta Oficina Central de Información (OCI), y el ex director del rotativo Alfredo Peña, quien cultivará una cercana colaboración con el jefe de Estado, siendo ministro de la Secretaría de la Presidencia, para engrosar luego las filas opositoras. Napoleón Bravo, entonces entrevistador estrella del canal de


Gustavo Cisneros, está junto a Chávez en su primera entrevista una vez que

se conoce el resultado electoral de diciembre de 1998.

Pese a un clima más bien favorable en la relación entre el periodismo y el gobierno, en Venezuela, comienzan a producirse algunas señales preocupantes en este lapso. Un caso emblemático resultó el señalamiento del presidente Chávez al caricaturista Pedro León Zapata el 20 de octubre de 2000, cuando en un acto público le increpó: “¿tú piensas así o te pagan para que opines así?”, para manifestar su discordia con una caricatura sobre la relación entre militares y sociedad civil; la caricatura que molestó a Chávez, ilustrada con un sable, decía: "A mí me gusta la sociedad civil firme y a discreción". Aunque no se refería directamente al presidente, apareció en medio de un fuerte debate sobre el papel de la sociedad civil y de cómo sus organizaciones debían participar en el proceso de selección del Poder Ciudadano (Fiscalía, Defensoría del Pueblo, Contraloría, autoridades electorales). El dibujante y humorista dijo a la prensa en ese momento que era la primera vez que una caricatura suya molestaba tanto a un gobernante, pese a que durante más de cuatro décadas ha hecho humor a costa de seis presidentes y sus respectivos gobiernos.

Entretanto, el caricaturista Zapata recibió “una oleada” de expresiones de solidaridad, por ejemplo el escritor Ibsen Martínez comentó que “en sus cuatro décadas de caricaturas resplandecen los atributos más cabales y respetables del intelectual probo: una independencia absoluta respecto del poder, una crítica permanente de las ideas manidas”, mientras que el propio diario El Nacional en un editorial sostuvo: “Para ser Pedro León Zapata no hay precio. Zapata no tiene precio, goza sí de general admiración” (Cañizález, 2000, par. 13).

Debido a casos como éste, de forma temprana reconocidas organizaciones como el Programa Venezolano de Educación y Acción en Derechos Humanos (PROVEA), recogían llamados de alerta sobre el impacto negativo, para el trabajo periodístico, que podían traer las amenazas y señalamientos que por aquel entonces comenzaron a hacerse recurrentes (PROVEA, 2001: 376). En esa dirección apuntó el informe del año 2000 del relator de Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) al señalar que

La relatoría confía en que el Presidente de la República y otros funcionarios públicos moderarán sus expresiones en contra de algunos medios de comunicación y periodistas, para evitar crear un clima de amedrentamiento y hostilidad


en contra de los mismos que perjudica el ejercicio del

derecho a la libertad de expresión (PROVEA, 2001: 376).

Asimismo debe resaltarse la salida de Teodoro Petkoff de la dirección del vespertino El Mundo durante los días navideños de 1999, en lo que se interpretó como una exitosa presión del gobierno para deshacerse de un editor incómodo. Esta remoción de Petkoff, junto a la incorporación de Eleazar Díaz Rangel a la cabeza de Últimas Noticias, que se produce en 2001, denota la permeabilidad de la Cadena Capriles tanto a las presiones oficiales, que incluso se expusieron en público en una alocución del presidente Chávez, al referirse al litigio por la sucesión, entre las dos familias del patriarca Miguel Ángel Capriles, como a la propia reorientación editorial –en un sentido estrictamente de negocios – para atender a un público popular y de clase media descontento con la parcialidad opositora de algunos impresos. En aquel momento, Petkoff declaró que su remoción como director del entonces vespertino El Mundo se produjo porque altos funcionarios gubernamentales presionaron con algunas decisiones de carácter tributario, a los herederos de Miguel Ángel Capriles, dueños de dicho medio de comunicación; a su juicio, este incidente fue una iniciativa de Luis Miquilena, para ese entonces Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente (PROVEA, 2000: 90). Del mismo modo, Carlos Blanco también fue removido “inesperadamente” de la dirección de la revista Primicia, por parte de los responsables de la empresa editora de El Nacional; en varias columnas de prensa se indicó que este hecho fue una consecuencia de las presiones del gobierno ante dicha empresa (PROVEA, 2000: 90). Poco después de su salida de la Cadena Capriles, Petkoff fundó el periódico Tal Cual, que comenzó a circular el 30 de abril del año 2000. Pese a estos hechos, sin embargo, por aquellos años aún era cotidiano el acceso de los periodistas al jefe de Estado, quien incluso realizaba visitas de improvisto a algunos medios, como fue el caso de El Universal.

Del mismo modo, de la primera etapa de la gestión de Hugo Chávez como presidente destacó en materia comunicacional la alta rotación de funcionarios en el manejo de dicha área. Carmen Ramia, a quien ya se ha hecho referido en párrafos anteriores, sólo estuvo 22 días al frente de la OCI. Su caso no fue excepcional, porque durante los tres primeros años de gestión, por la jefatura comunicacional pasaron siete directores “cuyos perfiles presentan una insólita variedad: desde militares, sociólogos, locutores, expertos en relaciones públicas y, por supuesto comunicadores sociales”; la alta rotación se refleja en que el tiempo de permanencia en el cargo, en promedio, fue de “sólo cinco meses y tres días” (Morales y Pereira, 2003: 54).


La discusión de la nueva constitución, que se aprobó finalmente en diciembre de 1999, fue una suerte de parte aguas en el sector periodístico. En concreto la introducción del epíteto veraz para la información, como parte de los derechos constitucionales, avivó una polémica que venía desde el gobierno de Rafael Caldera. En medio de aquel debate es interesante observar la posición del entonces canciller José Vicente Rangel en torno a la información veraz: “la repudié cuando estaba en la oposición y la repudio ahora que estoy en el gobierno (…) la información no tiene apellido”; el punto de vista de Rangel no tuvo un impacto decisivo y terminó aprobándose la norma constitucional con el apellido veraz para la información” (PROVEA, 2000: 87). En un debate caracterizado por la polarización de opiniones, las asociaciones de propietarios, especialmente el Bloque de Prensa Venezolano, la directiva del Colegio Nacional de Periodistas, constituyentes de diversas corrientes políticas, periodistas, representantes de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) y directivos de Reporteros sin Fronteras, sostuvieron que la aprobación del concepto de "información veraz" podía implicar futuras restricciones o censuras para el ejercicio del derecho a la información (PROVEA, 2000: 87).

Más allá de lo concerniente a las interpretaciones sobre la información veraz, conviene resaltar que en líneas generales, cuando se evaluó la nueva constitución en 1999, se le consideró bastante progresista en materia de derechos humanos. En este sentido, para el expresidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Carlos Ayala, la nueva Constitución incluyó como innovación las siguientes normas: a) la constitucionalización de los tratados sobre derechos humanos; b) la obligación del Estado de investigar y sancionar legalmente los delitos contra los derechos humanos;

c) la exclusión de la justicia militar para juzgar a militares (y a civiles) por crímenes contra los derechos humanos; d) la imprescriptibilidad de los delitos contra los derechos humanos; e) la exclusión de los beneficios del indulto y la amnistía para los delitos de lesa humanidad, las violaciones graves a los derechos humanos y los crímenes de guerra; f) el derecho al amparo internacional de los derechos humanos; g) el compromiso de dar cumplimiento de las decisiones de los órganos internacionales de derechos humanos y h) la obligación de reparar a las víctimas de violaciones a los derechos humanos (PROVEA, 2000: 7).

La tragedia de Vargas, en la cual se demostró el papel de los medios y periodistas como mediadores en el contexto de una crisis humanitaria de envergadura, ayudó a soslayar, por algún tiempo el conflicto entre medios y gobierno; según el investigador Marcelino Bisbal “los medios expresaron


sus discursos – traducidos en el código de la esperanza – y lo hicieron bien” (Bisbal, 2000: 21). Hasta un articulista sumamente crítico con el rol de los medios y el periodismo, como lo es Clodovaldo Hernández, reconoció la labor periodística en medio de la tragedia:

La actuación de periodistas y órganos de difusión masiva fue positiva, si se hace un balance entre los aportes que hicieron y los errores que cometieron. Velocidad de reacción y espíritu de servicio público caracterizaron la labor de los medios (Hernández, 2000: 96).

Desde su primer día como jefe de Estado, el presidente Chávez comenzó a hacer un uso discrecional del mecanismo de “encadenar” a la radio y televisión del país con un único discurso oficial. Las cadenas, en Venezuela, tradicionalmente estuvieron reservadas a contados actos oficiales. El mismo día que asumió la presidencia Chávez impuso un récord. Ese 2 de febrero de 1999 se estableció un precedente en materia de política oficial de comunicación: se transmitieron 4 cadenas presidenciales que totalizaron 8 horas y 14 minutos de duración en el horario matutino, vespertino y nocturno. Hasta esa fecha ningún presidente democrático de Venezuela había ocupado durante tantas horas, en un mismo día, el espacio de las televisoras y emisoras radiales del país. A partir de entonces las intervenciones públicas del presidente pasaron a ser moneda corriente en la vida de los venezolanos, durante sus tres primeros años transmitió 311 horas de cadenas, a lo que se suman otras 300 horas de las 100 primeras emisiones de “Aló, Presidente”, el programa radio-televisivo del jefe de Estado que en sus inicios tenía tres horas de duración; en total el jefe de Estado estuvo en el espacio mediático como interlocutor único durante 611 horas, lo cual equivale a unos 25 días transmisión, entre el 2 de febrero de 1999 y el 24 de febrero de 2002 (Morales y Pereira: 2003: 56).

Si debe buscarse una fecha que marque el fin de una efímera luna de miel, ésta es el 27 de junio de 2001, en el acto por el Día del Periodista. Por primera vez el presidente no personalizó sus señalamientos contra editores o reporteros, sino que habló del sistema de medios, lo ubicó como parte del poder económico que su proyecto político buscaba desplazar y, por tanto, el enfrentamiento con el periodismo resultaba “inevitable” (Cañizález, 2002: 18). Para Marcelino Bisbal, con este anuncio del 2001 “se abría desde ese momento una confrontación prolongada entre medios y gobierno” (Bisbal, 2006: 87). Para Chávez, dicha confrontación con los medios de comunicación “es parte de un choque histórico de fuerzas, una que puja por nacer, ha nacido, se levanta y quiere fortalecerse y otra que


pujó por conservarse y por mantenerse hasta lo último y no pudo, cayó y trata de levantarse. Es la eterna corriente de la lucha política de la historia” (La Rotta, 2001: 2).

Un año antes, por otra parte, ya había ocurrido un hecho, una especie de anticipo de las señales que marcarán el período siguiente, se trata de la violencia física contra los reporteros. En la marcha del 1 de mayo de 2000, convocada por los partidarios del gobierno, se produjeron diversos incidentes en los que comunicadores sociales recibieron insultos, "periodicazos" y gritos de rechazo; sin embargo la primera agresión de envergadura contra periodistas, por parte de seguidores del presidente Chávez, tuvo lugar el 30 de mayo de ese año: En la entrada del Consejo Nacional Electoral un grupo de personas, “integrantes de la Coordinadora José Martí, adeptos al chavismo, arremetieron contra varios comunicadores, propinándoles insultos, golpes y hasta cabillazos”. En estos incidentes resultaron seriamente afectados Juan Vicente Gómez, reportero del canal CMT (hoy señal local de la estatal Telesur), quien requirió de hospitalización e intervención quirúrgica, así como y Franklin Jaspe, fotógrafo de la agencia oficial Venpres (hoy Agencia Bolivariana de Noticias ABN). A raíz de estos hechos, los reporteros de los canales RCTV y Globovisión fueron dotados de máscaras antigases y chalecos antibalas (PROVEA, 2000: 90). Era el preludio de lo que se viviría en el período siguiente, primeras señales del tiempo turbulento que caracterizó la relación entre periodismo y poder político a partir de 2002.

La puerta giratoria: Periodistas en posiciones de poder

Tal como lo señalamos al inicio, citando a Ortega (2003), tradicionalmente se concibió a periodistas y medios de prensa como una suerte de “contrapoder”. En el caso de Venezuela, sin embargo, a partir de la llegada de Hugo Chávez a la presidencia se registra un fenómeno que parece ir en otra dirección: los periodistas pasan a ocupar posiciones dentro de la estructura del poder político.

El diario El País de España, en su edición del 2 de enero de 1999, resaltaba las decisiones de Chávez en relación con su gabinete inicial: “ha elegido a José Vicente Rangel, un periodista considerado de izquierdas, como futuro ministro de Asuntos Exteriores. Chávez aseguró que con su decisión busca eliminar los temores suscitados entre los sectores democráticos de que su gobierno planeaba restringir la libertad de prensa en Venezuela. No es el primer periodista que Chávez elige para su futura administración. Anteriormente había encargado a Alfredo Peña de hacerse cargo de la agenda presidencial, un importante cargo en la administración venezolana”


(Delgado Mijares, 1999, p. 2). Más adelante este diario, en la citada edición, resaltaba que tanto Peña como Rangel eran muy conocidos periodistas tanto en prensa y televisión, precisamente empoderados públicamente por sus denuncias sobre la corrupción en Venezuela.

La designación de Peña fue sin duda la más llamativa, ya que no sólo venía de ejercer la dirección de El Nacional, sino que justamente se había destacado este periodista por su estilo crítico con el poder. Peña, en su momento, dijo que aceptó ser Ministro de la Secretaría, “porque creo que en este momento todos tenemos posibilidad de darle cabida a una nueva democracia” (Delgado Mijares, 1998, p.1). Interrogado sobre su permanencia en el gobierno y si ésta estaba condicionada, Peña respondió: “El gobierno de Chávez tiene que ser un gobierno revolucionario. Por eso ingresé al gabinete. Pero si ese gobierno no es revolucionario, sino que entra en las mismas componendas y los mismos arreglos en los que entró Rafael Caldera, quien se abrazó a los adecos para no hacer nada, yo renuncio y regreso a mi trinchera” (Peña, 1998, p. 1).

Sin posiciones específicas en aquel primer gabinete, se mencionaba el papel jugado por los periodistas Juan Barreto y Maripily Hernández, quienes se habían destacado en sus roles como asesores comunicacionales del Chávez candidato (Antillano, 1998). Con el paso del tiempo, Barreto será además de diputado alcalde metropolitano de Caracas (una vez que Alfredo Peña y Hugo Chávez se distancian políticamente), mientras que Maripily Hernández ocupará tanto el cargo de viceministra como de ministra en relaciones exteriores y juventud, respectivamente.

Unos meses después, el 6 de agosto de 1999, cuando se instala a sesionar la recién electa Asamblea Nacional Constituyente (ANC), resaltan entre los constituyentistas una decena de periodistas, todos en aquel momento afines a Chávez y a la llamada Revolución Bolivariana. Entre otros figuran: Alfredo Peña, Angela Zago, Earle Herrera, Marisabel de Chávez, Desirée Santos Amaral, Vladimir Villegas, Alberto Jordan Hernández, William Lara y William Ojeda.

El Chávez primigenio ejerce, por otro lado, una suerte de magnetismo sobre el mundo del periodismo, lo cual dificulta el ejercicio del rol de “contrapoder”. Este testimonio de la entonces periodista Luisana Colomine, de 1998, resulta revelador:

Estando yo en El Nacional, recuerdo un día que me llamaron por radio desde el periódico: “el comandante Chávez te anda buscando”. “Dile que me espere”, le pedí a la chica


que controlaba las patrullitas de El Nacional. Cuando llegué me dijeron que él estaba en los talleres. Bajé a la rotativa y lo vi de lejos: rodeado de trabajadores que escuchaban con extrema atención su arenga (…) Verlo siempre era una atracción. Un hombre carismático, simpático, de fácil sonrisa, atractivo, jodedor, como decimos acá, muy galante con las chicas, muy cercano, hasta familiar, diría yo. Se acordaba de cosas increíbles (Colomine, 2014).


A modo de cierre


El período reseñado en este texto 1999-2001 es prolífico decisiones relacionadas con el periodismo y el poder político en Venezuela. Por un lado, resulta llamativa una relación inicial, que llamamos de “luna de miel” entre el presidente Chávez y los medios y el periodismo en general. No sólo se produce el ingreso de figuras periodísticas en el gabinete de gobierno, sino que en general prevalece en aquel primer momento un período de “gracia” de mutuo reconocimiento, sin que se explayen ni medios ni gobierno en las acusaciones que luego, con el paso del tiempo, se harán moneda común.

Es también un jefe de Estado que en aquel momento está casado con una periodista y ésta tiene un peso público, un conocimiento del medio y un acercamiento particular al universo periodístico. Tras el divorcio, Marisabel de Chávez no sólo deja de usar el apellido del mandatario, sino que sencillamente desaparece de la escena pública venezolana.

El primer Chávez en el poder, por otro lado, es un persona que muestra cercanía con el poder mediático, llevando a la entonces esposa del editor de El Nacional, Carmen Ramia de Otero, a un breve paso por la Oficina Central de Información (OCI, que luego daría paso al Ministerio de Comunicación e Información). Además de tener a diversos periodísticas en posiciones claramente de manejo del poder político.

Chávez rompe públicamente con el mundo periodístico y comunicacional privado en el año 2001, durante la celebración del día del periodista (27 de junio), pero si bien allí hay una diáfana declaración, no será sino hasta después del fallido golpe de Estado de abril de 2002 cuando comience a ejecutarse lo que luego Andrés Izarra definió como la política oficial de “hegemonía comunicacional”. Pero aquello es ya parte de otra historia.


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