Revista de Filosofía
Vol. 42, Nº114, 2025-4, (Oct-Dic) pp. 104-113
Universidad del Zulia. Maracaibo-Venezuela
ISSN: 0798-1171 / e-ISSN: 2477-9598
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(CC BY-NC-SA 4.0)
https://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/4.0/
Volver al corazón.
Por una educación de la interioridad
Valmore Muñoz Arteaga
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8899-8287
Colegio Mater Salvatoris
Maracaibo Venezuela
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.18112154
1. Volver al corazón
El corazón como categoría filosófica ha despertado poco interés, a pesar de lo que
ella implica en la existencia humana. El corazón es el centro. La vinculación del centro con
el corazón abre un importante abanico de matices y contenidos que, en el ámbito humano,
se relacionan con su naturaleza esencial. Representa la interioridad espiritual, los
sentimientos más profundos o vividos con mayor profundidad, el fuero íntimo del hombre;
y casi podríamos afirmar que son estos significados los que nos son más próximos y no los
de origen técnico-científico. Lo esencial es invisible a los ojos ciertamente, decía Antoine
de Saint-Exupéry, pero no al corazón. Y a pesar de que no ha ocupado un papel
transcendental en la historia del pensamiento filosófico, hay que acompañar al Papa
Francisco cuando afirma que «la filosofía no comienza con un concepto puro o una certeza
sino con una conmoción», quizás el asombro del cual nos habla Platón.
El corazón implica, como hemos afirmado, interioridad espiritual, justamente lo que
este mundo moderno ha abandonado progresivamente. Muy a pesar de que en él se
armonizan y conjugan intelecto y voluntad, apetitos y sentidos, emociones y pasiones, es,
por si fuera poco, sede del alma y sus potencias; cuna de la inteligencia, del conocimiento,
de la razón, del pensamiento, la memoria y la atención. Todo eso quedó reservado para la
menospreciada poesía, pues, al parecer, para la conquista del universo externo no eran
necesarias, más bien, resultaban estorbos, cadenas que esclavizaban, cuando no,
sencillamente giros de superchería ignorante.
Hablar de filosofía es hablar de comprensión y comprender es, en efecto, un acto de
amor. No se puede comprender a otro sin una dosis de apertura y de negación de uno
mismo. El problema es que, históricamente hablando, las sociedades occidentales han
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caracterizado a las emociones, el amor de manera particular, en contraposición a la
racionalidad como algo vacuo. Vacuo y, muchas veces, hasta sospechoso. Ahora bien, No
puede haber ciencia sin conocimiento. Ahora bien, no puede existir conocimiento sin
amor. El conocimiento se construye desde el ser que siente, desde el ser sentido. Sentido
como verdad encarnada que brota a partir de una sociología de la caricia, un logos afectivo,
y el logos es el soplo divino que nos traspasa comunicándonos con la trascendencia.
La filosofía nace del asombro, es decir, de una experiencia sensible. La experiencia
sensible es el puente que conecta al ser humano con la realidad dentro de la cual está
inmerso, en cuanto a que es ella quien lo constituye como ser y, por si fuera poco se
transforma en fundamento de toda posibilidad de conocer y de pensar. Entramos así en ese
hermoso juego ontológico en el cual el ser que somos solo puede existir íntegramente con
lo que nosotros no-somos. Esto ya lo exploraba Heidegger cuando refería que el ser está
constituido por el ser-con, ser-en, ser-para y ser-por, ya que no hay otra manera de existir
y que tener conciencia de ello en nuestra mismidad implica comprender sobre qué base se
sostiene la experiencia sensible.
La Carta Encíclica Dilexit Nos invita al hombre a volver al corazón, es decir, volver
al centro de su ser, a su interioridad espiritual. Al ver la situación del mundo actualmente,
se hace más que evidente la necesidad de que los seres humanos conectemos con una
nueva experiencia de interioridad. Antonio Pérez Esclarín, pedagogo venezolano, une su
voz a la de San Agustín para pedir que volvamos al corazón y renunciemos a continuar
divagando por estos caminos de soledad y errancia que nos abrió la modernidad. Un
camino que describe nuestro destierro de nosotros mismos y que ha tejido una poderosa
red de confusiones y espesuras donde nos hallamos tropezando y sin sentido, cada vez más
alejados de nuestra identidad. Un camino por el cual muchos están interesados en que el
hombre siga transitando.
Volver al corazón significa abrirlo a la experiencia del amor para que el hombre
descubra, en primera instancia, el valor de su ser y, como consecuencia de ello, el valor del
ser del otro y de toda la Creación. Hablamos de un cambio antropológico que transforme la
realidad. Un cambio antropológico que brote del conocimiento íntimo de Cristo que es,
como sabemos, el corazón del corazón.
2. El corazón es un horizonte
Hace algún tiempo escribí un artículo llamado El hombre y el horizonte. Rescaté
para esas líneas un poema de Stephen Crane que dice: «Yo vi a un hombre persiguiendo al
horizonte; corrían y corrían dando vueltas. Yo me quedé pasmado. Lo increpé al hombre.
«Es inútil», le dije, nunca podrás. Mentira, gritó, y siguió corriendo». He vuelto al poema
porque Dilexit Nos, la más reciente encíclica del Papa Francisco me lo recordó mucho
mientras la leía. Me imaginé al Papa Francisco persiguiendo a un horizonte que, sin duda,
es el mismo que yo persigo. Quizás, no se trata de perseguir al horizonte, sino que, es otra
forma de expresar, un anhelo, cierta nostalgia: volver al corazón.
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Volver al corazón con la finalidad de comenzar a abrirnos a una comprensión de la
existencia abrazada al misterio, al hombre en su totalidad. Abierta a ese punto en el cual, el
corazón creyente ama, adora, pide perdón y se ofrece a servir en el lugar que el Señor le da
a elegir para que lo siga, como expresa Francisco. Un punto en el cual el cielo y la tierra se
abrazan, se hacen uno solo, como el corazón que es centro unificador, espacio en el cual se
posibilita el íntimo encuentro con Dios que nos impulsa hacia la otra orilla.
En lo más interior del ser humano brotan las fuentes de la vida. Se configura aquello
que nos distingue, aquello que nos ordena nuestra identidad espiritual poniéndonos en
comunión con las demás personas, pero también nos abre los ojos a una dimensión más
íntima con la realidad. Una dimensión que permite al hombre deleitarse con los destellos
divinos diseminados en lo cotidiano. Destellos que anuncian la verdadera belleza y que
solo el corazón puede captar, puesto que se encuentra imantado hacia ella. La belleza
auténtica, sostiene Benedicto XVI, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo
profundo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, hacia el más allá.
Esa belleza que, como la verdad, es lo que despierta la alegría en el corazón de los
hombres; «fruto precioso que resiste a la usura del tiempo», sostiene. Que sacude al
hombre para hacerlo salir de sí mismo, arrebatándolo de la resignación, la conformidad, la
mediocridad, el consumismo, en pocas palabras, del miedo a Cristo y a la potencia que se
desnuda en los latidos siempre vivos de su Corazón. Miedo que no propicia estados
profundos de conciencia donde se haga posible experimentar la poesía oculta en todo lo
que nos rodea. Poesía amorosa que nos punza el corazón, lo hace arder, lo arroja al otro
lado.
El corazón es un horizonte donde lo divino y lo mundano se abrazan, se celebran, se
festejan estableciendo nuevos caminos más allá de los límites. Escribe Francisco en Dilexit
Nos: «cuando se capta alguna realidad con el corazón se la puede conocer mejor y más
plenamente». La filosofía realmente no comienza entre las cuatro paredes de las certezas,
sino de la conmoción, del asombro. Allí donde el filósofo detiene su pensamiento, el
corazón es impulsado a dar otro paso y otro más. No es un Yo encerrado en mismo, sino
un Yo que es el tú de Dios abriendo la posibilidad de la amistad con Él construyendo frente
a su mirada atónita nuevos horizontes.
Una amistad que nos pone en contacto con lo que sienten y cómo se sienten las
cosas. Que nos reconcilia con las preguntas que nos devuelven la dignidad. Que nos
reconcilia con la fe y la sensibilidad como formas legítimas de conocimiento. Que nos
ayuda a comprender que la salvación del hombre tiene lugar en la historia, pero que no es
un hecho histórico. Por ello, Francisco retoma lo que ya San Agustín propuso
anteriormente: volver al corazón, volver al centro, a esa fuerza única capaz de unir lo que
ha sido fragmentado por una racionalidad completamente instrumentalizada y
deshumanizada. Volver a comprender que el corazón es un horizonte propiciador de
encuentros.
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3. Buscando otra racionalidad
Rabindranath Tagore es, sin duda, el poeta indio más estimado en el mundo
occidental, más aún, luego de la obtención del Premio Nobel de Literatura en 1913. Dejó en
sus libros, en especial, en sus ensayos, su enorme preocupación por la necesidad de
propiciar un encuentro entre los universos de la razón y la fe, en cuanto a que allí, en esa
reconciliación, logró vislumbrar la posibilidad de que el hombre pudiera disfrutar
verdaderamente de su plenitud. El poeta estaba convencido de que no había límite posible
a la dignidad del espíritu humano, puesto que todo aspecto que significara limitación era
falso.
Participa de la idea de que los seres humanos necesitamos estimar el valor de la vida
de otra manera. Estuvo claro en que solo podía valorarse en su plenitud infinita en la
medida en que se aprendiera a conciliar en un mismo camino los elementos que
conforman los sentidos, la razón y la fe. Todo está conectado con todo y lo particular lo es
solo porque es una parte del todo. A este todo se penetra solo a través de la experiencia
plena de la vida cuya fuente es la armonía entre el razonamiento racional y el
razonamiento sensible. Esa conciencia de armonía es posible permitiendo mayores
alternativas para que se exprese lo intuitivo, el amor, la mística, o como se le desee llamar.
Ciencia y conocimiento no son la misma cosa, muy a pesar del origen etimológico
común. No puede haber verdadera ciencia sin conocimiento y no puede haber
conocimiento sin que en él no se integre, en cierto modo, al sujeto que conoce. Un
conocimiento sin amor vuelve arrogante al hombre y lo desarticula de una visión total de la
realidad. La parcialidad racional que lo domina fragmenta su mirada. El llamado
conocimiento objetivo lo es en función de que existe un sujeto que le define los criterios y
para ello es imprescindible que exista un abarcamiento de la totalidad del objeto conocido.
Sin embargo, esta totalidad, en modo alguno, será el resultado de la suma de sus partes.
No hay conocimiento infinito, pero siempre existe la posibilidad de un conocimiento
del todo, de un conocimiento holístico. Sin embargo, el devenir científico, que solo parece
responder a los postulados del cartesianismo como único sistema racional capaz de
responder a la necesidad de búsqueda de la verdad, hizo a un lado la otra esfera necesaria
para la completa visualización de lo real, claro está, me refiero al amor, a una racionalidad
sensible. Hablamos de un sentir la vida por medio y a través de unos juicios valorativos que
nos permitan compartir, en la presencia de los otros, un interés subjetivo que nace de una
necesidad de hacer reciprocas las sensaciones que despiertan los afectos.
La transparencia es un misterio que apenas se percibe desde una categoría superior
del sentido definido como sensus o inteligencia afectiva, otros lo definen como razón
sensible. Una razón que comprende desde un tránsito lento, profundo y por entero del ser-
en-el-mundo. Comprender es, en estos términos, ser capaz de, saber habérselas con,
nombrar una destreza en la que no interviene la diferenciación abstracta entre un saber
teórico y un saber práctico. ¿Consecuencia? Poder-ser respecto a algo. Y ese poder-ser se
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constituye sobre la base de devorar esa transparencia, enredarse en ella, confundirse en
ella hasta ser ella misma.
Nietzsche veía ese despeñamiento como la posibilidad de vinculación con lo real a
través de su capacidad de irradiar sentido. Plenitud del desgarramiento. Esa desnudez solo
es posible a través de la iluminación que brindan los sentidos. La desnudez experimentada
a partir de una fenomenología de la experiencia fraguada por el ardor de los sentidos vivos
y sentientes, esa posibilidad de sentir, ya lo experimentó Montaigne, aproxima en mayor
medida al ser humano a su ser aquí-ahora que cualquier discusión académica.
Conocimiento comprensivo es aquel que dice a la vida sensualmente y se abre a la
aventura de conquistar-conquistándose a cada instante.
4. Desde el corazón: educar el silencio y la escucha
En el libro de Proverbios nos brinda un acercamiento muy valioso a la hora de
meditar sobre la posibilidad de educar al ser humano en su relación con el silencio. Por
una parte reconoce que “aun el necio, cuando calla, es contado por sabio; El que cierra sus
labios es entendido” (17,28) y por otra resalta que “la palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!”
(15,23). Educar al ser humano en su relación con el silencio significa la comprensión
profunda del valor de la prudencia. Hablar cuando resulte verdaderamente oportuno y, por
supuesto, al hacerlo que realmente valga la pena.
El apóstol Santiago, comprendiendo cabalmente estas cuestiones señala sin
cortapisa que “todo hombre sea pronto para oír y tardo para hablar(1,19). Hacer silencio
parece en ciertos momentos sencillo, tanto como hablar. La verdadera dificultad parece
radicar en hacer silencio cuando realmente hay que hacerlo y hablar cuando esto sea, no
sólo requerido, sino necesario. Buda invita a comprender el habla como una virtud. Una
virtud que no sólo expresa hacerlo oportunamente, sino emplear la palabra apropiada,
esta, sin duda brota del silencio.
Gianni Vattimo señala que el silencio funciona con el lenguaje como la muerte en
relación con la existencia. Ante la presencia de la muerte, la existencia cobra otro valor,
más bien entramos en cuenta del valor sustancial de poder vivir, de poder existir. El
silencio es un horizonte que necesita la palabra para poder resonar. El silencio es ese
instante en el cual podemos buscar la palabra apropiada, en el que tomamos la decisión de
mentir o abrazarnos a la verdad. Cuando hacemos silencio antes de hablar es la
oportunidad, como señala el Mahāsatipaṭṭhāna sutta, abstenernos de hablar
maliciosamente, del empleo de palabras ásperas y de la charla frívola.
Dios, antes de decir “haya luz” (Gen 1,3) había hecho silencio. La Creación con toda
su belleza y perfección no es producto tanto de la Palabra como del Silencio. Allí, en ese
silencio divino, Dios pensó aquello que desencadenaría toda la existencia. Imam Al-Bujari,
compilador y erudito musulmán, señala de manera contundente que quien cree en Dios
ese Dios Creador que hemos mencionado debe decir buenas palabras o permanecer en
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silencio. El Corán, sobre el valor del silencio como ventana hacia la prudencia, exalta la
necesidad de un hablar modesto y sereno, puesto que el ruido es más desagradable que el
rebuzno de un asno.
El apóstol Santiago ve en la lengua como un fuego, un mundo que maldad que,
aunque pequeño, se jacta de grandes cosas (cfr. 3, 5 6). Por ello, como hemos apuntado,
hay que pensar antes de hablar con la finalidad de pronunciar, efectivamente, la palabra
correcta. El Corán exhorta a los hombres a ser siervos del misericordioso que caminen
sobre la faz de Tierra con humildad, que cuando sean increpados por los ignorantes les
respondan [con palabras de] paz. Hablar adecuadamente nos transforma en los
instrumentos de paz que exalta la sensibilidad franciscana, por ello, antes de hablar
busquemos en el silencio interior preguntándole si lo que estamos a punto de decir es útil,
inspirador, necesario o amable.
El Noble Camino Óctuple del budismo ahonda en esta realidad del habla. Nos
refiere a que el habla correcta es algo más profundo que corregir el habla. El habla correcta
supone cuatro aspectos a considerar con seriedad y profundidad: abstenerse del lenguaje
falso, no emitir calumnias sobre otro, inhibirse del lenguaje grosero, descortés o abusivo, y
evitar acercamientos al chisme o las habladurías. No se trata sólo de corregir el lenguaje,
sino corregirnos profundamente.
Hacer silencio para procurar un hablar corrector implica algo más profundo y
complejo: acallar el infierno en que nos hemos transformado producto de haber entrado,
casi complacidos, al ritmo vertiginoso de la cultura de la muerte. Cultura que nos ha
vaciado de contenido, pero que hemos creado nosotros mismos. Hemos creado un lenguaje
de la muerte y hemos sido seducidos por él. Hemos alimentado las palabras con veneno,
carentes de bondad, de compasión, de alegría y ecuanimidad. No es fácil transitar este
camino, pero si nos está resultando más sencillo aniquilar al otro con la lengua, entonces
urge un cambio.
“Quién eres, tú sonoro al fondo de mi mismo?”, se pregunta el poeta Armando Rojas
Guardia. Este sonoro es también horizonte presentido, oscuridad ansiada, “paisaje
último donde el gozo no puede saber sino a agonía”. ¿Quién eres? ¿Qué es? Lanzamos la
pregunta, pero para poder tener una respuesta, tenemos que ubicarnos en el perfecto
abrazo que supone estar justo entre la palabra y el silencio. Hundirnos lenta y
conscientemente en ese horizonte supremo donde el silencio y la palabra se unen. En esa
madura pulpa de paz donde Pachelbel fue a recoger matices para su Canon. Preguntamos,
pero debemos esperar superar el escalofrío ontológico para que la respuesta llegue.
Voy trazando estas líneas mientras escucho, justamente, el Canon de Pachelbel.
Maravillosa composición del alemán Johann Pachelbel, creada para deleite de la
humanidad en 1680. Una obra que destaca precisamente por su armonía. Hay una
progresión armónica en esta obra que nos va llevando de la mano entre la simpleza en que
la belleza se nos ofrece a los sentidos, en este caso la escucha. Sentido que ha venido siendo
desplazado para entronizar otros, en especial, el habla. Para disfrutar del Canon debo
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callar para que él hable y así inundarme de una belleza insólita que va alimentado mi
espíritu.
Sobre el fenómeno de la escucha nuestros antepasados tuvieron algo muy claro que
nosotros hemos ido perdiendo. La tradición hebrea le brinda a la escucha un significado
más profundo que el mero acto de escuchar. Para ellos la escucha tiene una condición
fundamental que abre su corazón a lo teológico, lo metafísico, lo ontológico, lo histórico, lo
antropológico, lo existencial. Tiene que ser así, ya que todo gira en torno a la convicción de
que Dios es la palabra a ser escuchada. A Dios no se le ve, se le escucha, y a través de la
escucha, por lo tanto, la existencia alcanza su sentido más vivo. El dábar hebreo no sólo
significa palabra, sino también la gran enseñanza relacionada con el poder que las palabras
tienen para edificar, sanar y restaurar, pero también para destruir. Sin embargo, sólo
puede ser poseído por medio de la escucha.
Lamentablemente, entre ellos y nosotros, estuvieron los helénicos. Ellos no
quisieron escuchar, ellos querían ver. Todo estaba asociado a lo visto. Todo pasaba por el
ojo de la mente. La mirada abría el camino hacia procesos importantes, pero nos alejó de
una gnosis de obediencia para acercarnos a una que instrumentaliza lo que ve para
poseerlo y ponerlo a su servicio.
Cuando nos planteamos la idea de educar la escucha lo hacemos apelando al afán de
contestar la pregunta que inicialmente nos hacíamos con el poeta Rojas Guardia: ¿Quién
eres, sonoro al fondo de mi mismo?”. Esta pregunta hace que mi mirada contemple lo
que el budismo señala como escucha interior o meditación sobre el sonido interior, Nada
Yoga en sánscrito. Este sonido es un agudo timbre interno capaz de abrazar amorosamente
el silencio que es cubierto por palabras, o notas musicales, para entrar a una dimensión
más profunda de la escucha que, a su vez, nos abre el camino para transitar el enigma de la
belleza.
Ese enigma de la belleza que me incita a buscar a buscar el Canon de Pachelbel me
conduce a recordar que San Agustín destacaba el poder de la música para modelar el
ánimo y despertar estados de placer y éxtasis. La escucha nos ayuda a comprender la
belleza, no sólo del fenómeno musical, sino la propia grandiosidad de todo lo creado por
Dios y, por ello, ayuda a expresar la gratitud hacia el Creador y el sentimiento de
pertenecer a un universo único, fruto de su amor.
Sócrates decía a sus discípulos: “Hablen para que los conozca”. El filósofo tenía
claro que la escucha es un eje central de una apertura existencial que favorece la
comprensión del otro. Escuchar es un fenómeno profundo que permite el acceso a lo
esencial que, como señaló Saint-Exupery, es invisible a los ojos. Eso esencial que inaugura
todo proceso de diálogo, puesto que en la escucha es donde se fundamenta la comprensión
humana.
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5. El co-razón: por una razón poética
Desde el reconocimiento de su obra en la segunda mitad del siglo XX, la
importancia de la obra de María Zambrano ha venido creciendo vertiginosamente. Su obra
ha sido ampliamente estudiada por el universo académico vinculado a la Filosofía, aunque
no resulta obligatorio mencionar que es, además una de las mejores plumas del siglo XX,
por ello resulta ser la primera mujer en obtener el Premio Cervantes de Literatura en 1988.
Destaco de su magnífica obra Filosofía y Poesía (1939), donde aborda la relación entre el
pensamiento filosófico y la poesía a lo largo de la historia cultural de Occidente, cuyo
origen sitúa en Grecia.
A partir de la reprobación platónica de los poetas en La República, filosofía y poesía
fluyen apartadas como formas de racionalidad y de discurso análogos cuyo fondo
magmático es similar, pero con distintos itinerarios, proyectos y caminos. María Zambrano
apuesta por una voluntad de conciliación entre pensamiento y poesía, el hallazgo de un
logos mediador que armonice la palabra filosófica con la palabra poética, y que encuentra
en el propio estilo literario de la autora un vehículo perfecto de expresión. Precisamente,
los tiempos aciagos que transcurren exigen, o parecen exigir, la posibilidad de plantearnos
una educación que tenga como columna vertebral un razonar poético.
Cuando pienso en razonar poético, a pesar de hacerlo a partir de una idea formulada
por María Zambrano, no dejo de reconocer y de valorar lo que Nietzsche nos brinda desde
su filosofar a martillazos, según el cual nos enmarca en una invitación arriesgada, pero
seductora: vivir es inventar. Una vida que contemple un estado de ensueño que llene de
sentido a la propia vida. Tendríamos que destacar también a otro español, José Ortega y
Gasset para quien la escisión entre vida y razón restaba notablemente peso a la existencia,
puesto que el tema de nuestro es precisamente la vida.
María Zambrano le habla al hombre de esta hora invitándolo a que se plantee la
necesidad de un saber sobre el alma, como hiciera en 1934, transformando la razón vital
orteguiana en razón poética. Muchas voces aseveran que los poetas hacen filosofía por
medio de sus poemas, es más, que en la poesía podemos hallar más filosofía, así como un
tipo de verdades distintas y más profundas, que en muchas obras estrictamente filosóficas,
es decir, que en ensayos, artículos y tratados filosóficos.
En este sentido, Wordsworth afirma en el prólogo a sus Baladas Líricas, de aln
modo siguiendo a Aristóteles, que “la poesía es la más filosófica de todas las formas de
escritura […] su objeto es la verdad, no individual y local, sino general y operativa; no
dependiendo de la evidencia externa, sino revivida en el corazón por la pasión”. Otro gran
poeta norteamericano y amigo del anterior, Samuel Coleridge, pensaba de manera similar,
pues consideraba que uno no podía “ser un gran poeta sin ser al mismo tiempo un
profundo filósofo”, implicando que el gran poeta construye un pensamiento orgánico a
través de su poesía.
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Una Educación forjada a la luz de un razonar poético brindaría unidad compuesta
de instantes fugaces que le acercan a cierta musicalidad, cierta sensibilidad que la
conducen a ir más profundamente, hasta la raíz del conocimiento. Un razonar poético le
abre al pensamiento la posibilidad de palabras transidas desde la sangre para escribir con
sangre lo que se piensa desde el cuerpo. Una razonar poético le abre el corazón al
pensamiento para que este se abra a la vida y disuelva su alma entre las pasiones, los
intersticios de la cotidianidad, para llenar de sentido y sensibilidad el acto siempre lejano
del pensar.
Poesía y razón se completan y requieren una a otra, insiste Zambrano. Por eso
defendió la idea de entender lo que se siente, sin anularlo, sin dejar de sentirlo; por “una
inteligencia que rescata a lo más alejado de ella”, pues hay que “ir llevando el sentir a la
inteligencia”. De tal forma que la razón poética de Nietzsche, esa que labraba
interpretaciones librescas y daba rienda suelta a la imaginación, esa loca que incita a vivir
creativamente, ofrecía un mayor conocimiento de nosotros mismos (aunque no total), del
hombre íntegro, que el que ofrece el soberbio racionalismo moderno, tal como esperaba la
propia Zambrano.
6. El corazón es un horizonte. A modo de conclusión.
Hace algún tiempo escribí un artículo llamado El hombre y el horizonte. Rescaté
para esas líneas un poema de Stephen Crane que dice: «Yo vi a un hombre persiguiendo al
horizonte; corrían y corrían dando vueltas. Yo me quedé pasmado. Lo increpé al hombre.
«Es inútil», le dije, nunca podrás. Mentira, gritó, y siguió corriendo». He vuelto al poema
porque Dilexit Nos, la más reciente encíclica del Papa Francisco me lo recordó mucho
mientras la leía. Me imaginé al Papa Francisco persiguiendo a un horizonte que, sin duda,
es el mismo que yo persigo. Quizás, no se trata de perseguir al horizonte, sino que, es otra
forma de expresar, un anhelo, cierta nostalgia: volver al corazón.
Volver al corazón con la finalidad de comenzar a abrirnos a una comprensión de la
existencia abrazada al misterio, al hombre en su totalidad. Abierta a ese punto en el cual, el
corazón creyente ama, adora, pide perdón y se ofrece a servir en el lugar que el Señor le da
a elegir para que lo siga, como expresa Francisco. Un punto en el cual el cielo y la tierra se
abrazan, se hacen uno solo, como el corazón que es centro unificador, espacio en el cual se
posibilita el íntimo encuentro con Dios que nos impulsa hacia la otra orilla.
En lo más interior del ser humano brotan las fuentes de la vida. Se configura aquello
que nos distingue, aquello que nos ordena nuestra identidad espiritual poniéndonos en
comunión con las demás personas, pero también nos abre los ojos a una dimensión más
íntima con la realidad. Una dimensión que permite al hombre deleitarse con los destellos
divinos diseminados en lo cotidiano. Destellos que anuncian la verdadera belleza y que
solo el corazón puede captar, puesto que se encuentra imantado hacia ella. La belleza
auténtica, sostiene Benedicto XVI, abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo
profundo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, hacia el más allá.
Muñoz, V. Revista de Filosofía, Vol. 42, Nº114, 2025-4, (Oct-Dic) pp. 104-113 113
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Esa belleza que, como la verdad, es lo que despierta la alegría en el corazón de los
hombres; «fruto precioso que resiste a la usura del tiempo», sostiene. Que sacude al
hombre para hacerlo salir de sí mismo, arrebatándolo de la resignación, la conformidad, la
mediocridad, el consumismo, en pocas palabras, del miedo a Cristo y a la potencia que se
desnuda en los latidos siempre vivos de su Corazón. Miedo que no propicia estados
profundos de conciencia donde se haga posible experimentar la poesía oculta en todo lo
que nos rodea. Poesía amorosa que nos punza el corazón, lo hace arder, lo arroja al otro
lado.
El corazón es un horizonte donde lo divino y lo mundano se abrazan, se celebran, se
festejan estableciendo nuevos caminos más allá de los límites. Escribe Francisco en Dilexit
Nos: «cuando se capta alguna realidad con el corazón se la puede conocer mejor y más
plenamente». La filosofía realmente no comienza entre las cuatro paredes de las certezas,
sino de la conmoción, del asombro. Allí donde el filósofo detiene su pensamiento, el
corazón es impulsado a dar otro paso y otro más. No es un Yo encerrado en mismo, sino
un Yo que es el de Dios abriendo la posibilidad de la amistad con Él construyendo frente
a su mirada atónita nuevos horizontes.
Una amistad que nos pone en contacto con lo que sienten y cómo se sienten las
cosas. Que nos reconcilia con las preguntas que nos devuelven la dignidad. Que nos
reconcilia con la fe y la sensibilidad como formas legítimas de conocimiento. Que nos
ayuda a comprender que la salvación del hombre tiene lugar en la historia, pero que no es
un hecho histórico. Por ello, Francisco retoma lo que ya San Agustín propuso
anteriormente: volver al corazón, volver al centro, a esa fuerza única capaz de unir lo que
ha sido fragmentado por una racionalidad completamente instrumentalizada y
deshumanizada. Volver a comprender que el corazón es un horizonte propiciador de
encuentros. Paz y Bien, a mayor gloria de Dios.
REVISTA DE FILOSOFÍA
11 4 - 2025 - 4 OCTUBRE - DICIEMBRE
Esta revista fue editada en formato digital y publicada en NOVIEMBRE de 2025
por el Fondo Editorial Serbiluz, Universidad del Zulia. Maracaibo-Venezuela
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