Muñoz, V. Revista de Filosofía, Vol. 42, Nº114, 2025-4, (Oct-Dic) pp. 104-113 109
Universidad del Zulia. Maracaibo-Venezuela. ISSN: 0798-1171 / e-ISSN: 2477-9598
silencio. El Corán, sobre el valor del silencio como ventana hacia la prudencia, exalta la
necesidad de un hablar modesto y sereno, puesto que el ruido es más desagradable que el
rebuzno de un asno.
El apóstol Santiago ve en la lengua como un fuego, un mundo que maldad que,
aunque pequeño, se jacta de grandes cosas (cfr. 3, 5 – 6). Por ello, como hemos apuntado,
hay que pensar antes de hablar con la finalidad de pronunciar, efectivamente, la palabra
correcta. El Corán exhorta a los hombres a ser siervos del misericordioso que caminen
sobre la faz de Tierra con humildad, que cuando sean increpados por los ignorantes les
respondan [con palabras de] paz. Hablar adecuadamente nos transforma en los
instrumentos de paz que exalta la sensibilidad franciscana, por ello, antes de hablar
busquemos en el silencio interior preguntándole si lo que estamos a punto de decir es útil,
inspirador, necesario o amable.
El Noble Camino Óctuple del budismo ahonda en esta realidad del habla. Nos
refiere a que el habla correcta es algo más profundo que corregir el habla. El habla correcta
supone cuatro aspectos a considerar con seriedad y profundidad: abstenerse del lenguaje
falso, no emitir calumnias sobre otro, inhibirse del lenguaje grosero, descortés o abusivo, y
evitar acercamientos al chisme o las habladurías. No se trata sólo de corregir el lenguaje,
sino corregirnos profundamente.
Hacer silencio para procurar un hablar corrector implica algo más profundo y
complejo: acallar el infierno en que nos hemos transformado producto de haber entrado,
casi complacidos, al ritmo vertiginoso de la cultura de la muerte. Cultura que nos ha
vaciado de contenido, pero que hemos creado nosotros mismos. Hemos creado un lenguaje
de la muerte y hemos sido seducidos por él. Hemos alimentado las palabras con veneno,
carentes de bondad, de compasión, de alegría y ecuanimidad. No es fácil transitar este
camino, pero si nos está resultando más sencillo aniquilar al otro con la lengua, entonces
urge un cambio.
“Quién eres, tú sonoro al fondo de mi mismo?”, se pregunta el poeta Armando Rojas
Guardia. Este tú sonoro es también horizonte presentido, oscuridad ansiada, “paisaje
último donde el gozo no puede saber sino a agonía”. ¿Quién eres? ¿Qué es? Lanzamos la
pregunta, pero para poder tener una respuesta, tenemos que ubicarnos en el perfecto
abrazo que supone estar justo entre la palabra y el silencio. Hundirnos lenta y
conscientemente en ese horizonte supremo donde el silencio y la palabra se unen. En esa
madura pulpa de paz donde Pachelbel fue a recoger matices para su Canon. Preguntamos,
pero debemos esperar superar el escalofrío ontológico para que la respuesta llegue.
Voy trazando estas líneas mientras escucho, justamente, el Canon de Pachelbel.
Maravillosa composición del alemán Johann Pachelbel, creada para deleite de la
humanidad en 1680. Una obra que destaca precisamente por su armonía. Hay una
progresión armónica en esta obra que nos va llevando de la mano entre la simpleza en que
la belleza se nos ofrece a los sentidos, en este caso la escucha. Sentido que ha venido siendo
desplazado para entronizar otros, en especial, el habla. Para disfrutar del Canon debo