Revista de Filosofía
Vol. 42, Nº114, 2025-4, (Oct-Dic) pp. 45-64
Universidad del Zulia. Maracaibo-Venezuela
ISSN: 0798-1171 / e-ISSN: 2477-9598
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(CC BY-NC-SA 4.0)
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Los porqués de una ciencia política con pertinencia global en el
siglo XXI-entre desafíos teórico-metodológicos, epistémicos y
prácticos
The Whys of a Political Science with Global Relevance in the 21st Century:
Between Theoretical-Methodological, Epistemic, and Practical Challenges
Jesús Alfredo Morales Carrero
ORCID: https://orcid.org/0000-0002-8379-2482
Universidad de Los Andes - Venezuela
lectoescrituraula@gmail.com
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.18103033
Resumen
Esta investigación se propuso analizar los porqués de una ciencia política con pertinencia
global en el siglo XXI, enfatizando en los desafíos teórico-metodológicos, epistémicos y
prácticos; desde los cuales construir nuevas oportunidades asociadas no solo con el
conocer, sino con la transferencia del saber científico en acciones reales. El enfoque
utilizado fue el cualitativo y mediante el análisis de contenido se revisaron los referentes
aportados por diversos autores (pioneros) directa e indirectamente relacionados con esta
disciplina; también, se consultaron fuentes complementarias (revistas especializadas), con
la finalidad de enriquecer la discusión. Los resultados indican que la ciencia política
enfrenta desafíos complejos que van desde la transferencia del conocimiento teórico en
soluciones prácticas de amplio alcance; esto supone la disposición de su flexibilidad para
acoger construcciones conceptuales y epistémicas que aporten tanto claridad como
precisión a los procesos decisorios ejecutados por quienes se ocupan de las labores de
gobierno; a esto se agrega la construcción de la sociedad justa, sostenible e inclusiva como
resultado de articulación de esfuerzos científico-intelectuales y técnicos que permitan
afrontar los desafíos tanto presentes como emergentes. En conclusión, la capacidad de
intervención real y estratégica posiciona a la ciencia política como una alternativa para
enfrentar desafíos globales tales como: la búsqueda del consenso, el fortalecimiento del
aparato institucional, la administración racional y transparente de recursos, la unificación
de esfuerzos sinérgicos entre el Estado y la sociedad.
Palabras clave: gobierno responsable, decisiones sostenibles, equilibrio funcional,
instituciones inteligentes, decisiones científico-estratégicas.
_______________________________
Recibido 13-07-2025 Aceptado 15-10-2025
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Abstract
This research aimed to analyze the whys of a political science with global relevance in the
21st century, emphasizing the theoretical-methodological, epistemic, and practical
challenges, from which to build new opportunities associated not only with knowledge, but
also with the transfer of scientific knowledge into real-life actions. The approach used was
qualitative, and through content analysis, the references contributed by various
(pioneering) authors directly and indirectly related to this discipline were reviewed.
Complementary sources (specialized journals) were also consulted to enrich the
discussion. The results indicate that political science faces complex challenges ranging
from the transfer of theoretical knowledge into broad-based practical solutions; this
presupposes the flexibility to embrace conceptual and epistemic constructs that provide
both clarity and precision to the decision-making processes carried out by those
responsible for government work; Added to this is the construction of a just, sustainable,
and inclusive society as a result of the articulation of scientific, intellectual, and technical
efforts that allow us to address both current and emerging challenges. In conclusion, the
capacity for real and strategic intervention positions political science as an alternative to
address global challenges such as: the search for consensus, the strengthening of the
institutional apparatus, the rational and transparent management of resources, and the
unification of synergistic efforts between the State and society.
Keywords: responsible government, sustainable decisions, functional balance, smart
institutions, scientific-strategic decisions.
Introducción
Comprender las intrincadas y complejas relaciones que se entretejen de manera
tanto dinámica como aceleradamente, supone uno de los desafíos a los que se enfrentan las
ciencias sociales en general y, en específico la ciencia política. De allí, la persistente
necesidad actual predicha por Luhmann (1995), al indicar que frente a un mundo que se
desdibuja y emerge en nuevas y variadas formas en ocasiones sin precedentes, la tarea de
la ciencia debe perfilarse hacia la renovación conceptual que haga posible la adaptación
interpretativa a las exigencias de un mundo enriquecido por relaciones e interacciones,
frente a las cuales la armazón teórico-metodológica existente es insuficiente.
Este desafío generalizado supone más que una exigencia disciplinar, un reclamo
derivado de la necesidad de renovar los cuerpos teóricos a través de procesos vitales de
resignificación, en los que el conocimiento acumulado no se desestime totalmente, sino por
el contrario se asuma como referente desde el cual orientar nuevos procesos comprensivos
con el potencial epistémico y su posible aplicabilidad a situaciones reales.
Lo planteado ubica a la ciencia política como el resultado de la articulación de
referentes teórico-prácticos en cuyo contenido se encuentran posibilidades tanto diversas
como reales, que le permitan a la humanidad consolidar las aspiraciones individuales y
colectivas (Morín, 2011; Sen, 2021); que sumadas redunden en la dignificación de la
existencia plena. En palabras de Bobbio (2023), este proceder frente a la realidad compleja
implica en su sentido práctico la articulación de la indagación crítica con metodologías
analíticas que le permitan al científico-político enfocar los problemas desde una óptica
amplia y holística.
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Este proceder se entiende como un intento por reconstruir situaciones a partir de la
comprensión de los elementos medulares, de los cuales derivar soluciones contextualizadas
dotadas del potencial transformador de una disciplina capaz de responder a los desafíos
globales (Bauman y Haffner, 2017); entre los que se encuentran trascender los bordes
disciplinares mediante el operar del pensamiento integrador; como el proceso complejo del
que se deriva la posibilidad de motivar intercambios interdisciplinares entre córporas
teórico-metodológicos que una vez sometidos al diálogo epistémico permitan el
sostenimiento de experiencias más que comprensivas, definitorias de nuevas normas y
criterios que apunten hacia la gestión de los problemas contemporáneos (Bobbio y Bovero,
1984; Gordon, 2013).
Entonces, incursionar en la tarea de transformar realidades significativamente
implica para la ciencia política, en su sentido operativo, movilizar la actuación sinérgica de
la ciudadanía en torno a la superación de los lastres históricos, sociales y culturales que
han procurado la imposición de sistemas caducos en cuyo contenido se estima la
reproducción de modelos de desarrollo, bienestar y calidad de vida superados por
circunstancias particulares de una realidad cambiante (Ferrajoli, 2016); frente a este
desafío los postulados de la transdisciplinariedad invitan a la reformular posiciones
teóricas, epistémicas y prácticas desde las cuales trazar acciones que respondan a los
requerimientos de las dimensiones más frágiles de la sociedad (Morales, 2023b; Nava,
2020).
Para Fukuyama (2016), estas áreas a las que se debe abocar la ciencia política como
disciplina de intervención constituyen una invitación a la adopción de la capacidad para
transformar el conocimiento teórico en soluciones prácticas, que reivindiquen su potencial
para impulsar acciones estratégicas y sinérgicas sobre las que se asienta el desarrollo
humano integral como ideal universal; esto supone reducir la inestabilidad y la
incertidumbre que experimentan los entes decisores en la tarea de transferir elementos
metodológicos, prácticos y los contenidos conceptuales propios del plano teórico (Morales,
2023), al abordaje eficaz de los problemas históricos que han procurado socavar tanto la
dignificación sostenible, como la legitimidad de la democracia y de los sistemas de
gobierno en su capacidad para responder a los desafíos globales (Beck, 2008).
Por su parte Bobbio (2023), desde una actitud de apertura a la importancia de hacer
ciencia no da espalda a las formas tradicionales, pero si desde la exploración de nuevas
posibilidades asociadas con el conocer propone la necesidad de virar los esfuerzos
científicos hacia la construcción de métodos analíticos e interpretativos que no solo den
cuenta de los fenómenos sociales desde el plano explicativo; sino además, desde las
posibilidades reales de enmarcar comparativamente contextos y realidades en un intento
por consolidar abordajes teórico-metodológicos que permitan plantear, profundizar y
aproximarse a problemas inéditos e inauditos.
En función de lo expuesto, esta investigación se propuso analizar los porqués de una
ciencia política con pertinencia global en el siglo XXI, enfatizando en los desafíos teórico-
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metodológicos, epistémicos y prácticos. Esto supone responder a las siguientes
interrogantes: ¿Qué requerimientos teórico-metodológicos requiere la ciencia política para
redimensionar su pertinencia? ¿Qué implica producir conocimiento en tiempos complejos?
¿Cómo se logra la transferencia del conocimiento teórico a soluciones prácticas y reales?
En función de estos desafíos ¿Qué aporta el paradigma de la complejidad, a
transcomplejidad y la interdisciplinariedad?
Materiales y método
Esta investigación documental con enfoque cualitativo asumió las fuentes de
información esenciales que abordan los referentes teóricos-metodológicos, epistémicos y
prácticos en torno a la posibilidad de configurar una ciencia política con pertinencia en el
presente siglo. Para ello se consultaron (textos pioneros); de los cuales se tomaron
afirmaciones y aportaciones conceptuales, en función de las cuales construir una serie de
planteamientos que se aproximen a una visión integral y holística que permita ampliar el
radio de acción operativo y de intervención que le permita a esta disciplina transformar
contextos complejos mediatos y globales;
Lo dicho supone la disposición científica de una disciplina para responder a los
requerimientos sociales mundiales, para lo cual se revisaron fuentes secundarias (revistas
científicas y especializadas), con la finalidad de precisar posiciones renovadas que
aportaran al proceso de sustanciar la discusión.
Se utilizó la técnica de análisis de contenido, con la cometido de deducir las
aportaciones teóricas, los elementos conceptuales, prácticos y metodológicos, en función
de los cuales realizar un acercamiento a la construcción de argumentos consistentes que
definan, no solo la pertinencia de las posiciones teóricas del autor, sino los desafíos que
enfrenta el aparato institucional y los Estados en la tarea de consolidar operativamente el
desarrollo humano sostenible, así como la recuperación del tejido social.
Como criterios de análisis se consideraron sus referentes directos, afirmaciones y
posiciones que enfatizan en la importancia, relevancia y pertinencia del objeto de estudio
en la actualidad; los aspectos comunes que aportan soluciones a los requerimientos de
inclusión, de justicia social, de equidad y bien común, así como de participación activa-
sinérgica de la ciudadanía en los asuntos públicos y en los procesos decisorios de los que
depende la trascendencia a estilos de vida dignos. Con respecto al criterio axiológico se
procuró determinar la responsabilidad ética de la ciencia política en lo referente a la
construcción de sociedades funcionales, reiterando así lo planteado por los autores
consultados a lo largo de sus obras.
Análisis de la información
La ciencia política como cuerpo de conocimientos, métodos y enfoques prácticos
atraviesa al igual que ciencias sociales en general la tarea compleja de posicionarse frente a
una realidad convulsa, cambiante e incierta; en la cual se encuentran inmersos una serie de
actores e intereses que requieren ser conducidos hacia el acuerdo y la negociación, que
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haga posible enfrentar desde la sinergia el desafío de instaurar sistemas sociales en los que
prime como imperativo categórico la búsqueda del bien común y la sostenibilidad.
Lo referido ubica a esta disciplina en un plano no solo esperanzador sino alentador
de cambios capaces de impulsar de manera trascendental el desarrollo humano; ideal al
que los programas de gobierno y las convenciones internacionales plantean de modo
reiterativo, en un intento por consolidar escenarios reales en los que el ciudadano alcance a
manifestar la realización plena de su desempeño en el marco de las libertades individuales,
de su proceder autónomo y responsable como dimensiones que buscan reivindicar su
dignificación permanente en tanto su pertenencia al género humano (Berlín, 2022).
Según Fukuyama (2016), la ciencia que procura generar cambios trascendentales en
un mundo cada vez más complejo por el dinamismo avasallante de las relaciones que lo
entretejen, requiere en su sentido práctico la concreción de mecanismos asociados con la
justicia social, como ejes articuladores de la sinergia global responsable de ajustar la
voluntad humana e institucional en torno al afrontamiento de las crisis generaliza que
padece el sistema-mundo (Giddens, 2007; Morín y Viveret, 2011; Nussbaum, 2018)
Operar en esta dirección exige de la ciencia política la definición de nuevos cursos
de acción que reivindiquen el verdadero desarrollo humano integral y sostenible, como el
ideal que para su materialización requiere potenciar desde la reingeniería institucional la
capacidad de respuesta del Estado y demás organismos a los requerimientos globales (Sen,
2021); este proceso implica instar al ciudadano a asumir como parte de compromiso
ciudadano la lucha por la recuperación del espíritu colectivo, que junto al quehacer
eficiente del Estado coadyuve con la consolidación de sus actividades básicas y complejas
de las que depende el funcionamiento de la sociedad como sistema. En razón de lo
expuesto, este apartado procura analizar los desafíos teórico-metodológicos, epistémicos y
prácticos.
En torno a los desafíos teórico-metodológicos
La ciencia política al igual que las ciencias sociales debió asumir el desafío de revisar
sus propias limitaciones en torno al abordaje de las problemáticas enmarcadas en su hacer,
comprender y abordar la realidad (Zemelman, 2005). Esto supuso la adherencia del
científico-político al compromiso de enlazar conocimientos y de establecer una
combinación tanto sinérgica como cooperativa entre métodos, como el antídoto en función
del cual abordar realidades que por su complejidad ameritan la puesta en marcha de
diferentes lógicas que agudicen la capacidad de acercamiento a las realidades (Nava,
2020).
Esto implica diseñar la infraestructura de técnicas y estrategias no solo asociadas
con el conocer, detectar problemas y deducir posibles elementos causales, sino además, la
formulación de ámbitos de acción y actuación que aporten respuestas cónsonas con la
realidad, con sus cambios y transformaciones (Chomsky, 2023); lo cual significa desde el
punto de vista operativo la conjugación de mecanismos efectivos que unifiquen voluntades
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y respondan de este modo a un nuevo esquema organizativo que persiga como objetivo
común el reconocimiento de las carencias compartidas y, en consecuencia los puntos
neurálgicos sobre los cuales accionar.
Una revisión de los aportes de Weber (2023), permite deducir que la ciencia política
al igual que las ciencias sociales tiene como finalidad establecer conexiones entre
postulados, afirmaciones y posiciones epistémicas en función de las cuales tender puentes
interpretativo-explicativos que reivindiquen la necesidad medular de toda disciplina: la
teorización de la experiencia derivada de la interacción con la multiplicidad de
dimensiones que entretejen la realidad y, en las que se encuentran contenidas unidades de
significado a partir de las cuales ampliar comprehensivamente realidades complejas sin
caer en reproducciones o reduccionismos.
En esta misma dirección Zemelman (2011), propone que la tarea de teorizar como
parte de los resultados de la aplicación de procesos de investigación a contextos concretos,
exige de la ciencia política la disposición flexible para articular referentes de otras
disciplinas especializadas, a las cuales asumir desde el espíritu integrador capaz de poner
en diálogo postulados y metodologías que permitan la aprehensión crítica de las grandes
convulsiones que permean a los fenómenos sociales, a las cuales acceder desde la visión
panorámica y holística que se desprende de consolidar la armazón metodológica potencie
no solo el reconocimiento de formas emergentes en las que se muestra la realidad, sino
además, de establecer categorías teóricas desde las que sea posible consolidar la
denominada visión en prospectiva propia de toda disciplina.
Según Zemelman (2006), establecimiento de categorías como parte del proceso
renovador del conocimiento acumulado, constituye una forma de sustanciar y resignificar
conceptos mediante el diálogo entre “construcciones teóricas diferentes” (p. 15). Proceder
en esta dirección implica disponer la dimensión intelectiva del científico-político en torno a
la tarea no solo de dialogar con el mundo en un intento por conocer de sus problemas, sino
además, asumir que no es sino desde el pensamiento sistémico que se logran establecer
conexiones teórico-disciplinares que se logra redimensionar la comprensión holística y
pertinente del mundo (Scngcr, 2010).
Esto supone hilvanar con riguridad relaciones epistémicas hasta configurar marcos
de referencia que rompan con el aislamiento y la desconexión entre lo que sucede en la
realidad y, lo que dice la teoría en un intento por mostrar que no sino a través de actos
inteligibles interrelacionados que se logra la construcción comprensiva de nuevos
horizontes asociados con la comprensión de los fenómeno sociales y políticos. Lo
propuesto se entiende como una invitación a no solo al descubrimiento de posibilidades
para teorizar como resultado del quehacer científico, sino además, a la determinación de
horizontes en torno al actuar que le permitan a la ciencia política trascender hacia el
operar propositivo que pone a prueba la validez, la pertinencia y la capacidad de
contextualización del conocimiento producido (Zemelman, 1994).
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Entonces, la tarea de teorizar como un compromiso más vigente que nunca implica
la adherencia a principios sistémicos como el establecimiento de lugares comunes entre
disciplinas, así como la consolidación de ecosistemas estratégicos desde los cuales
impulsar el abordaje efectivo de problemas complejos (Morales, 2021); pero además,
sustanciar los córporas teóricos mediante las denominadas combinaciones
complementarias en cuyo sentido operativo se alberga la construcción de nuevos referentes
no solo teóricos, sino la organización de novedosos niveles de comprensión y aprehensión
de la realidad que abonen el camino a la función epistémica de la ciencia política.
En tal sentido, renovar el conocimiento acumulado implica para el científico de la
política adoptar referentes que redimensionen su aproximación interpretativa a un mundo
entretejido por cambios profundos que recurrentemente mutan (Zemelman, 2005); razón
por la cual se considera imprescindible precisar interrogantes que reivindiquen la
apropiación de la supra-complejidad que permean los fenómenos políticos y sociales, en
un intento por generar aportes que medien la acción de transformar lo teórico-conceptual
en soluciones interfuncionales, es decir, cuya capacidad de alcance redunde en resultados
reales que a su vez sean considerados como reportes de vitalidad para el progreso
disciplinar (Scngcr, 2010).
En torno a los desafíos epistémicos
La producción de conocimiento como una responsabilidad igualmente compartida
por la ciencia política, se entiende como la articulación de esfuerzos intelectuales y
cognitivos en torno a los cuales se pretende superar lo dado y lo construido, por nuevas
conceptualizaciones, en cuyo contenido se estime como condición fundamental el
afloramiento de la función epistémica adjudicada a toda disciplina, es decir: la
formulación, renovación y resignificación de los referentes históricos con miras a hilvanar
esquemas de análisis e interpretación desde los cuales abordar las realidades emergentes.
Desde la perspectiva de Luhmann (1995) las ciencias sociales y, en el caso específico
la ciencia política comparten la necesidad de mantener como hilo medular de su hacer la
investigación; proceso que se entiende como el medio a través del cual contrastar el
conocimiento acumulado con una realidad velozmente cambiante; a la que solo es posible
enfrentar desde el proceder científico que invita a la apropiación de la armazón teórica-
conceptual, como una forma intencional y consciente de resolver con pertinencia la tarea
de analizar, comprender y construir nuevo saber.
Según Nussbaum (2010), este diálogo epistémico con una realidad avasallante y
avasalladora por la rapidez de sus transformaciones, exige de quien procura dar cuenta de
ella la disposición del debate disciplinar razonado, objetivo y sensible; es decir, abierto a
rescindir el orden impuesto por contener esquemas teórico-conceptuales caducos que, en
principio no se adecuan a las exigencias interpretativas de la actualidad, así como tampoco
responden a los criterios de pertinencia y relevancia, sin dejar a un lado la especial
consideración a su limitado potencial para ser transferido en conocimiento práctico.
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Lo propuesto obliga la referencia a una de las exigencias universales de la ciencia, de
la cual no escapa la ciencia política y se trata de la disposición adaptativa al manejo
recurrente de la incertidumbre y el caos; condiciones que desde el paradigma de la
complejidad instan al científico de esta disciplina a articular en un nuevo orden sistémico,
en el que emergen relaciones e interacciones cuyas implicaciones epistémicas constituyen
un campo fértil para formular renovadas propuestas metodológicas desde la cuales
abordar la realidad (García, 2006).
Esto significa comprender los fenómenos sociales como sistemas permeados por la
complejidad, por lo ininteligible y la ausencia de cualidades prístinas, condiciones que
instan a las comunidades académicas a trascender el conocimiento aportado por su
disciplina, para aventurarse en la experiencia de establecer consensos teóricos en los que
se logren consolidar diálogos entre perspectivas y enfoques; hasta lograr entramados
conceptuales enriquecidos por acercamientos científicos directa o indirectamente
relacionados, desde los cuales responder a los requerimientos interpretativos de una
realidad compleja.
Con fundamento en lo propuesto la ciencia política adopta el paradigma de la
complejidad como una manera de representar lo más próximamente posible sus objetos de
estudio, a los que asume no como unidades de significado aisladas o desconectadas de
otros sistemas; sino por el contraria insertas en un contexto que determina y está
determinado a la vez; de allí, la importancia de la interdisciplinariedad como el proceso
que aliado a la investigación permite integrar dialógicamente marcos referenciales y
córporas teóricos (Zemelman, 2015), de los que es posible derivar no solo los nuevos
fundamentos epistémicos que permitan tanto reconceptualizar como reorganizar la
experiencia.
Para Almond (2001), estas operaciones tanto cognitivas como científicas
constituyen el antídoto para resolver los problemas derivados de la fragmentación
disciplinar, como un problema al que se enfrenta y se enfrentaron las ciencias sociales en
general y de la que no escapa la ciencia política; esto supone volver sobre la categoría de
totalidad, es decir, sobre la mirada compleja, holística e integral que ubica a cada disciplina
en el plano del diálogo fecundo, pero además, en el uso de esta interacción epistémica que
comparte referentes en la tarea de dar cuenta del dinamismos que permea y entreteje la
compleja realidad de la que el ser humano es parte fundamental.
Esto implica desde el punto de vista científico y, desde la investigación
específicamente la ampliación de la capacidad para adaptar sus propios enfoques y
métodos al proceso de sustanciación, afinación y complementariedad que se deriva del
diálogo con las exigencias particulares de cada fenómeno social; esto como parte de la
actividad disciplinar de aprehender las relaciones que se dan en un mundo
transversalizado por multiplicidad de conexiones causales, de retroacciones e
implicaciones recíprocas entre elementos del sistema social, exige estrechar nexos
cooperativos entre cuerpos teóricos que den paso al operar epistémico en un intento por
formular nuevas perspectivas asociadas con el conocer y el explicar.
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Incursionar como científico en este operar que integra y se apropia
intencionalmente tanto de métodos como de técnicas, supone según Bobbio (2023) un
modo de responder a las interrogantes no resueltas por los modos tradicionales de hacer
ciencia política, a los cuales repensar desde el diálogo razonado que ayude a esclarecer
aspectos de la realidad no revisados desde la amplitud, la apertura, la flexibilidad y la
suficiente rigurosidad; este desafío epistémico supone la consolidación de dos
requerimientos universales de la ciencia: en primer lugar, la reconstrucción y
resignificación de los modelos teóricos desde los cuales se procura analizar e interpretar la
realidad y, en segundo lugar, la combinación de instrumentos técnico-científicos que
permitan el enriquecimiento de lo ya producido en torno a la comprensión del mundo.
En palabras de Zemelman (2012), este proceder científico implica disponer la
capacidad comprensiva en torno a la revisión de la realidad socio-histórica de cada
contexto, con la finalidad por precisar los referentes desde los que se oportuno generar
reinterpretaciones y procesos analíticos que contenga fundamentos sólidos; esto con el
propósito de aportarle al científico de esta disciplina la competencia responder a
interrogantes medulares que respondan al evidente desfase que existe entre la realidad
cambiante, permeada por la transformación recurrente y los denominados córporas
teóricos que conforman el conocimiento dado.
Esto obliga a resignificar el concepto de investigación como un proceso que no solo
pretende orientar el o los caminos asociados con el conocer, sino además, disponer su
capacidad para problematizar realidades en un intento por desentrañar nuevos hallazgos
que la realidad no muestra de manera prístina; por lo que se requiere posicionarse frente a
los fenómenos sociales con el compromiso ético de reconstruir la realidad con todos sus
elementos, sus interacciones y significados hasta lograr que el saber producido responda a
las exigencias particulares de momento.
Este complejo proceder en torno al conocer y comprender las dinámicas sociales
insta a la ciencia política a asumirse como la disciplina no ceñida exclusivamente a la tarea
de analizar realidades, sino además, a concretar procesos que articulen elementos teóricos
y empíricos que le permitan al científico-político realizar proyecciones en torno a las
necesidades de transformación y adecuación que el Estado debe realizar en las
atribuciones que le son propias; este carácter sugerente aplica para la revisión de las
desigualdades persistentes a nivel global, a las cuales responder desde la resignificación de
los procesos democráticos en un intento por garantizar la mayor suma de realización
humana.
Lo planteado implica asumir como desafío universal de la ciencia el disponer su
dimensión epistémica para renovar el conocimiento científico, proceso que involucra el
contraste permanente con la dinámica política y social, con la finalidad de responder desde
lo epistémico a las complejas y emergentes situaciones, a los inusitados cambios y a las
imprevistas transformaciones a las cuales acceder no desde el conocimiento existente, sino
desde las particularidades de una realidad que invita a romper con los amarres
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conceptuales con escaso potencial analítico-interpretativo desde el cual consolidar
experiencias significativas de teorización.
En estos términos, producir conocimiento social y científicamente pertinente exige
de la ciencia política el aventurarse en el proceso de renunciar a los amarres teóricos
asumidos como válidos para otras realidades, entre otras razones debido a su capacidad
explicativa para dar cuenta del momento histórico, más no para responder a un mundo
que se sostiene sobre dinámicas interactivas, que integran relaciones y unidades de
significado que solo pueden ser analizadas desde la racionalidad favorecen el acto
intelectual de dar cuenta de lo que el científico tiene frente a sí, lo real.
Este proceder académico e intelectual ubica a la ciencia política en el compromiso
de ir hacia el trasfondo de las realidades, sin que esto implique necesariamente realizar
anticipaciones sino más bien desde el operar acucioso que le orienta en actividades
relacionadas con el posicionarse frente a las circunstancias sin el condicionamiento ni de
los intereses que asisten a las comunidades académicas, ni de las afirmaciones teóricas ya
dadas por sentadas, validadas o legitimadas por quienes procuran la reproducción de una
forma específica de concebir los fenómenos sociales.
En torno a los desafíos prácticos
La ciencia política desde sus inicios ha experimentado como parte de sus desafíos
universales, la consolidación de posibilidades reales de intervención y transformación de
contextos permeados por la conflictividad, la exclusión y la desigualdad. Este compromiso
de los científicos tanto en el área social como en la dimensión política no solo ha procurado
la ruptura con dogmas en torno a pensar el mundo, sino además, enfrentar la injerencia
disciplinar que históricamente ha amenazado la configuración de su autonomía disciplinar,
como requerimiento esperanzador que junto a apuntalar su potencial transformador de
realidades (Bobbio, 2023), también procura crear los mecanismos para edificar el mundo
posible.
Al respecto Nussbaum (2010), propone parte de los cometidos de toda ciencia en su
compromiso por responder a particulares exigencias actuales involucra el repensar la
negociación entre los diversos actores sociales, a quienes persuadir en torno a la
construcción de puntos comunes que redunden fundamentalmente en la construcción de
sociedades más equitativas, entre otras razones por su correspondencia ética a los ideales
del bien común y la justicia social inclusiva (Markus, 2021; Sen, 2010).
De allí, que la tarea de la ciencia política en su dimensión educativa asuma como
parte de sus desafíos la recuperación y promoción de principios universales que desde la
potenciación del sentido crítico le permitan a la humanidad edificar las condiciones de
coexistencia, a través de la edificación de la denominada visión compartida que junto a
favorecer el diálogo entre la pluridiversidad de posiciones que comparten el mismo
contexto, coadyuve con la definición de puentes de intersección actitudinal en función de
los cuales darle curso a la sociedad del futuro.
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Para Sen (2021), la dimensión práctica de toda disciplina debe responder a los
criterios propios del desarrollo humano integral y sostenible, entre los que se precisa la
capacidad para garantizar la mayor suma de bienestar y calidad de vida, pero además,
constituirse en el faro orientador que le permita a la humanidad a escala global asumir el
rol protagónico de llevar adelante el ejercicio autónomo de propio proyecto de vida, el cual
no debe estar alejado de los fines colectivos de los que depende la dignificación con
enfoque trascendental.
En otros términos, la importancia de crear una nueva cultura del compromiso con la
participación social efectiva supone para la ciencia política un modo de recuperar la
confianza en su hacer práctico, del cual se espera la capacidad para unificar voluntades en
torno a propósitos medulares de los que depende la realización humana en sus
dimensiones individual y colectiva.
Lo referido tiene su razón de ser en la búsqueda de alternativas que combinen el
conocimiento teórico con el instrumental metodológico a partir del cual impulsar las
aspiraciones comunes de la sociedad, entre las que se precisa el acceso a condiciones de
vida dignas, la consolidación del bienestar integral y el desarrollo dentro del marco de la
sostenibilidad (Gordon, 2013).
En tal sentido, la tarea de producir conocimiento transferible en soluciones factibles
y viables de realización supone para la ciencia política un virar su modo de operar no solo
hacia el establecimiento de nuevas categorías epistemológicas que redunden en la
transformación multidimensional de la sociedad; esto significa implica asumir el
conocimiento científico como el eslabón a partir del cual construir nuevas condiciones de
desarrollo humano sostenible, que no solo trascienda los desafíos, los desafíos y las
contradicciones asociados con las desigualdades sociales, a las cuales asumir como
elementos coyunturales para hilvanar los fundamentos del mundo posible, más digno y
vivible.
En consecuencia, se espera de la disciplina en cuestión la formulación de
mecanismos que aporten no solo a la calidad de vida de la humanidad mediante la
articulación de esfuerzos institucionales y sociales; en cuyo énfasis se encuentre la
construcción de sistemas de protección y seguridad social. En palabras de Gordon (2013),
esto significa la promoción de cambios estructurales en las políticas de inclusión que
respondan a criterios prácticos entre los que se precisan: el abordaje medular y real de los
requerimientos humanos asociados con su constante dignificación, la disposición de las
bondades de la democracia funcional que redunde en cambios sustanciales y medibles, así
como la satisfacción de las exigencias de seguridad y coexistencia dentro del marco de la
sostenibilidad.
Esto supone ampliar los mecanismos de participación protagónica que, como parte
de las libertades asociadas con el desarrollo humano coadyuve en la tarea compleja de
enfrentar las contradicciones históricas y sociales (Sen, 2010), a las cuales abordar desde la
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ingeniería política que integre los intereses de todos y los convierta en propósitos tanto
comunes como colectivos, desde los que se haga posible la transición hacia modelos de
gobierno compartibles con la prosperidad ciudadana y su bienestar integral.
En palabras de Cortina (2001), redimensionar la participación ciudadana no solo
debe convertirse en un modo de orientar el funcionamiento justo y coherente de la
sociedad, sino además, una alternativa estratégica para conjugar sinérgicamente las
capacidades sociales con el instrumenta institucional; en un intento por responder no solo
a los cometidos asociados con el interés común, a los cuales se le adjudica el potencial para
heredarle a las generaciones venideras convicciones, principios y mecanismos que
reivindiquen el proyecto compartido de la humanidad: la búsqueda de mayores
oportunidades de dignificación sostenible.
Para Bobbio (2023), la praxis científica de la ciencia debe involucrar nuevas
maneras de enfocar los problemas sociales y la política ya no exclusivamente desde la
posibilidad de teorizarlos, caracterizarlos y conceptualizarlos sino además, desde el
compromiso de repensar y redefinir cursos de acción de privilegien la transformación real
de contextos; como el proceso que asume la armazón teórico-metodológica como el
fundamento sobre el cual cimentar experiencias decisorias que mediadas por nuevas
formas de razonamiento ofrezca respuestas cónsonas y estratégicas a realidades sometidas
a cambio recurrente.
Visto lo anterior, la tarea de la ciencia política como disciplina de intervención en un
siglo convulso e incierto como el presente, debe girar en torno a la ofertad de soluciones a
problemas complejos asociados con el fracaso gubernamental, la reducción de los
derivados propios de la exclusión, la discriminación y la desigualdad (Chul Han, 2017), los
conflictos bélicos por razones ideológicas, culturales y sociales factores a los que se le
adjudica el estado de inestabilidad reinante que procura imponerse casi
irremediablemente.
Lo anterior obliga la referencia a otros ámbitos de actuación en los que la disciplina
debe convertirse en el eslabón transformador, que aporte no solo la construcción global de
la sensación de confianza y seguridad ciudadana; sino además, la oferta de soluciones de
amplio alcance que conmine a los Estados, organismos supranacionales y demás formas
organizativas a asumir con apego al bien común así como a los principios de la
dignificación tanto permanente como sostenible, como condiciones en función de las
cuales evitar fortalecer la legitimidad global de la democracia (Fukuyama, 2016).
Lo referido ubica a la ciencia política en el plano no solo de pensar realidades,
analizar problemas y precisar focos de actuación, sino además, de articular esfuerzos
sinérgicos en los que permitan resolver el desajuste entre una realidad avasallante que
invita a la transferencia de conocimiento teórico en acciones reales, situadas y con el
potencial transformador que permita redefinir el curso de acción social hacia fines
asociados con la realización individual y el estado de plenitud colectiva que demanda cada
vez con mayor énfasis la sociedad global.
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Lograr estos cometidos implica según Fukuyama (2016), consolidar instituciones
sólidas cuya solvencia funcional se encuentre determinada por su capacidad para
consolidar el denominado equilibrio estable que requiere tanto el ciudadano como la
sociedad; esto sugiere el apego a dos criterios importantes asociados con la gobernabilidad,
por un lado la subordinación normas públicas que reiteren el no solo el debe ser sino el
quehacer ético y, por el otro, el reconocimiento enfático de los parámetros de
transparencia que coadyuven en la tarea de recuperar la confianza de la ciudadanía.
Por otra parte los Objetivos del Desarrollo sostenible proponen otros de desafíos
que responden a los requerimientos de la humanidad en la actualidad,
Discusión
El rol pertinente de las ciencias sociales y de la ciencia política específicamente, se
encuentra determinado en la actualidad por su capacidad para generar respuestas efectivas
y contundentes a una realidad complejizada por una multiplicidad de situaciones tanto
persistentes como emergentes; frente a este desafío la tarea de integrar posiciones,
enfoques y metodologías constituye un modo estratégico de alentar soluciones articuladas
intencionalmente, que le permitan a quien participa o precisa de su afiliación a esta
disciplina dar cuenta de un mundo sometido al cambio recurrente.
De allí, la propuesta de Luhman (1995), al indicar que este acercamiento científico y
epistémico a una realidad global que parece no dejarse aprehender por su indiscutible
complejidad, requiera del denominado diálogo interdisciplinario que haga posible la fusión
de tanto de una amplia, como variada gama de elementos conceptuales y técnicos a partir
de los cuales consolidar procesos de teorización renovados, desde los cuales mostrar
analíticamente y en forma integrada las relaciones subyacentes que hilvanan el sistema
mundo (O´Connor y McDermott, 2009; Osorio, 2017).
En tal sentido, los desafíos teóricos-metodológicos a los que se enfrenta la ciencia
política involucran la participación dialógica no solo entre disciplinas, métodos y técnicas,
sino además, mediante el establecimiento de puentes comprensivos que le permitan
superar la histórica dicotomía heredada que refiere a la relación estricta entre sujeto-
objeto (Retamozo, 2015); si bien es cierto, esta forma de hacer investigación predominó
durante muchos años y es ampliamente compartida por muchas comunidades científicas
en la actualidad, la necesidad de virar hacia nuevas alternativas de indagación obligaron a
la ciencia política a adoptar nuevos esquemas creativos, holísticos y totalizantes, desde los
cuales comprender la realidad, sus dimensiones y sus diversos planos (Zemelman, 2021),
que al ser integrados favorecieran la construcción planteamientos ciertos, válidos y
creíbles.
En estos términos la tarea compleja de teorizar como parte de los cometidos de la
ciencia política implica abandonar las posiciones únicas, las afirmaciones infalibles y
rígidas para aventurarse en el compromiso académico, ético e intelectual de configurar la
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armazón conceptual y terminológica que le permita al científico-político dar paso a la
superación de la crisis paradigmática y, en consecuencia le permita bosquejar nuevas
aproximaciones a los fenómenos políticos y sociales en general.
Lo referido implica asumir el desafío de desvelar relaciones aparentemente
inexistentes, en un intento por precisar respuestas a los sucesos que aquejan a la sociedad
y, que de manera significativa determinan la trascendencia hacia esquemas positivos de
calidad de vida y bienestar humano. Esto sugiere para la ciencia política disponer su
capacidad de respuesta para allanar el camino hacia el mundo funcional, en el que el
conocimiento científico transferido en propuestas prácticas y factibles de aplicabilidad, le
permitan a la humanidad trascender hacia formas de vida tanto dignas como justas
(Zemelman, 2006).
Para Nussbaum (2010), lograr estos cometidos por demás ambiciosos requiere de la
articulación de esfuerzos inter y transdisciplinarios que no solo aporten a la construcción
de soluciones factibles, sino a la formulación de respuestas en las que actores sociales y el
aparato institucional alcancen a instrumentar operativamente estrategias cónsonas no solo
con sus necesidades presentes sino con los requerimientos que se avizoran emergentes.
Lo planteado exige de la ciencia política la adopción de una postura proactiva que le
permita transferir el conocimiento teórico en esquemas prácticos susceptibles de
realización real; desafío que devenga la recuperación de la confianza del ciudadano en el
aparato institucional, como mecanismo con el cual unificar esfuerzos sinérgicos y
estratégicamente pensados hasta lograr revertir los efectos de la desafección, así como las
posiciones contrarias que han dificultado la trascendencia hacia la configuración del clima
democrático plural en el que los ciudadanos dispongan su voluntad y su capacidad
transformadora para modelar nuevos escenarios comprometidos con el desarrollo integral
de la humanidad.
Por consiguiente, la vuelta a la recuperación de la confianza del ciudadano en la
política implica entre otros aspectos la adherencia del aparato institucional a criterios de
funcionamiento efectivo y transparente, cuya vocación de servicio se superponga por
encima de los intereses de unos pocos; en un intento por lograr mayores niveles no solo de
satisfacción en el ciudadano, sino además, la potenciación del sentido de
corresponsabilidad en la tarea de hilvanar las condiciones de un futuro dignamente
posible.
Esto significa también, la configuración de un clima favorable para el ejercicio de las
libertades individuales como imperativo categórico en función del cual impulsar la
construcción de espacios democráticamente sólidos, en los que prime la concreción de los
intereses y las aspiraciones personales que todo ciudadano considere oportunas para
sostener la realización de su proyecto de vida.
Esto supone desde el quehacer de la ciencia política el tratamiento de los problemas,
desafíos y requerimientos humanos en función del operar interdisciplinario, como el
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proceso científico capaz de articular referentes teóricos, epistémicos y técnicos en torno a
la construcción de esquemas de desarrollo sustentables (García, 2006); que organizados en
políticas blicas y en programas de intervención coadyuven en la reorganización justa de
nuevas realidades (Camps y Giner, 2014; Cortina, 2001).
Accionar en esta dirección exige impulsar iniciativas mediadas por la
pluridisciplina, la interdisciplina y la multidisciplina, como requerimientos sine qua non a
partir de los cuales definir líneas de acción que conjuguen no solo la participación dialógica
de referentes teórico-conceptuales y metodológicos, sino además, la actuación sinérgica de
actores sociales así como representantes del aparato institucional en torno a la búsqueda
de alternativas racionalmente concebidas para consolidar el estado de satisfacción humana
plena.
Lo referido ubica a la ciencia política como la articulación de sistemas especializados
de interpretación que transferidos en soluciones tanto prácticas como factibles, definan la
viabilidad en los procesos decisorios; de allí, que el profesional de la ciencia política se
entienda como el agente científico capaz de orientar más que la investigación
interdisciplinaria la conjugación de equipos altamente especializados que transfieran
hallazgos en recomendaciones estratégicas, así como ideas en esquemas reales de
intervención (Scngcr, 2010) que respondan a los problemas coyunturales que aquejan a la
sociedad global (Luhmann, 1995).
Esto significa la articulación de esfuerzos políticos en torno a problemas medulares
como la crisis ecológica mundial que insta a crear acciones oportunas, en las que se
articulen avances científicos relacionados con el calentamiento global y la voluntad de la
ciudadanía en torno a garantizar dos condiciones fundamentales para la trascendencia de
la vida humana en el planeta; por un lado, la recuperación de los ecosistemas a través de la
potenciación del proceder consciente y, por el otro, el establecimiento de parámetros de
uso racional que mediados por el paradigma de la sustentabilidad, reiteren no solo el
compromiso con el resguardo del medio ambiente, como dimensión de la que depende la
estabilidad del género humano (Morton, 2018).
Esto desde lo propuesto en los Objetivos del Desarrollo Sostenible implica promover
tanto la actuación sinérgica entre el aparato institucional y la ciudadanía, como la
participación real que involucre a las bases en lo referente al diseño, abordaje y
seguimiento de políticas públicas; en un intento por asegurar procesos de transformación
que respondan a los requerimientos reales de la sociedad (ONU, 2015).
Para Morín (1999), lograr transformaciones reales en el contexto social posiciona a
las ciencias sociales y de igual modo a la ciencia política frente a desafíos complejos que
invitan a la praxis de una nueva racionalidad científica, como la actitud que involucra el ser
capaz no solo de sistematizar hallazgos derivados de la interacción con las dinámicas
sociales globales, sino además, de pensar soluciones renovadas que rompan los esquemas
prediseñados que por encontrarse legitimados más por la tradición que por la pertinencia
pudieran determinar negativamente el radio tanto de impacto como de acción creativa,
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como operaciones desde las cuales garantizar cambios sostenibles y estratégicos de manera
tanto permanentes como contextualizados.
Según propone Fukuyama (2016), este compromiso del que no escapa la ciencia
política implica deslastrarse de las fantasías prometidas desde el conocimiento teórico
producido en otros contextos para dar cuenta de otras realidades y, en consecuencia,
aventurarse en el esfuerzo intelectual de adoptar generalizaciones que acompañen la
desafiante tarea de explicar lo emergente, lo inusitado; pero también, los problemas
sociales que han trascendido históricamente sumiendo a la humanidad en estados de
existencia indignos o al margen de los parámetros mínimos de desarrollo humano.
Visto lo anterior, es posible afirmar que sobre la ciencia política del siglo XXI recaen
responsabilidades medulares asociadas con la articulación de mecanismos metodológicos
que derivados de procesos epistémicos de investigación dentro del marco de la
complejidad le permita a gobiernos y Estados proporcionar formas de organización
estratégica (Lukes, 1985; Mann, 1991), que desde la capacidad adaptativa respondan
fundamentalmente a los cambios emergentes, ubicando en el centro la trascendencia hacia
procesos de estabilidad social funcional como ideal al cual es posible acceder mediante el
abordaje de los requerimientos actuales, los cuales para su consolidación exigen el alcance
del consenso necesario que unido al liderazgo político permitan actuaciones institucionales
oportunas (Zemelman, 2011).
Al respecto Sartori (2000), afirma que la ciencia política como un cuerpo
organizado de teorías, métodos y técnicas construidas históricamente y aportados por
otras disciplinas ha sido capaz de labrarse horizontes asociados no solo con el conocer,
explicar y aprehender las relaciones que permean los fenómenos sociales, sino además, ha
establecido categorías a través de la resignificación científica como el proceso que ha
contribuido significativamente con la revitalización de conceptos estructurales para la vida
social, a decir: participación política, ejercicio ciudadano, democracia, Estado, principios
de justicia y legalidad, así como la idea de gobierno responsable, categorías igualmente
sugeridas por Fukuyama (2016), para comprender la compleja realidad que entreteje y
permea la sociedad global.
Al respecto, los postulados del pensamiento sistémico reiteran la necesidad de
estimar las limitaciones del conocimiento científico existente, sus flaquezas e
incapacidades para responder comprensivamente a la realidad y, en su lugar adoptar un
nuevo enfoque direccionado hacia la determinación de lo subyacente en los problemas
actuales, sus estructuras y contenidos, en los cuales precisar nuevas posibilidades
esperanzadoras para generar cambios desde la participación disciplinar que no solo es
capaz de organizar dialógicamente aspectos inconexos, en una suerte de esquema flexible
que se nutra de la realidad, pero que también paso a la posibilidad de hacer prospectiva
que desde una visión sistémica defina nuevos cursos de acción (Scngcr, 2010).
Lo propuesto ubica a la ciencia política en el plano de una disciplina con el potencial
creativo para combinar principios y conocimientos que transferidos en acciones concretas
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coadyuven en la tarea de tratar la complejidad de los problemas que apremian a la
humanidad no solo en el plano local, sino en el plano global. De allí, que a esta disciplina se
le considere más que solo la articulación de elementos técnico-metodológicos y
epistémicos una posibilidad esperanzadora para pensar los problemas planetarios desde
sus interacciones y retroacciones con otras situaciones, en un intento por precisar lo
urgente, lo prioritario así como lo vital en el compromiso orientar a la humanidad hacia su
trascendencia digna (Morín, 2011).
Lo referido sugiere instar a la participación sinérgica de la sociedad y los actores
políticos en torno a propósitos específicos establecidos por los Objetivos del Desarrollo
Sostenible y la Agenda 2030, a decir: la definición de estándares mínimos democráticos, el
fortalecimiento de la corresponsabilidad en torno a los asuntos públicos y resguardo del
sistema de libertades fundamentales desde las cuales revitalizar la capacidad de agencia de
la ciudadanía en función de resolver iniciativas que satisfagan necesidades complejas y
básicas asociadas con el desarrollo humano (Morales, 2023b; ONU, 2015).
Conclusiones
La sociedad a nivel global experimenta una serie de cambios avasallantes,
emergentes, recurrentes y acelerados que exigen por su inminente complejidad la
conjugación de esfuerzos sinérgicos entre la ciudadanía y el aparato institucional. Si bien
es cierto, esta premisa constituye en sentido operativo uno de los desafíos que ponen a
prueba la capacidad de la ciencia para enfrentar los problemas mundiales, para la ciencia
política como disciplina de intervención supone la posibilidad real de establecer procesos
dialógicos entre el conocimiento acumulado, los referentes epistémicos y las herramientas
tanto metodológicas como técnicas; requerimientos a los se conciben como elementos que
articulados científica y racionalmente le permiten a esta disciplina construir soluciones
susceptibles de aplicación factible en contextos reales.
Lo planteado deja ver a la ciencia política como disciplina sustentada en la
articulación construcciones teóricas y epistémicas, que junto a la armazón metodológica
definen los horizontes no solo del conocer sino del transformar como condiciones sine qua
non desde las cuales es posible generar procesos de reestructuración social, formulación de
políticas públicas y la conjugación de intereses en torno a la resolución de los problemas
que aquejan a la sociedad en el plano tanto inmediato como global.
Esto supone para la ciencia política la adopción de diversos enfoques, métodos,
herramientas y principios en función de los cuales motivar cambios tanto fructíferos como
profundos que se traduzcan para la sociedad en soluciones interfuncionales que aborden
desde la efectividad problemas coyunturales que permitan reducir sus repercusiones
futuras; para lo cual se considera imprescindible reorganizar, resignificar y renovar las
estructuras teórico-conceptuales como una exigencia científica que permita responder con
pertinencia a las situaciones emergentes, logrando así ampliar los horizontes epistémicos
desde los que sea posible sustanciar la capacidad de acción de la disciplina.
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En consecuencia, la tarea de esta disciplina en tiempos complejos involucra el
despliegue de su disposición para instrumentar experiencias de acompañamiento, así
como procesos de transición adaptativos que le aporten al aparato institucional efectividad
y eficacia en su proceder; esto exige redimensionar el alcance de sus actuaciones dentro del
marco de la sostenibilidad, como exigencia sine qua non que favorece la actuación
pertinente en un mundo en recurrente transformación y cambio, que requiere entre otros
aspectos, neutralizar los efectos de la decadencia y la desafección ciudadana hacia las
instituciones, los sistemas de gobierno y los partidos políticos.
Entonces, se espera de esta ciencia política en su dimensión práctica la orientación
del quehacer del Estado hacia el operar racional y ético que reivindique los parámetros
propios tanto de la transparencia como del bien común que sostiene su razón de ser,
requerimientos que obligan a subordinar el proceder a normas de orden público que
redimensionen en el ciudadano la sensación real de seguridad y confianza en el aparato
institucional, con el cual establecer alianzas asociativas y sinérgicas que junto a la
participación protagónica configuren esquemas de legítimos que respondan a los criterios
del desarrollo humano integral y la calidad de vida.
En síntesis, enfrentar la realidad con sus transformaciones y cambios tanto
emergentes como recurrentes, precisa de la ciencia política la articulación sinérgica entre
la teoría y la realidad, con la finalidad de concebir herramientas metodológicas renovadas
que al ser fusionadas desde la cooperación disciplinar favorezcan la organización e
intervención inteligente de contextos complejos; a los cuales aportarles los mecanismos
creativos que junto a la capacidad adaptiva y a la flexibilidad epistémica configuren la
armazón metodológica necesaria para resolver científica y operativamente problemas
arraigados en la estructura social.
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