Volumen 35 No. 2 (abril-junio) 2026, pp. 121-136

ISSN 1315-0006. Depósito legal pp 199202zu44

DOI: 10.5281/zenodo.18428130

El ser llanero como lo auténticamente venezolano en la obra de Laureano Vallenilla Lanz

Guido Revete Sáez

Resumen

En este artículo se aplica la metodología del Análisis Crítico del Discurso a la obra de Laureano Vallenilla Lanz, figura central del positivismo venezolano y uno de los primeros intelectuales en formular hipótesis sobre la identidad nacional a principios de siglo XX con el propósito de identificar el contexto en el que desarrollaron sus principales postulados. Así, se parte de la noción de venezolanidad como una identidad narrativa que describe y nombra lo venezolano a través de los caracteres socialmente construidos e históricamente cambiantes que son expresados por medio de los distintos discursos disponibles. Esta perspectiva permite reinterpretar las hipótesis de Vallenilla Lanz, entendiéndolas ya no como rasgos ontológicos inmutables determinados por el medio físico, sino como elementos narrativos socialmente construidos e históricamente cambiantes que contribuyen a configurar la identidad mediante un relato específico de lo nacional. El enfoque propuesto permite ubicar a Laureano Vallenilla Lanz como uno de los precursores en la genealogía de la llaneridad como sinónimo de lo venezolano y ofrece un marco de análisis replicable para otros estudios acerca de los diversos relatos sobre la identidad nacional

Palabras clave: Venezolanidad; ser venezolano; identidad narrativa; positivismo venezolano; Laureano Vallenilla Lanz

Universidad Central de Venezuela. Caracas

ORCID: 0000-0002-2564-1723

E-mail: guidorevete@gmail.com

Recibido: 08/09/2025 Aceptado: 19/11/2025

The Llanero as the Authentic Venezuelan in the Work of Laureano Vallenilla Lanz

Abstract

This article applies the methodology of Critical Discourse Analysis to the work of Laureano Vallenilla Lanz, a central figure of Venezuelan positivism and one of the first intellectuals to formulate hypotheses about national identity at the beginning of the 20th century, with the aim of identifying the context in which his main postulates developed. Thus, it begins with the notion of Venezuelanness as a narrative identity that describes and names what is Venezuelan through socially constructed and historically changing characteristics expressed through various available discourses. This perspective allows for a reinterpretation of Vallenilla Lanz’s hypotheses, understanding them not as immutable ontological traits determined by the physical environment, but as socially constructed and historically situated narrative elements that contribute to shaping identity through a specific narrative of the national. The proposed approach allows us to place Laureano Vallenilla Lanz as one of the forerunners in the genealogy of the llanero identity as synonymous with Venezuelan identity and offers a replicable framework for other studies about the various narratives on national identity

Keywords: Venezolanidad; Venezuelanness; narrative identity; Venezuelan positivism; Laureano Vallenilla Lanz

Introducción

Pareciera que, en tiempos recientes, la venezolanidad, ese concepto tan familiar como esquivo, invocado tanto en el lenguaje común como en el lenguaje académico, ha comenzado a cobrar una vitalidad inesperada. Se trata de una palabra de uso frecuente, pero significado difuso, la cual se nos presenta como un símbolo cercano y lejano a su vez, reclamado por quienes intentan comprender las implicaciones del ser venezolano y cuáles son los elementos que configuran esa identidad.

En este sentido, a fines de esta investigación, hemos propuesto definir la venezolanidad como el singular abstracto que describe y nombra lo venezolano a través de los caracteres socialmente construidos e históricamente cambiantes que son expresados por medio de los distintos discursos disponibles (Revete, 2025). Una definición que desplaza la mirada desde lo ontológico hacia lo narrativo, obligándonos a pensar la identidad nacional no como una sustancia fija o una herencia inmutable, sino como un relato en constante construcción el cual siempre está mediatizado por el lenguaje y sus configuraciones y reconfiguraciones de la realidad.

De esta manera, admitir la venezolanidad como una identidad narrativa implica aceptar también que la definición del ser venezolano no reside en las prácticas, costumbres o instituciones que puedan ser asociadas al venezolano en sí mismas, sino más bien en los relatos que rodean, explican, idealizan o disputan estas prácticas, costumbres e instituciones.

En este marco, el discurso de lo venezolano no es simplemente una forma de comunicar la identidad, sino el lugar donde se producen e interpretan los significados mismos (Bolívar, 1997). Un espacio donde se conforman las distintas subjetividades y se trazan los límites de lo pensable dentro de un determinado período histórico.

En consecuencia, abordar a la venezolanidad desde esta óptica discursiva, no solo nos permite ampliar los horizontes del estudio identitario del ser venezolano, sino que también habilita un marco teórico-metodológico que puede aplicarse a otros singulares abstractos que sirven como vehículo para las identidades narrativas como la argentinidad, la peruanidad o la colombianidad, como bien destaca la obra de Mario Sambarino (1980) sobre las distintas identidades latinoamericanas.

Se trata, pues, de una apuesta por pensar críticamente lo nacional desde los distintos discursos disponibles: ya no desde lo inmutable de una supuesta esencia originaria u ontológica, sino desde las condiciones de posibilidad, fisuras y tensiones que ofrecen los diversos discursos en su permanente configuración y reconfiguración de la realidad.

En este sentido, asumir a la venezolanidad como una identidad narrativa implica concebirla como “la síntesis dialéctica entre la mismidad o identidades tipo ídem y la ipseidad o las identidades tipo ipse” (Revete, 2025). Lo cual significa, siguiendo la propuesta de Paul Ricoeur (2006), la articulación entre las identidades basadas en circunstancias externas cuya continuidad histórica ofrece la ilusión de rasgos aparentemente inmutables, mejor conocidas como identidades tipo ídem, y aquellas que, al contrario, se centran en el mantenimiento de la identidad individual del sujeto a pesar del cambio de las circunstancias que le rodean, también nombradas como identidades tipo ipse. Una conceptualización que, como ya hemos mencionado, nos invita a desplazar la mirada desde lo ontológico a lo discursivo, exigiendo en el proceso una herramienta metodológica capaz de analizar la producción, tensión y reconfiguración de esos relatos.

Con base en esta necesidad, nuestra investigación se ha propuesto utilizar el Análisis Crítico del Discurso (ACD) como una herramienta metodológica clave para examinar la obra de nuestro sujeto de estudio, en este caso: los principales escritos del sociólogo, historiador y periodista venezolano, Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936). De esta manera, cubrimos las exigencias de la metodología propuesta al asumir el discurso no como un mero vehículo de comunicación, sino como el lugar de producción e interpretación de los significados que configuran la construcción social de la realidad (Foucault, 1970; Bolívar, 1997).

Así, es importante destacar que la aplicación práctica de esta metodología sigue tres momentos clave, a saber: la descripción, la interpretación y la explicación del discurso analizado (Bolívar, 1997). Exigiendo una atención especial al contexto en el que estos discursos emergen, entendiendo el contexto como “el conjunto estructurado de todas las propiedades de una situación social que son posiblemente pertinentes para la producción, estructuras, interpretación y funciones del texto y la conversación” (van Dijk, 1999: 266, citado en Molero y Cabeza, 2007).

Desde esta perspectiva, el análisis que proponemos de la obra de Laureano Vallenilla Lanz adquiere una relevancia particular, puesto que, su figura, central en el pensamiento positivista venezolano de comienzos del siglo XX, ha sido tradicionalmente leída desde las dicotomías que han marcado el debate identitario nacional desde la fundación de la República, a saber: barbarie vs. progreso, campo vs. ciudad, caudillo vs. civilidad, militarismo vs. democracia, entre otros. Más, al regresar a su obra con las herramientas que dispone el ACD y una definición clara de la venezolanidad en cuanto identidad narrativa, consideramos que podemos ir más allá de estas oposiciones para rastrear no solo el estilo literario del autor o los supuestos epistémicos que sostienen su visión de lo venezolano, sino también para comprender los efectos duraderos que su relato ha tenido sobre el imaginario colectivo nacional.

Así, será a través de esta revisión actualizada de su obra que podremos comprender el lugar que ocupa la propuesta de Laureano Vallenilla Lanz en la genealogía del ser llanero como lo auténticamente venezolano y el tipo de relato identitario que esta cosmovisión ayudó a consolidar.

Vida y obra de Laureano Vallenilla Lanz

Siguiendo las pautas del Análisis Crítico del Discurso (ACD) propuestas por Bolívar (1997), las cuales exigen una atención especial al contexto en el que los discursos emergen, a lo largo de este capítulo nos hemos dispuesto a especificar las coordenadas biográficas e históricas que han rodeado la vida y obra de Laureano Vallenilla Lanz. Siendo esta reconstrucción un proceso fundamental y no accesorio, puesto que, al concebir la venezolanidad como una identidad narrativa en los términos expuestos por Ricoeur (2006) y Revete (2025), es decir, como la síntesis dialéctica entre la mismidad o identidades tipo ídem y la ipseidad o identidades tipo ipse, se vuelve imperativo explorar la ipseidad del autor estudiado. Esto es: explorar sus vivencias, su formación intelectual y sus pasiones, así como las tensiones del contexto político que rodearon la producción de su obra. Siendo este proceso, insistimos, un paso fundamental para poder identificar la forma particular en la cual Laureano Vallenilla Lanz se aproximó a la figura del caudillo criollo y al ser llanero, no como una mera teoría abstracta, sino como el resultado concreto de unas expresiones aparentemente objetivas, pero históricamente situadas y socialmente construidas, las cuales contribuyeron de manera decisiva a configurar el relato de lo que él entendió como las expresiones históricas de lo auténticamente venezolano.

En este sentido, una de las biografías más completas disponibles en la actualidad del historiador, sociólogo y periodista venezolano, Laureano Vallenilla Lanz, es la realizada por el también historiador Nikita Harwich Vallenilla para el prólogo de Cesarismo democrático y otros textos editado por la Biblioteca Ayacucho en el año 1991. Por ende, en este breve apartado, nos limitaremos tan solo a repasar algunos de los datos más destacados por Harwich Vallenilla (1991) y confirmados por Cardozo (2007), con el objetivo de poder identificar el contexto en el cual se originan las ideas centrales del pensamiento de Laureano Vallenilla Lanz en torno al ser llanero como lo auténticamente venezolano.

De esta manera, partiendo desde el principio de su existencia, podemos confirmar que Laureano Vallenilla Lanz nacería en el año 1870 en la ciudad de Barcelona, en Venezuela, en el seno de una familia instruida cuya historia genealógica, como solía ser común en los grupos sociales durante la época referida, se entrelazaba y confundía con la historia de la naciente e inestable República.

Sobre este hecho, todo parece indicar que el haber nacido en una familia letrada le permitió al joven Vallenilla Lanz tener la oportunidad de convertirse en un autodidacta sagaz, entrando en contacto temprano a través de la biblioteca paterna con autores como J. S. Mill, Darwin, Buckle, Spencer o Comte. Un dato que expone Harwich Vallenilla (1991) y confirma Cardozo (2007), el cual demostraría que Laureano Vallenilla Lanz estaría influenciado desde temprana edad por las primeras ideas del positivismo europeo.

Seguidamente, una vez superada la primera infancia en medio de un país caracterizado por las continuas guerras civiles –continua Harwich Vallenilla (1991) en su exposición– Vallenilla Lanz es enviado por primera vez a Caracas para comenzar a estudiar ingeniería en la Universidad Central de Venezuela a mediados de 1886. Período en donde el joven barcelonés parecía estar más influenciado por las ideas de Gustave Flaubert que por las hipótesis de Auguste Comte. Situación que lo impulsaría finalmente a abandonar la universidad en el año 1889 para replegarse nuevamente a su ciudad natal, iniciando a partir de entonces lo que terminaría siendo una prolífera carrera como ensayista, polemista y periodista para diversos diarios de circulación local.

Es importante destacar que sería en este retorno al oriente nativo cuando Vallenilla Lanz empezaría a escribir sus primeras hipótesis de trabajo referidas a la significancia del caudillo como pilar fundamental de la historia nacional, tal como se puede apreciar en su polémica sostenida durante este período con el reconocido abogado local, Nicomedes Zuloaga, sobre el verdadero cariz caudillista del General José Antonio Páez. En palabras de Harwich Vallenilla:

En julio de 1896, Vallenilla Lanz inicia, desde las columnas de El Imparcial de Barcelona, la primera de una larga serie de polémicas históricas. El tema en cuestión es el de la figura del General José Antonio Páez, tal como ha sido presentada en un estudio del renombrado abogado Nicomedes Zuloaga (…) Zuloaga, en la tradición de la oligarquía conservadora sólo quiere ver en Páez al civilista, mientras que Vallenilla Lanz insiste en que Páez es también la personificación de las fuerzas brutas del caudillismo venezolano (1991: 12)

Diez años más tarde, a mediados de 1899 y una vez superado definitivamente el dandismo adolescente, Harwich Vallenilla (1991) nos dice que Laureano Vallenilla Lanz retorna por segunda vez a Caracas en donde además de continuar su labor como redactor en diversos diarios de la capital, comenzaría también a establecer una serie de relaciones personales con un grupo apreciable de jóvenes intelectuales dentro de los que destacan los nombres de José Gil Fourtoul, Luis Razetti, Pedro Emilio Coll, Lisandro Alvarado, entre otros.

Asimismo, será durante este segundo retorno a Caracas cuando Laureano Vallenilla Lanz comienza a exponer sus hipótesis caudillistas sobre la realidad venezolana al público de la capital. Tal como se puede apreciar en un artículo de su autoría publicado en el Monitor Liberal el 25 de septiembre de 1899:

Una sociedad política, cuando llega al extremo de que sus hombres sólo ejercitan los medios de la violencia, reconoce su incapacidad para gobernarse por la sola virtud de las leyes y no encontrará reposo sino al abrigo del despotismo, y no respetara a otros gobiernos que aquellos que la hieran, y no tendrá más derechos que aquellos que le conceda la voluntad del sable que la domine. (Vallenilla Lanz, 1991: 13)

Seguidamente, en el año 1902 y tras ser detenido por un breve período de tiempo producto de la participación activa de sus hermanos Baltazar y Agustín en la “Revolución Libertadora” contra Cipriano Castro, Vallenilla Lanz escribe desde la celda, al margen de una proclama realizada por el presidente, algunos apuntes que han trascendido en la historiografía nacional como una parte fundamental de sus primeras hipótesis de trabajo sobre la temática caudillista. En sus propias palabras:

Los hábitos guerreros adquiridos en la lucha por la Independencia se acentuaron por la práctica constante de la Guerra Civil. Los héroes legendarios de la guerra magna fueron reemplazados por los héroes fratricidas. Los gobiernos de hecho se sucedieron sin interrupción, y cuando se habló de leyes y se proclamaron instituciones liberales, no fue sino para falsearlas y desprestigiarlas, alejando al pueblo de las prácticas efectivas de la ciudadanía. (Vallenilla Lanz, 1991: 14)

Dos años después, en 1904, gracias a su peculiar dote de polemista a través de las letras, indica Harwich Vallenilla (1991), que Laureano Vallenilla Lanz lograría convencer a Castro de la liberación de sus hermanos que se encontraban presos en el Castillo de San Carlos, siendo además premiado con un cargo consular en el París de la Belle Époque.

De este modo, a juicio del mismo Harwich Vallenilla (1991), sería durante su primer viaje a Europa en donde Vallenilla Lanz viviría el período más intenso de su vida en cuanto a su formación intelectual se refiere. Puesto que sería en Francia y en España durante el período 1904-1909 en donde el autor comenzaría un estudio sociológico sistemático a través de las diversas escuelas de pensamiento europeo, configurando así las primeras ideas del Comte guardado en la biblioteca de su padre, con las lecciones de historia que aprendía de Langlois y Seignobos.

De igual forma, según establece Harwich Vallenilla (1991), sería durante esta época cuando Vallenilla Lanz conocería la obra de otros autores como Bourdeau, Lacombe, Renan, Durkheim y algunos otros del Instituto Internacional de Sociología. Esto sin menoscabo de sus lecturas de la obra de Sorel o Worms, tomando de la Histoire des États-Unis d’Amérique (1855-1866) de Édouard Labouleye la expresión de “cesar democrático” y de Les origines de la France contemporaine (1875-1893) de Hippolyte Taine la categoría del “gendarme necesario”.

Así, cuando Laureano Vallenilla Lanz regresa a Caracas a principios de 1910, ya es un hombre maduro de casi 40 años que ha pasado sus últimos seis años de vida rodeado del más nutrido grupo de intelectuales de todas las latitudes, fortaleciendo durante este periplo las bases teóricas de sus primeros ensayos, los cuales proponían una nueva forma de abordar la historia nacional y una resignificación positiva de la figura del caudillo criollo.

Finalmente, sería en este retorno a Caracas cuando Laureano Vallenilla Lanz conocería por primera vez en persona al nuevo presidente José Vicente Gómez, figura de quien se convertiría más adelante en un notorio espaldero intelectual y a quien comenzaría a proyectar desde entonces como la expresión fáctica de sus propuestas teóricas referidas a la necesidad del gendarme necesario para la consolidación de un Estado-nación moderno en el país.

De este modo, cerramos esta breve reconstrucción biográfica la cual nos permitirá, siguiendo la lógica de las identidades narrativas como punto intermedio entre las identidades ídem y las identidades ipse, anclar la experiencia vital de Laureano Vallenilla Lanz a los postulados teóricos que desarrollaría a lo largo de su obra. En este sentido, gracias a la investigación realizada por Harwich Vallenilla (1991) y los datos confirmados por Cardozo (2007), hemos podido delimitar el contexto de su formación inicial autodidacta; su temprana y persistente fascinación por el fenómeno del caudillismo; su inmersión y absorción positivista durante su primera estancia europea; y, crucialmente, la articulación final de sus hipótesis sobre el cesarismo democrático y el gendarme necesario con la expresión fáctica del régimen gomecista una vez retornado al país.

De esta manera, una vez hemos comprendido que los principales postulados de Laureano Vallenilla Lanz sobre la venezolanidad no surgen en el vacío, sino que, al contrario, se nos presentan como una expresión dialéctica de sus vivencias personales y necesidades políticas, cumplimos con la primera fase del Análisis Crítico del Discurso (ACD) referida a la descripción contextual del texto. Siendo así que, con esta base ya establecida, podemos continuar avanzando con la interpretación y explicación de su relato histórico-sociológico, examinando finalmente los rasgos que nos ayudarán a identificar el discurso propio de lo venezolano presente dentro de su obra.

Rasgos fundamentales de la obra de Laureano Vallenilla Lanz

Con la base de la descripción contextual ya establecida en el capítulo anterior, hemos podido anclar la ipseidad del autor a la mismidad de su época, concluyendo así la fase inicial del Análisis Crítico del Discurso (ACD) como metodología utilizada para el estudio de la venezolanidad en cuanto identidad narrativa en la obra de Laureano Vallenilla Lanz.

En tanto, corresponde ahora avanzar en la interpretación del texto, examinando los rasgos fundamentales del relato socio-histórico de Laureano Vallenilla Lanz para comprender cómo el autor utilizó su estilo literario en conjunción con el determinismo sociológico que lo impulsaba y la construcción epistemológica del Cesarismo Democrático, con el objetivo manifiesto de desplazar las narrativas epopéyicas y liberales de la época, reivindicando en el proceso la genealogía del caudillo llanero como el arquetipo criollo del “gendarme necesario” y, por extensión, como el tipo ideal o expresión autentica del ser auténticamente venezolano.

En este sentido, tendremos que decir que, a lo largo de su vida, Laureano Vallenilla Lanz se destacaría como un notorio polemista cuyo estilo literario sarcástico e irónico, pero bien sustentado en la evidencia empírica disponible para la época, no podía dejar indiferente a ninguno de sus lectores. De esta manera, al repasar la obra completa del autor analizado, con principal interés en su escrito intitulado Cesarismo Democrático: Estudio sobre las bases sociológicas de la constitución efectiva de Venezuela, el cual sería publicado originalmente en el año 1919, resulta sorprendente comprobar la novedad analítica de su propuesta investigativa tomando en consideración que, para Vallenilla Lanz, ya se presentaba con meridiana claridad la necesidad de estudiar el pasado histórico con miras a lo realmente existente, dejando a un lado las intenciones epopéyicas de la tradición historiográfica vigente hasta entonces, criticando con agresividad las declaraciones tan idealizadas como idealizantes de la organización pretendida por la tradición liberal y constitucionalista latinoamericana.

Sobre el particular, los comentarios de Laureano Vallenilla Lanz son tan extensos como elocuentes, por lo que bastará con citar tan solo un par de ejemplos que sostengan lo expuesto por nosotros. En el primer ejemplo, al referirse a la Caracas de la época, el autor asoma lo siguiente:

Aquella Caracas que tuvo en su seno una de las sociedades más brillantes de Hispanoamérica; aquel grupo de caballeros distinguidos y de mujeres encantadoras que tanto subyugaron al conde de Ségur; aquellas mansiones que parecían el asilo de la felicidad, todo había sido arrasado, todo había sido destruido, no por los españoles sino por el torrente incontenible de la democracia. La libertad proclamada tan generosa, tan cándidamente por los nobles patricios que iniciaron la revolución, había tomado las formas de aquella rastrera y horrorosa serpiente de que nos habla Lord Macaulay en su hermosa perífrasis (Vallenilla Lanz, 1991: 61)

Seguidamente, haciendo referencia a los teóricos de la América emancipada, el autor asegura que:

Preconizando la panacea de las constituciones escritas, han contrariado la obra de la naturaleza, y considerando como un crimen de Lesa Democracia todo cuanto no se ciñe a los dogmas abstractos de los jacobinos teorizantes del derecho político, nos han alejado por mucho tiempo de la posibilidad de acordar los preceptos escritos con las realidades gubernativas, estableciendo esa constante y fatal contradicción entre la ley y el hecho, entre la teoría que se enseña en nuestras universidades y las realidades de la vida pública, entre la forma importada del extranjero y las modalidades prácticas de nuestro derecho político consuetudinario: en una palabra, entre la constitución escrita y la constitución efectiva (Vallenilla Lanz, 1991: 150)

De igual forma, al repasar con detalle la obra completa de Vallenilla Lanz, es fácilmente perceptible como esta suele traspasar con facilidad las fronteras de la realpolitik para desembocar en una desilusión con ribetes de cinismo. Más, a nuestro juicio, este traslado ida y vuelta desde la cínica oratoria hacia el relato propiamente histórico no parece ser ejecutado por el autor con la intención de que nos ahoguemos en tan oscuro tremedal, sino más bien con el objetivo de regresar a nosotros con el propósito de exponernos una pintura realista de la fatalidad nacional.

Una pintura de la fatalidad que no es necesariamente fatalista, puesto que, de forma paradójica, el autor termina por concluir que de los despojos de barro en que se transformaron las otroras praderas verdes del país como consecuencia directa de la revolución igualitarista, aún se podían elaborar las herramientas que servirían para la construcción del orden y el progreso nacional.

En este sentido, para demostrar el estilo literario del autor, ese que juega con las palabras de forma provocadora y sarcástica, pero también con el propósito de construir y reivindicar la auténtica identidad venezolana, podemos citar uno de los tantos párrafos pertenecientes a su obra Cesarismo Democrático en donde expone los motivos por los cuales considera a la guerra de independencia una guerra civil sin que por eso disminuya la grandeza de su ejecución. Veamos:

Aquella guerra, a la que debemos el bien inestimable de llamarnos ciudadanos en una nación y no colonos, puede colocarse en la misma categoría que cualquiera de nuestras frecuentes matazones; de las cuales, sea dicho de paso, tampoco tenemos razón de avergonzarnos: pues las revoluciones, como fenómenos sociales caen bajo el dominio del determinismo sociológico en el que apenas toma parte muy pequeña la flaca voluntad humana; y porque la guerra, fácil sería comprobarlo, ha sido aquí como en todos los tiempos y en todos los países, uno de los factores más poderosos de la evolución progresiva de la humanidad (Vallenilla Lanz, 1991: 56).

Como se ve, aunque Laureano Vallenilla Lanz se propone arrancar los laureles homéricos al proceso de la Emancipación, no parece hacerlo con miras a disminuir el mérito de lo acontecido, sino que, al contrario, deja en claro su propósito de rescatar la fuerza, destructora y creadora a partes iguales, de lo que él identificaba como la barbárica identidad nacional.

En otras palabras, aunque es claro que los escritos de nuestro autor investigado nos muestran un cuadro de la fatalidad nacional, tendremos que insistir que no consideramos que lo haga desde una perspectiva enajenadamente fatalista como lo ha propuesto la tradición historiográfica civilista, que bien sabe resumir y replicar Perfetti (2018) en su investigación. En cambio, consideramos que Laureano Vallenilla Lanz lo hace a través de un estilo literario singular donde se fusionan de manera desenfadada la evidencia empírica, el realismo político y la cínica oratoria.

Asimismo, otra de las características centrales y especialmente destacadas de la obra de Laureano Vallenilla Lanz es el determinismo sociológico con que el autor aborda los fenómenos sociohistóricos.

Empero, para evitar caer en los extremos teóricos tanto de la nostalgia edificadora de Sosa Abascal (1983) y de Harwich Vallenilla (1990) por un lado, como de la fácil condena extemporánea de Pino Iturrieta (2005, 2018, 2019) y la tradición historiográfica civilista por el otro, consideramos un requisito previo ineludible para la comprensión cabal de la obra de Laureano Vallenilla Lanz el ubicar sus escritos en su justo contexto histórico, asegurando así la construcción de lo ídem dentro de su narrativa. Siendo esto la Venezuela de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en donde el autor se nos presenta como un desencantado intelectual que vivía en los albores de una joven República aún no consolidada, la cual se había mostrado sistemáticamente impedida hasta la fecha de fundar los principios básicos del Estado-nación moderno, así como de facilitar el desarrollo del progreso económico y material que con él vendría asociado. Amén de ser el país un territorio hostil interminablemente asolado por bandoleros de toda condición, disputas caudillistas en apariencia irrefrenables y la amenaza continua de la guerra civil. Sobre el estado de la cuestión, Tomás Straka anota lo siguiente:

En la década que va de 1892 a 1903, Venezuela vivió cuatro grandes guerras civiles (con algunos alzamientos menores y una desastrosa participación en la Guerra de los Mil Días colombiana), la bancarrota de sus finanzas, el bloqueo y bombardeo de sus costas por enardecidos acreedores, la ruptura de las relaciones diplomáticas con casi todo el mundo y la pérdida del Esequibo o, en todo caso la ratificación de esa pérdida por un tribunal internacional. El <<finis patriae>> con el que cierra su novela Ídolos Rotos (1901) Manuel Díaz Rodríguez era un clamor general: en efecto, la idea de que la República había sido un completo fracaso estaba muy extendida, por lo que era necesario refundarla bajo nuevos términos. No en vano, la sociedad se echó a los brazos de Gómez (Straka, 2019).

Es en medio de este contexto tan caótico, cuando Laureano Vallenilla Lanz decide adoptar con fe científica los principales postulados teóricos del positivismo europeo de principios de siglo XX. Un positivismo que, a pesar de aún entender los fenómenos sociales como símiles de los fenómenos naturales siguiendo las primeras tradiciones positivistas, ya habría perdido el temor a la guerra y a la Revolución que en algún momento tuvieron sus padres fundadores.

De este modo, cuando repasamos la obra de Laureano Vallenilla Lanz, podemos comprobar que el autor sostenía sus principales teorías históricas y sociológicas en un conjunto de explicaciones ontológicas que intentaban justificar los eventos ocurridos a través de un determinismo positivista omni-abarcante, el cual se hallaba especialmente arraigado en las consecuencias sociales que supuestamente emanaban de las características geográficas de los territorios estudiados.

Continuamente, otra de las características que consideramos relevantes tanto de la obra de Laureano Vallenilla Lanz en particular, como del paradigma positivista venezolano en general, está asociado a la especificidad de esta propuesta teórica (Revete, 2022). Una categorización que podría ser ubicada en una posición intermedia entre las propuestas maximalistas que promueven, o bien una exagerada originalidad del positivismo venezolano, como hemos observado ya en Sosa Abascal (1983) y Harwich Vallenilla (1990), o bien una desmedida descalificación como imitación mal realizada de la doctrina europea, como hemos identificado en Pino Iturrieta (2005, 2018, 2019).

En este sentido, en detrimento de las alternativas maximalistas de la originalidad a ultranza, consideramos que no es posible hablar de un paradigma positivista criollo que sea original en sentido estricto, puesto que, como deja en evidencia el mismo Vallenilla Lanz en sus escritos, las categorías centrales de sus análisis son adquiridas de forma directa de la pujante tradición sociológica europea con la que el autor venezolano tuvo la oportunidad de codearse a lo largo de su vida. Un dato que ya destacaba Harwich Vallenilla (1991) en la construcción biográfica del autor y que sería confirmado por Cardozo (2007) años más tarde.

No obstante, a nuestro juicio, el notorio eurocentrismo de las teorías de Laureano Vallenilla Lanz no resulta razón suficiente para negar, como nos propone la corriente maximalista contraria, la intención clara, manifiesta y ciertamente lograda del autor, de estudiar los hechos históricos del país de forma “objetiva” siguiendo de manera rigurosa las pautas metodológicas disponibles para su tiempo.

Finalmente, el último rasgo que quisiéramos subrayar de la construcción paradigmática de Laureano Vallenilla Lanz es el del cesarismo democrático como proyecto político.

En este aspecto, al estudiar la obra del autor positivista de principios de siglo XX, es posible observar cómo Vallenilla Lanz elaboró un método de análisis ecléctico que, si bien no resulta del todo original en lo global, al menos se nos presenta como único y novedoso dentro de las propuestas historiográficas establecidas hasta ese momento en el país (Revete, 2022). Un método de análisis ecléctico que promovía en todo caso la novedosa noción de totalidad. Ofreciendo a sus coetáneos un tragaluz endógeno que absorbía las luces del positivismo europeo, mientras reflectaba y refractaba los destellos captados del exterior sobre la propia cotidianidad venezolana.

Una cotidianidad que, como ya hemos visto a través de Cardozo (2007) y Straka (2019), era sumamente violenta. Herencia directa, según el propio Vallenilla Lanz, de la anarquía disgregadora generada a partir de la ruptura del nexo colonial. Una ruptura que, si bien permitió el nacimiento de la República, también había liberado las fuerzas del igualitarismo anárquico y anarquizante que logró dilatar durante decenios la posibilidad de fundar un Estado-nación moderno que pudiera reservar para sí el monopolio de la violencia legitima del Estado.

Sobre el particular, se vuelve imperioso decir que, si bien es cierto que Vallenilla Lanz identifica en la ruptura del nexo colonial la liberación de la anarquía disgregadora que asoló al país durante décadas, esto no debe ser interpretado como que su propuesta práctica, aquella que no se conformó con el diagnóstico de la situación, sino que se atrevió a sugerir ex ante de la llegada de Juan Vicente Gómez al poder las pautas correctivas para el manejo del escenario, pueda ser catalogada como una propuesta reaccionaria que buscaba restituir al antiguo régimen colonial. Nada estaría más lejos de la realidad.

En cambio, lo más adecuado sería presentar la propuesta práctica de Laureano Vallenilla Lanz como una herencia directa del positivismo europeo temprano: conservador y autoritario, sí, más no reaccionario. Cuya acción ha de estar siempre guiada en términos generales por el archiconocido mantra del “orden y el progreso”. Un orden y progreso el cual, por otra parte, solo sería posible de alcanzar a través de un hombre fuerte representado en la figura del César Democrático. En palabras de Cardozo (2007):

[Vallenillla] sostuvo, con amplia base documental, que la Guerra de la Independencia había sido una guerra Civil, librada fundamentalmente entre venezolanos; que no había habido una ruptura en el proceso histórico previo y posterior a la Independencia; que, una vez lograda la separación de España, la sociedad venezolana había demostrado no tener las condiciones para organizarse mediante instituciones liberales; y que, ante la destructiva recurrencia de guerras civiles, era necesario que el gobierno de un “buen caudillo” impusiera orden frente al caos, integración ante la disgregación, y progreso sobre la destrucción (2007, 12)

Pero ¿A dónde habrían de ir los venezolanos a buscar dicho César o “buen caudillo”? ¿Acaso en el Cesare romano o en el Washington estadounidense? ¿En lo impersonal y racional de las constituciones y las leyes? Es precisamente aquí donde, a nuestro juicio, emana uno de los rasgos más destacados de la obra de Laureano Vallenilla Lanz en cuanto a la construcción narrativa de la identidad nacional se refiere, puesto que, tras realizar un análisis pormenorizado de la historia, el autor terminó por concluir que el genuino Gendarme capaz de contener con la potencia de su espada y el impulso de su personalidad las fuerzas disgregadoras que conformaban la barbarie criolla, solo podía emerger de la barbarie misma, entendiendo esta ya no a través de la tradicional fórmula de desaprobación exaltada por la tradición civilista republicana, sino aceptándola de una vez por todas como una parte constitutiva de nuestra identidad nacional.

Ahora ¿Qué clase de líder podía emerger de esta barbárica identidad? Según las teorías sociológicas deterministas a las cuales se encontraba afiliado Laureano Vallenilla Lanz, esta posición de honor solo podía ser merecida por un guerrero invicto y francamente salvaje. Un líder feroz para otorgar castigos, pero afable en el reparto del botín. Un líder carismático. Un hombre que, a pesar de estos rasgos tan peculiares y por motivos azarosos de las condiciones telúricas determinantes, llegado el momento de mayor encumbramiento en su carrera política-militar, también aceptase el renunciar de buen grado y por simple voluntad personal a su bandolera condición. Utilizando a partir de ese momento todas esas facultades en apariencia negativas, adquiridas durante años de guerras civiles, para el bienestar de la mayoría a través de la consolidación de un Estado-nación representado y sostenido en su propia figura de poder. Sin más, el Gendarme Necesario vendría a ser identificado por Laureano Vallenilla Lanz en la imagen criolla del caudillo llanero. En sus propias palabras:

Si en todos los países y en todos los tiempos -aún en estos modernísimos en que tanto nos ufanamos de haber conquistado para la razón humana una vasta porción del terreno en que antes imperaban en absoluto los instintos -se ha comprobado que por encima de cuantos mecanismos institucionales se hallan hoy establecidos, existe siempre una necesidad fatal, “el gendarme electivo y hereditario de ojo avizor [dice Taine], de mano dura, que por las vías de hecho inspiran el temor y que por el temor mantiene la paz”, es evidente que en casi todas estas naciones de Hispanoamérica, condenadas por causas complejas a una vida turbulenta, el caudillo ha constituido la única fuerza de conservación social, realizándose aún el fenómeno que los hombres de ciencia señalan en las primeras etapas de integración de las sociedades: los jefes no se eligen sino que se imponen (Vallenilla Lanz, 1991: 131)

Pero ¿De dónde surgía el poder que permitía al caudillo llanero, gendarme necesario criollo, ser la “única fuerza de conservación social” existente durante este turbulento período?

Para Laureano Vallenilla Lanz, dicho poder solo podía emanar de la propia figura del agente transgresor, siendo este ajeno a cualquier relación de causalidad con respecto a las normas y leyes existentes. En otras palabras, el caudillo criollo habría de obtener su poder del aprovechamiento oportuno de las condiciones de ordenación realmente existentes, reaccionando de forma indiferente a las consideraciones de organización pretendidas idealmente por la tradición liberal y constitucionalista venezolana. En la voz del autor:

Todos ellos, godos y liberales, imbuidos en un radicalismo tan exótico como intransigente, solicitaban el remedio de nuestros males profundos en la libertad del sufragio, en la libertad de la prensa y, sobre todo, en la alternabilidad del Jefe supremo, sin pensar que el poder ejercido entonces por el General Páez en la República, así como el de los caudillos regionales, era intrasmisible porque era personalísimo; no emanaba de ninguna doctrina política ni de ningún precepto constitucional, porque sus raíces se hundían en los más profundos instintos políticos de nuestras mayorías populares y sobre todo de las masas llaneras cuya preponderancia se había forjado en el candente crisol de la Revolución (Vallenilla Lanz, 1991: 142)

Ahora, para poder entender las potencialidades creadoras y ordenadoras que Laureano Vallenilla Lanz otorgó al gendarme criollo, hay que aceptar también que, para este autor, la barbárica situación nacional es vista como un todo orgánico que, en cuanto resultado inevitable de las condiciones telúricas determinantes, no solo es capaz de mostrarnos su capacidad destructiva, sino que también se encuentra capacitada para generar sus propios entes regulativos. En este caso: el gendarme necesario o César democrático representado en la figura del caudillo llanero.

La llaneridad como sinónimo de la venezolanidad

Como hemos visto al cierre del anterior capítulo, todo parece indicar que, para Laureano Vallenilla Lanz, el hombre llanero, ese agente transgresor que Nicanor Bolet Peraza describiese a principios de siglo pasado como el hombre independiente y rudo que ejerce como auténtico soberano del llano en brava lucha con la intemperie, pero amable sociedad con las fieras (Ovalles, 2025), fuese el precursor del ser auténticamente venezolano. Es decir, de la llaneridad como sinónimo de la venezolanidad.

Más, si para nosotros esta “venezolanidad” se trata de una identidad narrativa que, como ya hemos descrito antes, representa la síntesis dialéctica entre lo histórico concreto (mismidad) y los rasgos culturales o idiosincráticos (ipseidad), bien tendremos que aclarar que, en su postulación original, Laureano Vallenilla Lanz lo percibe en cambio como una serie de rasgos ontológicos invariables, los cuales son determinados a priori por las condiciones telúricas del territorio nacional. Una postura que, aunque se encontraba teóricamente sustentada en las hipótesis positivistas de la época, hoy se nos muestra como una hipótesis de trabajo francamente superada. No obstante, esta aparente contradicción entre nuestra formulación y el postulado del autor merece una oportunidad de reconciliación. Y es que el hecho de que el origen ontológico, telúrico o instintivo de los rasgos identitarios del ser venezolano identificados por Laureano Vallenilla Lanz hoy se encuentren en entredicho, no es motivo suficiente para descartar las características de lo venezolano por él descritas. Al contrario, nuestra propuesta de investigación está motivada por la certeza de que estos elementos nos muestran todo su poder descriptor cuando son reinterpretados, mostrándose ya no como características ontológicas e invariables del ser venezolano, sino como los caracteres variables, socialmente construidos e históricamente cambiantes de la venezolanidad como identidad narrativa (Revete, 2025).

En otras palabras, aunque ciertamente podemos despachar -y de hecho despachamos- por superadas las hipótesis positivistas que abogan por la existencia de unos supuestos instintos políticos únicos como consecuencia directa de la mezcla de las “razas” indígenas, afrodescendiente y española; así como también descartamos la existencia de unos supuestos rasgos ontológicos que eran generados a partir de la influencia del medio físico del llanero; esto no significa que, desde el punto de vista retórico de la construcción de la venezolanidad en cuanto identidad narrativa, no podamos hablar de la existencia de lo “instintivo” o de lo “telúrico” venezolano como un elemento constitutivo de la identidad llanera.

Empero, si para Laureano Vallenilla Lanz “la raza es expresión del medio” y, más específicamente, para el no existía la posibilidad de “comprender la evolución histórica de un pueblo sin comenzar por el estudio del medio físico y telúrico en que ese pueblo ha evolucionado y de la herencia de los caracteres adquiridos” (1993: 375) ¿Cuáles habrían de ser entonces las características de la nación venezolana si, al momento de la fundación de la República y posterior consolidación del Estado-nación moderno, el llano y su bravura eran los actores hegemónicos de nuestra geografía e identidad? Dejemos que sea el propio Vallenilla Lanz quien nos responda:

Es necesario decir que también en aquellas hordas semi-bárbaras existían los gérmenes poderosos que iban a determinar los rasgos inconfundibles del Carácter Nacional. La conciencia del valor personal, la altivez, el espíritu igualitario, la hospitalidad caballeresca, la lealtad como base moral de la política, la tendencia a las aventuras descabelladas, al mismo tiempo que la incapacidad orgánica de constituir gobiernos estables, que es una de las características de los pueblos pastores, y de sustentar aristocracias, oligarquías o clases privilegiadas; la indiferencia religiosa y la aptitud a la abstracción y a la poesía que se encuentra entre muy alto grado de los nómades; todo un conjunto de cualidades y defectos, que desarrollados en el curso de la revolución y puestos de relieve por la preponderancia que llegaron a alcanzar, a causa de sus proezas y de sus grandes servicios a la Independencia de América, los caudillos llaneros, hasta elevarse a los primeros puestos de la nación, apoyados en el prestigio que da la gloria militar en los pueblos guerreros, contribuyeron a torcer el rumbo que sobre la pura tradición iban a seguir otros países hispanoamericanos, dando así una fisonomía especial a nuestra evolución orgánica, dentro de los mismos principios generales de la democracia republicana, que ha sido el credo institucional de la América libre (Vallenilla, 1991: 389-390).

Cita extensa, párrafo final que cierra su obra Disgregación e Integración, en donde Laureano Vallenilla Lanz resume y concluye los aspectos centrales de su hipótesis de trabajo sobre el origen del carácter nacional en tierras llaneras. Confirmando nuestro postulado inicial de trabajo sobre el ser llanero como lo auténticamente venezolano dentro de su propuesta de investigación.

Conclusiones

Al repasar la obra fundamental de Laureano Vallenilla Lanz, entiéndase Cesarismo Democrático. Estudios sobre las bases sociológicas de la constitución efectiva de Venezuela, originalmente publicado en el año 1919 y Disgregación e Integración. Ensayo sobre la formación de la nacionalidad venezolana, originalmente publicado en el año 1930, así como otros de sus textos en la búsqueda de los orígenes y expresiones que el autor positivista otorgó a la identidad nacional en su discurso, nos hemos conseguido con que, para Vallenilla Lanz, el pueblo venezolano era considerado como un grupo inestable en proceso de transición y consolidación hacía la llamada solidaridad orgánica.

Igualmente, a lo largo de nuestra investigación, también hemos podido identificar que los motivos que endilga Laureano Vallenilla Lanz a esta “inestabilidad” no eran otros que las supuestas herencias adquiridas a través de lo telúrico venezolano. Siendo las amplias llanuras, con el barbárico estilo de vida que bien supiese describir Ovalles (2025) en sus escritos a principios de siglo XX, las principales causas de la anarquía disgregadora desatada tras la ruptura del nexo colonial.

No obstante, también hay que decir que, pese a la presencia notoria de tal determinismo de lo telúrico dentro de su obra, para Vallenilla Lanz no todo estaba perdido, pues, aunque es cierto que las expresiones de la venezolanidad en su discurso eran determinadas a priori por el medio físico y determinantes ad infinitum sobre el proceso sociohistórico venezolano, no menos verdadero es que el autor también llegó a considerar que, el mismo medio que originaba la barbarie criolla, habría igualmente de generar su ente regulador. Empero, sí esa era nuestra realidad ¿Qué clase de persona, ley o institución podría evitar que en Venezuela se reprodujesen nuevamente los abominables hechos del año 1814? Esos donde los hijos del bravo llano mostrarían de lo que eran capaces al mando de José Tomás Boves. Sobre el particular, la opinión de Laureano Vallenilla Lanz es clara: solo el gendarme necesario representado en la figura del caudillo llanero podría a través de la fuerza de su espada y el prestigio de su personalidad canalizar las fuerzas disgregadoras desatadas tras la ruptura del nexo colonial hacía el orden y progreso nacional, tal como lo advirtió e intentó Bolívar en su etapa de dictador del sur y como finalmente impuso Páez tras la ruptura de la Gran Colombia. ¿Cómo? Fundando a través de la consolidación de un César democrático la paradójica figura de un Estado nacional que estuviese representado y sostenido por una única individualidad en el poder.

En conclusión, podemos decir que la venezolanidad dentro del discurso de Laureano Vallenilla Lanz es interpretada como una serie de rasgos inamovibles de lo venezolano, los cuales son determinados a priori por el medio físico y en tanto que no pueden ser sustituidos o modificados por la simple voluntad del hombre, lo mejor es abrazarlos paternalmente, aceptándolos con sus virtudes y defectos, pero canalizándolos a través de los mecanismos reguladores emanados del mismo organismo viviente. Una postura que, si bien se encontraba teóricamente sustentada en las hipótesis positivistas de la época, hoy resultan superadas, pues sabemos que los elementos discursivos que definen las identidades narrativas como la llaneridad o la venezolanidad no son herencias ontológicas, sino construcciones sociales históricamente cambiantes.

No obstante, como ya hemos visto, el cuestionamiento del origen de las características identificadas por Laureano Vallenilla Lanz no anula su valor descriptor, al contrario, estas mismas características nos demuestran toda su potencia identitaria cuando dejamos de asumirlas como rasgos ontológicos inmutables para aceptarlas como un relato sólido de la venezolanidad en cuanto identidad narrativa.

Así, aunque ya no podamos sostener la existencia de los supuestos instintos politicos únicos, herencia directa de la mezcla de “razas” generada en la Conquista y posterior proceso de Emancipación; o de los supuestos comportamientos ontológicos dictados de manera invariable por el medio físico; sí es posible reconocer en la propuesta vallenillalanzeana la vigencia retórica de lo telúrico venezolano como uno de los principales componentes narrativos del imaginario llanero y, en consecuencia, del ser venezolano.

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