Volumen 35 No. 2 (abril-junio) 2026, pp. 28-43

ISSN 1315-0006. Depósito legal pp 199202zu44

DOI: 10.5281/zenodo.18427937

Hacia un modelo de extensión energética. Crisis, trabajo y energía ante las mutaciones sociotecno-energéticas del capitalismo verde-digital

Isabel Salazar Bravo

Resumen

A partir de la crisis global del 2008, los discursos de organismos internacionales en torno a la reconversión de la matriz energética proliferan y se condensan en lo que se ha denominado como ecocapitalismo o capitalismo verde. Siguiendo los aportes teóricos de conceptos como fractura metabólica, metabolismo social y metabolismo antisocial del capital indagamos en cómo las mutaciones sociotecno-energéticas del capitalismo verde y digital se reconfiguran hacia un modelo que denominamos de “extensión energética”. Por medio de la revisión bibliográfica y el análisis de documentos de organismos internacionales el articulo reflexiona en torno a la intensificación de la explotación sobre cuerpos, territorios y naturaleza bajo el manto de la sostenibilidad

Palabras clave: Extractivismo; Crisis; Transición energética; Extensión energética; capitalismo verde

Universidad de Buenos Aires. Argentina

ORCID: 0000-0002-2650-2493

Email: isasalazarb@gmail.com

Recibido: 02/09/2025 Aceptado: 23/11/2025

Towards a model of energy extension. Crisis, work, and energy in the face of the sociotechnical-energy mutations of green-digital capitalism

Abstract

Since the global crisis of 2008, international organizations have increasingly focused their discourse on the restructuring of the energy matrix, condensing their ideas into what has been termed eco-capitalism or green capitalism. Following the theoretical contributions of concepts such as metabolic rift, social metabolism, and antisocial metabolism of capital, we investigate how the socio-technological-energy mutations of green and digital capitalism are reconfiguring themselves into a model we call “energy extension.” Through a review of the literature and analysis of documents from international organizations, the article reflects on the intensification of the exploitation of bodies, territories, and nature under the guise of sustainability.

Keywords: Extractivism; Crisis; Energy transition; Energy extension; Green capitalism

Introducción

A partir de la crisis global del 2008, los discursos en torno a la reconversión de la matriz energética proliferan y se condensan en lo que se ha denominado como ecocapitalismo o capitalismo verde (Le Quang, 2015; Tanuro, 2011; Riechmann, 2019; Rodríguez Panqueva, 2011). Para enverdecer el mundo y salvar al planeta, los países abastecedores de los apetecidos “minerales críticos” para la descarbonización, como: cobalto, litio, tierras raras, entre otros, son foco de una nueva cantera del mundo, esta vez pintada de verde. A esta reingeniería de la dinámica depredatoria se la ha denominado “extractivismo verde” (Dietz, 2023, 2024) “colonialismo verde” (Bringel, Lang, Manahan,2023; Bassey, 2024), “transición energética corporativa” (Bertinat y Chemes,2022; Lander, 2023; Svampa, 2024). En términos sencillos, promulga la sustentabilidad del Norte global, ante la multiplicación de las insustentabilidades del Sur Global.

Tras la Covid 19 y la Guerra en Ucrania, la yuxtaposición entre una geopolítica de las energías limpias y una Geopolítica de las energías fósiles (Thompson, 2023) va tiñendo al capitalismo de verde oliva. Según la Agencia Internacional de Energía (2025) para alcanzar los objetivos de cero emisiones netas, la demanda de minerales críticos se triplicará para el 2030 y cuadriplicará para el 2040.

En este sentido, el capitalismo verde, digital y militar es la reconfiguración del capitalismo en un contexto de crisis socioecológica en medio de un reordenamiento de la geopolítica mundial (Hernández Zubizarreta y Ramiro, 2024). Dado el frenético nuevo reparto del mundo en la búsqueda por asegurar las cadenas de valor y de suministro de las potencias hegemónicas para propulsar la descarbonización, se intensifica el carácter destructivo del metabolismo social del capital (Meszáros 1995).

Antunes (2023) llama capitalismo viral al “metabolismo antisocial” que tras la covid 19 tiene como rasgos centrales la creciente uberización del trabajo y el desarrollo del mito de la economía colaborativa (Rifkin, 2014). En tanto, la digitalización del trabajo y de la vida se imbrica a la promoción del enverdecimiento de la economía. Es la promoción de un reciclaje de la fuerza de trabajo azotada por la pandemia de la precarización junto a la adición de energías renovables al sistema energético. Las energías vitales de los cuerpos, el trabajo vivo y las energías biofísicas en constante renovación para reanudar la infinita acumulación. De este modo, la proliferación de trabajos “sin jefe” bajo las variadas formas de emprendimiento o autoempleo enaltece el llamado a la libertad individual y la autogestión del tiempo, mientras enceguece la autoresponsabilizacion de las cargas sociales y por ende la transferencia de valor y plusvalía indirecta hacia el capital (Giavedoni y Presta, 2022). Junto a esto, las energías renovables se presentan como salvación enalteciendo su característica distintiva del petróleo, como flujo inagotable proveniente del viento y del sol, mientras se ensombrece la mina planetaria que alimenta a esta transición energética corporativa (Yung, 2023) que tiene como problema central la intermitencia de suministro energético.

Sin duda, nos encontramos en la encrucijada de una nueva ofensiva extractivista, que una vez más vez promete una salvación tecno-optimista del capital ante la catástrofe (Rodríguez, 2016). Esta salvación se alimenta de la fe en que los problemas de nuestra civilización se pueden superar con soluciones tecnológicas sin poner en cuestión las dinámicas estructurales de acumulación. La geo – ingeniería, la técnica de captura de carbono de la atmósfera, el manejo de la radiación solar son algunas de las “falsas soluciones” (Svampa y Bertinat, 2022) brindadas por la ingeniería del clima a esta crisis. La reinvención de la narrativa capitalista- tecnocrática ante la urgencia del “cambio climático” (Argento, Svampa, 2023).

A partir de lo mencionado, por medio de la reflexión teórica, la revisión bibliográfica y la indagación en documentos de organismos internacionales, este ensayo indaga en cómo las mutaciones “sociotecno-energéticas” del capitalismo actual, con esto nos referimos a la articulación entre la intensificación de la demanda energética y las mutaciones sociotécnicas emanadas de la denominada cuarta revolución industrial (Schwab, 2017), se reconfiguran hacia un modelo que denominamos de “extensión energética”. Entendemos este modelo como la extensión de la captación de energías vitales (trabajo vivo) y biofísicas más allá de la relación salarial y más allá de las energías fósiles.

Algunas consideraciones teóricas

Conceptos como “metabolismo social” (Meszáros, 1995), “fractura metabólica” (Foster, 2022) y “metalismo antisocial (Antunes,2023) nos llevan a pensar cómo se reconfigura la relación entre crisis, trabajo y energía en un capitalismo cada vez más destructivo.

Foster, J.B. (2022) en su libro “La ecología de Marx” desarrolla cómo a partir del concepto de metabolismo Marx articuló su crítica ecológica en torno a la fractura entre el metabolismo social y las leyes naturales de la vida, señalando el desgarramiento del ciclo de la tierra devenido de la agricultura capitalista industrial.

Para Meszáros (1995) la relación sociedad/naturaleza está sometida a la lógica de “crisis estructural del capital” en un espiral destructivo impulsado por la insaciable acumulación, y la aceleración de la obsolescencia programada de las cosas que profundiza la degradación y explotación social y ambiental. En este sentido, la sustentabilidad sólo sería posible con una transformación del metabolismo social de la producción que permitiera la regeneración de la tierra y de las condiciones de vida en la tierra.

Por su parte, Antunes (2023) desde los aportes de Meszáros (2023) hace una reflexión en torno a las transformaciones en el mundo del trabajo tras la pandemia Covid 19. Mediante la problematización de lo que denomina capitalismo viral o pandémico, resalta la creciente uberización del trabajo y la profundización de lo que llama el “metabolismo antisocial del capital”. Esto es, la creciente tendencia destructiva tanto hacia la naturaleza como al mundo del trabajo por parte del capital.

Desde estas lecturas, nos parece central pensar la energía atravesada por el concepto de metabolismo y fractura, para ir más allá de la energía biofísica hacia las energías humanas. Cómo se produce y transita la energía, hasta cómo viven y padecen esta producción los cuerpos y territorios desde donde se extraen tiempos de vida, bienes comunes y minerales. El límite entrópico con que choca el capital deviene en la extensión e intensificación de la captación de energías biofísicas y humanas por parte del capital. Como ha sido señalado por Chaudhary (2024) el circuito extractivo implica un agotamiento biofísico de las bases materiales de la reproducción social, como también, de la subjetividad humana. Esto es “la extensión de la ventaja comparativa desde las geografías hasta el cuerpo” (p.59). Esta desenfrenada acumulación repercute en un desequilibrio energético no sólo padecido por la naturaleza sino también por el desgaste y deterioro de los cuerpos extenuados que no logran llegar a fin de mes. Cuerpos desde los que se extrae cada día más energía vital.

En este sentido es central comprender la relación trabajo/energía y la reconfiguración de esta relación tras las sucesivas crisis. La problematización de la díada trabajo-energía fue abordada en la década del ochenta por el colectivo Midnight Notes, quienes cuestionaron el abordaje común de la crisis del setenta como crisis energética.

En palabras de Caffentzis:

“La crisis que estaba atravesando el capitalismo era una crisis del trabajo, de la capacidad de usar la energía para extraer plusvalía de la clase trabajadora de la época. Por lo tanto, no era una crisis de energía, sino de la cantidad de trabajo que se podía obtener de un tipo particular de organización de la producción de energía” (Caffentzis, 2020:10).

Siguiendo a Caffentzis y el colectivo Midnight Notes, proponemos pensar la crisis civilizatoria profundizada tras la crisis del 2008 en el marco de la crisis estructural que atraviesa el capitalismo desde hace más de cinco décadas (Meszáros, 1995; Antunes, 2023). La búsqueda insaciable del capital de incrementar la obtención de plusvalía a través de la reconfiguración de la relación entre trabajo y energía (Caffentzis, 2020), tras la mutación de la composición orgánica del capital y la consiguiente tendencia decreciente de la tasa de ganancia (Piqueras, 2015, 2018). Caffentzis plantea una extensión de las categorías de la teoría del valor de Marx para comprender la reorganización de la relación trabajo/energía a partir de la crisis de los setenta, para pensar por ejemplo desde donde se extrae plusvalía en sectores en que los trabajadores escasean. Como señala Federici en Caffentzis: “Las compañías petroleras acumulan una enorme cantidad de valor, no por el trabajo en la plataforma, sino porque acumulan trabajo y plusvalía de todas las personas que pagan la factura de la luz, que va en aumento. Tienen que trabajar más para pagar la factura del gas, de la luz, etc”. (2020, 16).

Esta extensión de la captura del trabajo vivo requiere de una concepción ampliada del trabajo, como ha señalado De la Garza (2010) esto es el corrimiento del concepto clásico del trabajo hacia las múltiples formas en las que en la actualidad el trabajo se encarna, o bien lo que Antunes denomina una nueva morfología del trabajo;

“Esta nueva morfología del trabajo, además de incluir los más distintos modos de ser de la informalidad, ha ido ampliando el universo del trabajo invisibilizado, al tiempo que ha potenciado nuevos mecanismos generadores de valor (aunque bajo la apariencia de no-valor) haciendo uso de nuevos y viejos mecanismos de intensificación - cuando no de auto -explotación- del trabajo” (2013, 251).

Desde esta multiplicidad que adquiere el trabajo y las formas de obtención de plusvalía, problematizamos la idea de “superexplotación” de Ruy Mauro Marini (1973). En base a las mutaciones en el mundo del trabajo en el contexto de crisis socioecológica, planteamos la idea de “extensión energética” como una ampliación, extensión e intensificación de la manifestación particular de energía destinada al trabajo, imbricada a la expansión de la extracción de energías biofísicas.

Como señala Marx en los Grundrisse:

“Lo que el obrero libre vende es, siempre, únicamente una medida determinada y particular de la manifestación de su energía; por encima de cada manifestación particular está la capacidad de trabajo como totalidad. Vende la manifestación particular de su energía a un capitalista particular, al que se contrapone independientemente, como individuo.” (2019, 426).

Para esto, es necesario comprender la explotación de la fuerza de trabajo y de la naturaleza como unidad de explotación, comprendiendo que la naturaleza no crea valor sino la interacción de ésta con el trabajo humano, operación que se efectúa por medio de una creciente y conjunta flexibilización laboral y ambiental. La flexibilización laboral fue profundizada de forma emblemática tras la pandemia, proliferando formas de trabajo en plataforma “sin jefe”, tiempos flexibles pero continuos de trabajo (Antunes, 2023). La flexibilización ambiental se profundizó tras la guerra en Ucrania y la crisis energética en Europa, bajo el manto de un discurso corporativo que apela a la seguridad y la sostenibilidad (Riofrancos, 2023).

Un nuevo consenso, una nueva fractura metabólica

A partir de comienzos de milenio, tras décadas de avances y retrocesos de la agenda ambiental, las principales estrategias de gobernanza mundial se enfilan en la promoción de la sostenibilidad centrada en una economización de lo verde (Seoane, 2017). En el 2000 el lanzamiento del Pacto Global de Naciones Unidas, iniciativa voluntaria de responsabilidad social empresarial a nivel mundial, establece como uno de sus objetivos principales la responsabilidad ambiental de las empresas. El 2008 la Iniciativa de la “Economía Verde” del Programa de Naciones Unidas para el medio ambiente (PNUMA) propone para superar la pobreza en los países del tercer mundo, crear empleos verdes.

El mismo año de lanzamiento de esta iniciativa, surge por parte de ambientalistas y economistas británicos, en medio de la convulsión de la crisis de las subprime en Estados Unidos, la propuesta de un Green New Deal, en alusión al New Deal impulsado por Roosevelt en 1933. En aquellos años, este Nuevo Pacto Verde no tuvo mayor repercusión debido al viraje de la movilización social desde el planteamiento de alternativas hacia los efectos de las políticas de austeridad implementadas tras la crisis. Posteriormente, en el 2019 la promoción de un Green New Deal es retomado por el equipo de la senadora estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez, siendo una propuesta central en la lucha contra el cambio climático liderado por las fuerzas progresistas de Estados Unidos. En este sentido, para Riofrancos “el nexo entre seguridad y sostenibilidad se consolidó a través de un proceso de políticas que comenzó en 2008, cuando los responsables políticos de EE. UU. y la UE plantearon por primera vez que China y otras economías emergentes amenazaban el acceso del Norte Global a ‘minerales críticos’” (2023, 21).

Tras la pandemia Covid 19, el nexo entre “sostenibilidad y seguridad” que sostiene Riofrancos (2023) adquiere aún más centralidad dado el surgimiento del Pacto Verde Europeo, el cual propone alcanzar la neutralidad climática para el 2050. Si bien tanto la versión norteamericana como europea del Pacto anuncian una transición justa y equitativa, en términos efectivos la aceleración y urgencia de la demanda de minerales críticos y demás recursos para combustionar esta transición traslada enormes costos ambientales y sociales a los países del Sur Global.

En consonancia, en el marco de la Agenda 2030 de Naciones Unidas para el desarrollo sostenible, Guterres, secretario de la Organización de Naciones Unidas alentó un Nuevo Pacto Verde Global para reinventar el sistema financiero. En palabras de Guterres (2022) “El Nuevo Pacto Mundial pretende movilizar la acción para proteger nuestro clima, salvaguardar la salud pública mundial y reformar el sistema financiero mundial para construir una economía global que funcione para todos y no sólo para los más ricos.”1  

Sin embargo, la guerra en Ucrania ensombreció aún más los frágiles pactos acordados. Países como Alemania que habían avanzado hacia la transición energética, volvieron a quemar carbón. Los protocolos y normativas se modificaron en Europa para hacer que energías catalogadas como peligrosas o contaminantes pasarán a denominarse “limpias”, como es el caso del gas y la energía nuclear (Castro, 2024).

En este sentido, Azamar, Olivera y Tornel (2022) recalcan lo engañoso del concepto de transición energética, cuando las fuentes fósiles continúan en aumento al unísono del aumento de la demanda energética, como también, la desigualdad del acceso a esta. En sus palabras: “Desde un punto de vista histórico, las “transiciones energéticas” anteriores, que van del uso de biomasa (madera) y agua, al carbón y posteriormente al gas y al petróleo, demuestran que el cambio de una tecnología a otra no ha sido, en términos estrictos, una sustitución de las tecnologías y fuentes ya establecidas, sino que, por el contrario, las nuevas fuentes han experimentado un incremento asociado a la creciente demanda de energía, sin necesariamente sustituir el uso de energía de las fuentes ya establecidas” (Azamar, Olivera y Tornel, 2022, 134). Motivo por el cual utilizan el concepto de “adición energética”.

Esta “adición energética” opera históricamente mediante un mecanismo central: la externalización (Lessenich, 2016). La “sociedad de la externalización” de la que habla Lessenich, da cuenta de una sociedad que externaliza los costos de su forma de producción y consumo, principalmente a los países del Sur global. Este mecanismo de externalización habla de las formas de “acumulación por desposesión” (Harvey, 2007) que se multiplican a partir de la profundización de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia tras la crisis del setenta (Roberts, 2016). Proceso de acumulación y despojo que tiene sus cimientos desde la conquista de América, la configuración de la modernidad y la narrativa del progreso a partir del saqueo de minerales desde Nuestra América, esto es, la acumulación primitiva de capital. En tanto esta “externalización” marca el rasgo fundante de la relación entre los países de nuestra región, y demás “exteriores” al Norte global que operan como abastecedores de mano de obra y energía barata. En tanto, la externalización a la que alude este Lessenich, dialoga con los planteos de Ruy Mauro Marini (1973) en su obra “Dialéctica de la dependencia” donde desarrolla el concepto de superexplotación. Mediante este concepto Marini desarrolla la posición de América Latina como abastecedora de mano de obra barata, superexplotada más allá de la posibilidad de reproducción social, más allá de la explotación de la mano de obra del Norte global que en los “treinta años gloriosos” logra, en mayor y menor medida, insertarse en la lógica del consumo. Siguiendo con Lessenich en sus palabras: “«Sociedad de la externalización» es más un concepto genérico que un concepto del presente, pues la formación moderna de la sociedad capitalista fue siempre y desde el comienzo una sociedad de la externalización… aunque jamás lo haya reconocido. Las sociedades capitalistas son sociedades externalizadoras, aunque con figuras históricamente cambiantes, con mecanismos que siempre se van modificando y en coyunturas globales que constantemente se transforman”. (2016, 16-17).

A esta externalización de la transición energética en su senda corporativa desde el pensamiento crítico latinoamericano se ha denominado “acumulación por desfosilización” (Slipak y Argento, 2022), también, “consenso por descarbonización” (Svampa y Bringel, 2023).

Al referirnos a “extensión energética”, vamos más allá de lo que mencionamos anteriormente como adición energética (Azamar, Olivera y Tornel, 2022) proceso que focaliza en la adición de energías biofísicas que acompaña las sucesivas transiciones energéticas dado el aumento de la demanda de energía. Con “extensión energética” nos referimos a un proceso de mutación del modelo de acumulación tras la crisis del 2008, con la cual el poder corporativo hegemónico intenta restaurar la rentabilidad y reproducción ampliada de capital mediante la reconfiguración de la lógica extractiva aunada a las transformaciones sociotecno-energéticas de la denominada cuarta revolución industrial.

Más allá de las materias primas

En base a lo señalado anteriormente, nos parece interesante acudir a una noción ampliada de la extracción y el extractivismo como la que señalan Gago, V y Mezzadra, S (2015). Estos autores radicalizan la noción de estos conceptos para señalar su relación orgánica con las finanzas para ir más allá de su sectorización en las materias primas.

En esta dirección, indagar en los grandes fondos de inversión como Black Rock da cuenta de esta carnal relación entre extractivismo, deuda y financiarización de la naturaleza y de las vidas en Nuestra América. Black Rock, fondo de inversión nacido en 1988 en Nueva York adquirió centralidad tras la crisis del 2008, se posicionó como líder mundial en la gestión de activos tras ser un socio-estratégico del gobierno norteamericano en el manejo de los activos tóxicos de empresas como Lehman Brothers. Este fondo gestiona alrededor de once billones de dólares al año (Bloomberg, 2025) e invierte al menos un 70% de sus activos totales a nivel mundial en acciones de empresas extractivas de metales y minerales2. En Argentina, es uno de los principales accionistas junto al fondo de inversión Vanguard, de empresas como Livent que extrae litio del Salar Hombre muerto desde los noventa. Ambos fondos forman parte de los principales tenedores de deuda de Argentina (Informe Fundeps y RUIDO, 2023).

Según Bloomberg (2025) “Black Rock considera que fenómenos estructurales como la inteligencia artificial, la transición energética, la evolución de las finanzas y la fragmentación geopolítica son hoy los nuevos motores del rendimiento a largo plazo (…) En América Latina Black Rock ve oportunidades vinculadas justamente a esas megafuerzas: recursos naturales, innovación tecnológica y transición energética”3.

Como señalan Azamar y Alonso (2017), el incremento del endeudamiento externo en Nuestra América y la dificulta de cubrir los altos intereses de la deuda son un rasgo histórico del modelo primario-exportador de nuestra economía.

La reprimarización de la economía a comienzos de milenio recibió el nombre de “neoextractivismo”, para diferenciar este “superciclo” extractivo de los anteriores, dada la centralidad de China como socio comercial de la región, y la redistribución de las entradas de divisas hacia políticas sociales. Este boom extractivo de los commodities se contrae a partir del 2012-2015 (Rodríguez Garavito y Baquero Díaz, 2020), lo que dificulta aún más el intercambio comercial, el equilibrio de la balanza de pagos y la sostenibilidad de la economía y de la vida en los países de la región.

El progresivo y colosal endeudamiento de Argentina a partir del 2018, momento en que pacta el préstamo más grande de la historia del Fondo Monetario Internacional (FMI), dan cuenta de la carnal e histórica relación entre extractivismo y endeudamiento. Este espiral de endeudamiento debilita las posibilidades de “negociación” con las empresas inversoras y extractivas del país, ya que las mismas son acreedoras de la deuda. Da cuenta de aquello, la aprobación en Argentina bajo el gobierno de Milei, del Régimen de Incentivo de Grandes Inversiones (RIGI) promulgado el 8 de Julio del 2024, que profundiza las desiguales relaciones de intercambio, e instaura en régimen neocolonial de extracción de bienes comunes en el país (Hurtado, 2025).

¿Un nuevo espíritu del capitalismo?

Desde esta noción ampliada de la extracción y el extractivismo, podemos pensar la relación entre el extractivismo de bienes comunes, las deudas soberanas y la configuración de activos financieros ligados al mercado verde. En este sentido, el enverdecimiento de la economía surge como una redención de la gobernanza global ante los desequilibrios emanados por sus propias decisiones y acciones, las que dicen hoy poder remediar.

Como lo expone la Comisión trilateral en su reporte del 2022 titulado “Task force on global capitalism in transition”. En este reporte la Trilateral promulga una entrada a una quinta etapa que denominan como “capitalismo global”. Un nuevo espíritu en el cual se posicionan como los grandes hacedores de los cambios necesarios para afrontar lo que identifican como los principales problemas a resolver: 1) El cambio climático, 2) La revolución digital y sus perturbaciones, 3) las desigualdades en alza. Para avanzar, según dicen, a un capitalismo más sostenible e inclusivo. En el documento señalado, la crisis climática se centra en el aumento de las emisiones de las economías fósiles. En tanto, la solución se planta en una “transición energética” enfocada en la innovación y eficiencia energética con eje en la multiplicación de las inversiones verdes, los mercados de carbono y los mecanismos de desarrollo limpio (voluntarios). O bien la instauración de un “Club del clima” entre las economías avanzadas para guiar el proceso de descarbonización, poniendo su aplicación en manos de las grandes potencias. Junto a esto, para la revolución digital proponen establecer una alianza de “tecnodemocracias” que contribuya a crear un orden digital que maximice el valor económico de las innovaciones. Poniendo en manos de las grandes corporaciones los datos de regiones enteras.

En torno a la desigualdad, en primer lugar, el informe subraya que, si bien existe una gran desigualdad entre países, la mayor desigualdad se encuentra dentro de ellos. Después de desentenderse de la centralidad geopolítica de la desigualdad abre paso a su naturalización: “El éxito en la vida y la posición de uno en la distribución del ingreso es en parte el resultado de la suerte, en parte el resultado del talento innato y en parte, y más importante, el resultado de las habilidades, experiencias y certificaciones que una persona acumula durante su vida. Una apertura más equitativa e inclusiva de oportunidades económicas desde el principio reduce la necesidad de redistribución a través de impuestos y subsidios”. (Informe Trilateral, 2022, 5).

En síntesis, el informe promociona un capitalismo verde, digital e inclusivo como cimiento de un nuevo pacto social comando por el poder corporativo. Como señalan González, Fernández, Hernández y Ramiro “el hilo conductor de este imaginario partiría de la digitalización como espacio clave para la reproducción sostenida del capital. La combinación de big data, plataformas, 5G, internet de las cosas e inteligencia artificial conformaría la punta de lanza necesaria para generar los tan ansiados incrementos en productividad y formación de capital, indicadores estratégicos para impulsar una nueva onda expansiva de crecimiento. Al mismo tiempo, esta nueva economía digitalizada reduciría drásticamente la necesidad de energía y materiales, desacoplando crecimiento económico y consumo físico” (2022, 14).

Bajo la misma promoción de un nuevo espíritu del capitalismo, el Foro Económico Mundial en la cumbre del 2021 señaló “el gran reinicio, es un compromiso para construir de manera conjunta y urgente las bases de nuestro sistema económico y social para un futuro más justo, sostenible y resiliente” (FEM, 2021). “Solo tenemos un planeta y sabemos que el cambio climático podría ser el próximo desastre global, con consecuencias aún más dramáticas para la humanidad. Tenemos que descarbonizar la economía en el breve lapso que aún nos queda y armonizar nuestra forma de pensar y actuar con la naturaleza” (Klaus Schwab, FEM,2020)4.

Lo señalado a través de los documentos deja entrever un ethos verde en el centro de la reconversión discursiva de este neoliberalismo sostenible-verde-post pandémico. Este ethos se sostiene en “falsas soluciones” ancladas a fórmulas eficientistas que han sido ampliamente criticadas por los movimientos y activistas socioambientales y académicos que vienen desde hace décadas enfatizando en la imbricación de la justicia ambiental y la justicia social (Martínez Alier, 2015: Merlinsky, 2021).

En este sentido, es importante comprender la reestructuración del modelo de acumulación y las estrategias corporativas mundiales en base a los requerimientos de las cadenas globales de valor ancladas a la denominada cuarta revolución industrial y la descarbonización de la matriz energética. En estas, se efectúa una reprimarización de la economía que incluye bienes comunes no capitalizados con anterioridad, atendiendo al conocido llamado de las ventajas comparativas.

Como es el caso de la Puna de los Andes, donde se encuentran las mayores reservas mundiales de litio (Argentina, Bolivia, Chile), mineral altamente cotizado para la conservación en baterías de energía intermitente del viento y del sol. En este punto, es importante señalar que el litio puede obtenerse de diversas formaciones geológicas, como rocas entre otras, pero los salares cuentan con la “ventaja”, de proporcionar un mineral de alta pureza, lo que finalmente repercute en menores gastos asociados a su extracción.

Como señala la Agencia Internacional de Energía en su informe de perspectivas mundiales de minerales críticos para el 2025: “La demanda de minerales energéticos clave continuó creciendo con fuerza en 2024. La demanda de litio aumentó casi un 30%, superando significativamente la tasa de crecimiento anual del 10% observada en la década de 2010. La demanda de níquel, cobalto, grafito y tierras raras aumentó entre un 6% y un 8% en 2024. Este crecimiento se debió principalmente a aplicaciones energéticas como vehículos eléctricos, almacenamiento en baterías, energías renovables y redes eléctricas. En el caso del cobre, la rápida expansión de las inversiones en redes eléctricas en China ha sido el principal factor que ha contribuido al crecimiento de la demanda en los últimos dos años. En el caso de metales para baterías como el litio, el níquel, el cobalto y el grafito, el sector energético representó el 85% del crecimiento total de la demanda durante el mismo período”5.

Como señalamos anteriormente, la profundización de la digitalización de la economía, del trabajo y de la vida, la aceleración en el uso de la inteligencia artificial, como también, la necesidad de avanzar en la desfosilización de la matriz energética genera profundas insustentabilidades en los territorios del Sur global donde se encuentran estos cotizados bienes comunes y minerales necesarios para propulsar estas innovaciones. En este sentido, la intensificación de este extractivismo verde absorbe agua de zonas extremadamente áridas, como son los salares de la Puna, entre muchas otras zonas de sacrificio.

Según un estudio reciente realizado por geólogos de la Universidad de Chile, el Salar de Atacama se hunde a una tasa de 1 a 2 centímetros por año: “El proceso de extracción de litio ha resultado en una caída significativa en los niveles de agua subterránea de más de 10 metros en los últimos 15 años. Es decir, la velocidad de pérdida es más rápida que la velocidad de recarga6.

Esta reacomodación de las tácticas y técnicas de las grandes corporaciones ante los requerimientos del capital global y su articulación con formas de gobernanza local se expone en el informe del Banco Interamericano de Desarrollo titulado “Nuevos horizontes de transformación productiva en la región andina”. En el documento se muestra al nuevo contexto internacional como amenaza u oportunidad para estos territorios.

De este modo, se presentan las industrias extractivas como palanca a la transformación bajo el argumento de que “La región andina se encuentra en un momento en el que la toma acertada de decisiones se torna indispensable. Luego del Acuerdo de París, el mundo ha puesto en marcha una agenda de descarbonización; es posible que existan desafíos en su implementación, pero el mundo ha decidido avanzar en esta dirección. La región se enfrenta a grandes retos, pero también a muchas oportunidades. Las materias primas relacionadas con combustibles fósiles representan un cuarto de las exportaciones de la región y contribuyen en más de 10% a los ingresos fiscales. La región tiene todavía un potencial no desarrollado en cobre, litio y otros materiales; minerales necesarios para esta transición, que hoy en día representan un 20% de las exportaciones”. (Informe BID, 2023, 4).

Porque esta “extensión energética” del capital opera mediante la reconversión de las estrategias corporativas para gobernar lo social. Al tiempo que aumentan las toneladas de carbonato de litio extraído del Salar de Atacama en Chile o del Salar Olaroz en Argentina, se multiplican las certificaciones de las empresas extractivas como “socialmente responsables y sostenibles” como la Iniciativa para la Garantía de la Minería Responsable (IRMA), o la Iniciativa de Reporte Global “GRI”. Con estos sellos verdes, aunados a los criterios de “Environmental, Social and Governance” (ESG) que dan cuenta del “nuevo espíritu del capitalismo”, las empresas refuerzan su rentabilidad en un mercado de valores (London Stock Exchange Group, 2024)

“La obtención de la certificación IRMA 75 ofrece más que un simple reconocimiento a la industria; demuestra que se cumplen los criterios de minería responsable. Implica que las minas no se centran únicamente en la extracción de recursos, sino que se comprometen a minimizar el daño a las personas y al planeta. Además, transmite un mensaje contundente a los posibles inversores sobre la dedicación de la empresa a las prácticas éticas, lo cual puede influir significativamente en las decisiones de inversión”.7

De modo que este “consenso por la descarbonización” (Svampa y Bringel, 2023) enceguece las desposesiones que acompañan a este capitalismo verde oliva en otras regiones del mundo, como Nuestra América o África donde se encuentran altas concentraciones de minerales críticos, de deudas soberanas y de trabajos precarios (Lander, 2023; Dietz, 2023; Svampa, 2022).

¿Energía para qué y para quién? Más allá de los negocios del clima: Una democracia radical

Según cifras del Banco Mundial8, tras la guerra en Ucrania ha aumentado el número de personas que no tienen acceso a la red eléctrica. Al mismo tiempo, se multiplican proyectos ligados al almacenamiento de datos como Google, devoradores de enormes cantidades de agua y energía. Aumenta la velocidad y voracidad de la inteligencia artificial, como también, proyectos ligados a la digitalización de la economía como el minado de criptomonedas, lo que intensifica la presión extractiva (Jung, 2023). Según el informe especial sobre Energía e Inteligencia artificial de la Agencia Internacional de Energía (2025) la demanda de electricidad de los centros de datos a nivel mundial se duplicará para el 2030, superando el consumo eléctrico actual de Japón9.

En este sentido, es necesario disputar esta necesidad energívora del capitalismo, que devora tiempos de vida y territorios, en su afán de alimentar la expansión del capital. En nuestra región, la organización de diversos movimientos socioambientales, red de activistas, académicos e intelectuales, como el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur dan cuenta de esta tarea urgente de problematización de la crisis energética como crisis civilizatoria, y de desbaratamiento del “consenso extractivista” que recorre la coyuntura de crisis socioecológica. Una transición energética que atienda al pensamiento crítico solo tiene cabida ante una transformación radical del actual modelo de acumulación/consumo y de las relaciones de poder en que se sustenta (Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur). 10

Sin duda, la problemática ambiental activa múltiples sentidos y capturas de sentido por el amplio espectro político. Todos tienen su lado verde, desde la ultraderecha hasta la izquierda más radical, lo central es pensar cómo articular las luchas socioambientales desde una crítica anticapitalista, anticolonial y antipatriarcal. Ante esta estrategia tecnocorporativa verde y digital es preciso configurar una estrategia socioecológica contrahegemónica. Para Fraser (2021): “El disenso climático, en consecuencia, muestra tensión no “solo” porque el destino de la Tierra pende de un hilo, ni “sólo” porque hay poco tiempo, sino también por el clima político está igualmente destrozado por la turbulencia” (p.103). La tarea, en primer lugar, es señalar con exactitud a los impulsores sociohistóricos del cambio climático. De modo tal, que, para ser una estrategia contrahegemónica de prevención ante la inminente catástrofe, la ecopolítica debe trascender lo medioambiental para volverse totalmente antisistemica, anticapitalista y transmedioambiental: Ecosocialismo. En este sentido, la transición energética para desanudarse de un capitalismo que se encamina hacia un modelo de “extensión energética” necesita plantearse a partir de una transformación profunda de la relación trabajo / energía, esto requerirá de un reencauzamiento de las energías sociales hacia una transformación socioecológica radical. De lo contrario, sólo será una reconversión de las formas de captación de energía humana y no humana hacia la acumulación de capital.

A modo de cierre

Comprender las insustentabilidades, formas de despojo y falsas soluciones que la transición verde y digital significa para el Sur global aporta a la comprensión en torno a cómo ha mutado la relación trabajo/energía a partir de las sucesivas crisis devenidas desde la década del setenta. A medida que se desvaloriza la fuerza de trabajo asalariada frente a su imposibilidad de “venderse” en el mercado, se multiplican las formas de apropiación de la “energía disponible para” el trabajo, desde el hogar, desde la familia, desde la comunidad, desde el tiempo “libre”, desde la naturaleza. Se nutre todo el sistema de una actividad “energívora”. Actividad extractiva que no sólo extiende sus fronteras, sino que intensifica su ocupación, rearticulando su “gestión de las energías” en función de las resistencias a esta creciente depredación. Se depreda ya no sólo la “energía disponible para” el trabajo del presente, sino también, la “energía disponible para” el futuro, un futuro amarrado al pago de la deuda. Deuda que se paga con la sobreexplotación y apropiación de cuerpos, vidas, territorios y bienes comunes, a esto lo llamamos un modelo de “extensión energética”. Por este motivo, la crisis civilizatoria nos lleva a la centralidad de construir un bloque contrahegemónico que sea, como señala Fraser (2021) transmedioambiental y anticapitalista. De otro modo: “There is not alternative”.

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2 https://www.blackrock.com/cl/productos/229981/blackrock-world-mining-a2-usd-fund

3 https://www.bloomberglinea.com/mercados/blackrock-redefine-su-estrategia-de-inversion-2025-inteligencia-artificial-energia-y-gestion-tactica/

4 https://www.weforum.org/press/2020/06/the-great-reset-a-unique-twin-summit-to-begin-2021/

5 https://www.iea.org/reports/global-critical-minerals-outlook-2025/executive-summary

6 https://geologia.uchile.cl/noticias/219450/estudio-u-de-chile-detecta-que-salar-de-atacama-se-hunde-1-2-cmano

7 https://www.innovationnewsnetwork.com/guide-to-the-initiative-for-responsible-mining-assurance-irma/37379/

8 https://www.bancomundial.org/es/topic/energy/overview#1

9 https://www.iea.org/reports/energy-and-ai

10 https://pactoecosocialdelsur.com/manifiesto-de-los-pueblos-del-sur-por-una-transicion-energetica-justa-y-popular-2/