PÁEZ, Tomás –Comp. (2020) Democracia y autoritarismo en América Latina. Kalathos ediciones. Madrid

“el hombre se hace más animal cuando más es miembro de una masa y se hace tanto más hombre cuando más se individualiza espiritualmente”

Ortega y Gasset

En el análisis que Popper hace de la historia de Atenas y Esparta arriba a la conclusión de que la sociedad cerrada se construye con base en las concepciones absolutistas, con poco o ningún espacio para el disenso, mientras que la sociedad abierta se fundamenta en la creación de un clima en el que no existe un punto de vista único o privilegiado del mundo y todas las opiniones se pueden expresar libremente. Popper somete a crítica los principios de verdad, de verificación y de objetividad y lo sustituye por el de falsación. Todas las teorías y los planteamientos pueden someterse a discusión y la “verdad” surge como producto del control social sobre los resultados de la investigación1.

La sociedad cerrada y los modelos dictatoriales y totalitarios fundamentan el control social por la imposición del pensamiento único y privilegiado; es decir, de una forma “verdadera” de concebir al mundo, que puede erigirse en el mito de la raza superior o de una clase social revolucionaria. De las andanzas autoritarias tiene Latinoamérica y el Caribe larga y dolorosa historia, se intentó imponer el socialismo por la fuerza en la segunda mitad del siglo pasado y sus resultados fueron destrucción, muerte y más pobreza. Fracasada la vía armada, pretenden sin renunciar a la violencia pasar de contrabando las viejas teorías absolutistas con un falso discurso de la democracia, la igualdad y la libertad.

La confrontación entre sociedad cerrada y sociedad abierta, entre colectivismo e individualismo, entre socialismo y democracia, entre estatismo y mercado, no es nueva y necesariamente va continuar en la academia y en la intelectualidad política, pero el debate debería tomar en cuenta la experiencia reciente de la apertura económica en el subcontinente. Los países latinoamericanos que habían hecho bien y a tiempo las tareas tendentes a la modernización de la economía y la institucionalidad, superaron con éxito en la primera década de este siglo la crisis mundial que todavía incide en la economía y la política de los Estados Unidos y mantiene estancada a la Unión Europea, con amenazas a la propia existencia del euro.

La mayoría de las naciones del subcontinente aprendieron la lección de las décadas perdidas, resultado del fracaso del centralismo estatista, lo más cercano al régimen socialista y dijeron basta al papel de conejillos de indias de teóricos propios, estadounidenses y europeos, que tuvieron la región de laboratorio social durante el siglo XX. Abandonado el marxismo en sus variadas versiones dependentistas, optaron por la apertura económica; una política dinámica de modernización e internacionalización de la economía, mediante reglas claras, confiables y permanentes para la industria y el comercio nacional e internacional; intensa utilización de la ciencia y la tecnología; eficiencia en la producción, exportación diversificada a menor costo y competitividad en los mercados; generación de empleos de calidad y mejoramiento del bienestar de la población. Las naciones que han comprendido los cambios de la mundialización ven crecer su economía y suman en escala mundial para disminuir la brecha con los países ricos. Brasil, México, Colombia, Chile, Uruguay, Perú, Panamá, Costa Rica tienen hoy menos pobres que antes de aprovechar las oportunidades de las nuevas realidades del mercado.

En América Latina y el Caribe la apertura económica, como cualquier proceso social, adquiere características propias en la ejecución de acciones del tipo; privatizar y fusionar empresas públicas, permitir que las importaciones compitan libremente con los productos nacionales y eliminar las barreras al libre comercio. Desde finales del siglo pasado el movimiento ha recorrido el subcontinente con aciertos y errores, con avances y retrocesos, cargando siempre con el peso de la confrontación ideológica. El mundo cultural latinoamericano es crítico acérrimo de la apertura (salvo contadas excepciones, ni conoce ni le interesa comprender) y sigue negando las evidencias de sus logros. Esa conducta justifica la preocupación por contribuir con argumentos sólidos a favor de la modernización.

La apertura iniciada con éxito en la mayoría de los países en la década de los ochenta y principios de los noventa del siglo XX es un reconocimiento a esa formidable institución que es la empresa y el sistema de mercado, no reducida al encuentro entre compradores y vendedores, sino comprendiendo que es también espacio de intercambio entre diferentes ideas y criterios, valores y creencias, posturas filosóficas y religiosas. El mercado y la democracia conforman una estructura social en la cual las visiones del mundo pueden convivir en condiciones de respeto e igualdad.

En Latinoamérica y el Caribe la prédica totalitaria cuentan a su favor con los mitos arraigados en todos los estratos sociales, especialmente en los intelectuales. El subcontinente es rico; posee energía, cobre, petróleo, gas, tierras privilegiadas, agua e innumerables bienes naturales, pero otros (el imperialismo, las transnacionales, el neoliberalismo) son los responsables de que no lo hayamos utilizado de un modo apropiado. Somos ricos pero nos quitan todo. Estamos dotados de superioridad moral, somos creativos y distintos a los rígidos patrones europeos, japoneses o estadounidenses. Se asocia creatividad con capacidad para sobrevivir, mientras las patentes y las invenciones se producen precisamente en los países “no creativos”. Los desaciertos de la región, que abundan, no nos pertenecen, son responsabilidad de terceros.

Un tema de gran interés es la desigualdad y las distancias sociales que conforman un mal endémico. En el siglo XX, con el objeto de impulsar el desarrollo se pusieron en práctica teorías inadecuadas para superar las brechas sociales y de ingreso que, en lugar de reducir las distancias con respecto a los países industrializados, las acrecentaron. Hay una corriente de igualación autoritaria que rechaza el pluralismo y asume la premisa de la imposición desde la hegemonía. Cuando tal idea de la igualación defendida por el modelo revolucionario condujo los procesos de reorganización e ingeniería social, los resultados demostraron su ineficacia: destrucción de los avances sociales pre existente, autocracia, incremento de la pobreza, esterilidad cultural. El pluralismo, en sentido contrario, se plantea realizar cambios culturales y reformas democráticas basados en que la fecundidad de la cultura depende de las diferencias políticas, étnicas o sociales y, por lo tanto, sus aportes se absorben automáticamente.

Los ensayos contenidos en este libro proceden de las ponencias presentadas en la mesa redonda “Democracia y Autoritarismo en América Latina y el Área Mediterránea”2 en la cual se hizo una discusión comparativa entre América Latina y los países mediterráneos, con mayor énfasis en Grecia, España e Italia en la relación libertad y mercado. Temas como calidad institucional, sociedad-gobierno y función de las elites, importancia de la descentralización en la democratización de las naciones, propiedad privada e igualdad, son objeto de análisis por los diferentes autores. En buena medida los documentos fueron estimulados por la confrontación con las llamadas posiciones progres, insoportable losa ideológica sobre las políticas modernizadoras que necesitan Latinoamérica y el Caribe.

Carlos Alberto Montaner cedió generosamente al grupo el esclarecedor ensayo que abre la publicación. Facilitó la introducción ideal, lejos del sentido formal y tradicional, sino por la definición de ética práctica. Nuestro agradecimiento. Dice Carlos Alberto:

“lo que les da consistencia moral a nuestras valoraciones éticas es la congruencia entre los principios abstractos que decimos sustentar y la aplicación práctica de esos principios ante la realidad. Si soy un enemigo de la pena de muerte y creo que debe eliminarse de manera total, no puedo aplaudir el fusilamiento de los criminales serbios o de mis adversarios. Si me opongo a la discriminación de las personas por su raza, preferencias sexuales o ideas políticas, no me es dable apoyar el apartheid sudafricano, repudiar a un hijo o a un amigo homosexual o respaldar las dictaduras de Pinochet o de Fidel Castro.”

Somete luego a consideración un caso concreto, el editorial de El País y el Che Guevara (10 de octubre de 2007). Cierra el ensayo con el siguiente párrafo:

“si algo sirve la figura del Che a estas alturas del siglo XXI es para medir la integridad moral de las personas y su coherencia ética. Nadie que se considere un verdadero demócrata, respetuoso de la dignidad humana, puede invocar su ejemplo sin incurrir en una grave y descalificadora contradicción. ¿Quién puede, en cambio, ser genuinamente guevarista? Sin duda, las personas que creen en las virtudes y ventajas de las sociedades totalitarias y están dispuestas a admitir cualquier método para lograr establecerlas, incluido el asesinato. ¿Cuántos de los 250 firmantes de la carta3 de marras responden a ese perfil? Sospecho que no demasiados. Tal vez una docena. ¿Por qué, en ese caso, se prestaron a ello? No sé. Supongo que son cosas que hacen los progres.”

Manuel Hidalgo Trenado

Universidad Carlos III. Madrid

e-mail: mhtrenad@polsoc.uc3m.es


1 La lógica de la investigación científica.

2 FEDERACION INTERNACIONAL DE ESTUDIOS SOBRE AMERICA LATINA Y EL CARIBE (FIEALC). XIV CONGRESO DE LA FIEALC. Bajo los auspicios del Departamento  de Lengua y Literatura Italianas y Españolas de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional y Kapodistríaca de Atenas . (14 al 16 de octubre del 2009, Atenas, Grecia). Tema Central: América Latina y el Mediterráneo: ideas en contacto

3 Ocho días después de publicado el editorial la dirección de El País se vio obligada a insertar una carta de protesta suscrita por 250 redactores del periódico que, “consideran que el texto publicado no abordaba en su totalidad la figura de un personaje como el Che Guevara”