Así, hacer de los espacios escolares lugares para vivir la diversidad se convierte entonces en
una meta humanista, una práctica política de estética de la existencia. Por consiguiente, la
ciudadanía cosmopolita implica la capacidad de establecer un diálogo genuino con otras
singularidades que se niegan a ser reducidas a entidades fijas o dóciles, reconociendo sus
tradiciones culturales e históricas, sin que ello implique la negación de las propias. Esta concepción
se alinea con lo que Walsh (2013) describe como un proyecto de vida pedagógico, que es un
esfuerzo por desaprender la sumisión ante la norma universitaria para aprender a construir alianzas
entre diferentes maneras de ser y saber, garantizando que el diálogo cosmopolita sea un real
ejercicio de liberación.
En ese caso, la lectura crítica puede constituirse en el ingrediente pedagógico oportuno para
labrar este tipo de ciudadanía; es por ello resulta pertinente mencionar a Cassany (2006), quien ha
señalado que leer críticamente significa comprender lo que el texto dice y también lo que no dice,
quién lo dice, desde qué posición y con qué efectos. Esta lectura contra el texto hace del acto leer
una práctica de autoformación y de resistencia epistémica. También, De Zubiría (2025) señala que
“la lectura crítica nos protege contra el fanatismo, el dogmatismo y la manipulación” (p. 1), por lo
que leer críticamente se constituye en un acto de defensa ante voces populistas que ocasionalmente
aparecen en nuestros países pretendiendo capturar mentes dóciles no acostumbradas a cuestionar,
dudar y disentir.
Por otro lado, Freire (1970) ofrece el basamento político de esta propuesta en divulgada
publicación Pedagogía del Oprimido, en ella afirma que la educación es siempre un acto de
conocimiento en el que profesores y estudiantes se confrontan con la realidad en procura de su
transformación; sin embargo, desde una perspectiva foucaultiana este acto de conocimiento se trata
del establecimiento de una lucha dentro del régimen de verdad particular.
Asimismo, en Pedagogía de la Autonomía, Freire (1997) añade que la enseñanza amerita el
reconocimiento de la identidad cultural del educando, su historia y su forma de estar en el mundo.
La lectura crítica, al incluir textos culturalmente relevantes para los estudiantes y al promover el
debate de ideas sobre las realidades que les son propias, hace que el acto de leer y el acto de existir
dejen de ser entidades separadas y se configuren en una sola praxis, haciendo de la lectura crítica
una práctica de libertad o, en palabras de Foucault (1990, 2003), una tecnología de sí en la que el
aula de clases deja de ser un espacio de instrucción para transformarse en un lugar de resistencia
donde se cuestionan los discursos que moldean la forma de ser y estar en el mundo. De esta manera,
el hecho de incluir textos culturalmente relevantes unifica el acto de leer con el de existir y,
también, permite al estudiante descifrar como el poder atraviesa su propia subjetividad, haciendo
de la lectura una praxis que reta las estructuras de dominación externas y las ya internalizadas.
En este sentido, Giroux (1990) complementa esta particular perspectiva al plantear que los
docentes asuman el rol de intelectuales transformadores, denominándolos como agentes culturales
que usan el espacio escolar de clases para interrogar las relaciones de poder y construir una cultura
libre y democrática. Esta labor, desde la óptica de Foucault (1990, 2003), implica reconocer a la
escuela como territorio no neutral, como un dispositivo de vigilancia y normalización donde el
poder y el saber son inseparables. Entonces, para lograr dicha configuración libre y democrática,
el docente debe procurar la desarticulación de las tecnologías de poder que actúan en el aula,
transformando así este nicho en un lugar de resistencia frente a la docilidad de los cuerpos y la
mente.
A este respecto, Nussbaum (2010) argumenta que las humanidades; es decir, la literatura, la
filosofía, el arte, son indispensables para cultivar la imaginación narrativa que permite a los
ciudadanos ponerse en el lugar de los otros y comprender la complejidad de sus situaciones;
Rodríguez (2025) reflexiona en el hecho de que “hemos preparado a los ciudadanos para producir,
pero no para vivir. Les hemos preparado para competir, pero no para conversar” (p. 1), destacando
así la apremiante necesidad de fomentar el pensamiento crítico en las aulas de clases.