Por un lado, se considera necesario conocer los contextos étnico-culturales para ofrecer una
educación integral, libertaria, emancipadora y contextualizada (Mesa-Manosalva, 2022). Por otro
lado, las reflexiones y acciones que proponen autores como Vallejos-Romero et al. (2022) y
Thomas et al. (2022) se traducen en el diseño de un microsistema educativo, materializado en una
escuela de artes y oficios nutrida de los saberes y tradiciones que forman parte de la identidad local
y elaborado de manera colaborativa y participativa. Aún queda mucho por hacer; sin embargo, este
trabajo es un aporte de presente y futuro. Ahora bien, como eje principal de la conceptualización
del buen vivir se identifican el bienestar, la calidad de vida y la satisfacción de necesidades, junto
a un respeto de la identidad y las características específicas de las comunidades y con énfasis en la
escala local-regional.
Hablando de Riqueza: Intersecciones y Centralidades
Es crucial enfatizar que el concepto de riqueza no se circunscribe exclusivamente a la
acumulación de bienes materiales o capital financiero, sino que abarca la generación y preservación
de bienestar social, cultural y espiritual. Según Acosta (2013), en variadas comunidades de Abya
Yala, la riqueza es evaluada desde múltiples dimensiones que incluyen las posesiones materiales,
las relaciones sociales, el conocimiento ancestral y la conexión con el entorno natural. Dentro del
marco conceptual del Buen Vivir o Sumak Kawsay, se inscribe una filosofía que tiene sus raíces
en los saberes y prácticas de los pueblos indígenas de América Latina, especialmente en los Andes.
Este concepto se expone como una alternativa al desarrollo tradicional, centrado en el crecimiento
económico y la acumulación de bienes materiales, proponiendo en cambio un modelo que valora
la armonía con la naturaleza, la solidaridad entre las personas y el respeto por la diversidad cultural
como elementos fundamentales para una vida plena.
La riqueza en este enfoque se mide por la calidad de las relaciones humanas, la preservación
de la biodiversidad y el conocimiento ancestral que fomenta el equilibrio con el entorno. Resalta
la interdependencia entre el bienestar humano y el del planeta, valorando la cooperación y el trabajo
colectivo como pilares del tejido social, por encima de la competencia individualista. El
conocimiento ancestral, por su parte, abarca no solo técnicas agrícolas o medicinales tradicionales,
sino también una profunda comprensión de los ciclos naturales, la biodiversidad y la ecología local,
que constituyen una riqueza invaluable para enfrentar los desafíos contemporáneos, incluido el
cambio climático.
Por lo tanto, el reto radica en articular la conexión entre la producción cultural y la generación
de riqueza, dos conceptos que, a primera vista, podrían parecer antagónicos. Este desafío demanda
una reflexión profunda sobre nuestra comprensión de ambos términos. Es imperativo reconocer
que la producción cultural trasciende la noción de un bien comercializable; más bien, sirve como
un reflejo de la identidad, historia y valores comunitarios (Mignolo, 2011). Así, cualquier iniciativa
de comercialización o monetización de la producción cultural debe abordarse con cuidado,
respetando su significado intrínseco.
Adicionalmente, la generación de riqueza no debe concebirse como un objetivo en sí mismo,
sino en términos de su impacto en el bienestar colectivo de la comunidad. Esto implica que la
riqueza no se debe acumular en detrimento de otros, sino distribuirse de manera equitativa (Stiglitz,
2012). Desde esta perspectiva, la acumulación de riqueza por parte de una minoría, mientras una
proporción significativa de la población enfrenta la pobreza y la exclusión, es injusta y genera una
serie de efectos negativos para la sociedad en su conjunto. Estos efectos incluyen una menor
movilidad social, un acceso desigual a la educación y la salud y un debilitamiento de la confianza
y solidaridad entre los miembros de la comunidad.
La equidad en la distribución de la riqueza es un imperativo ético y económico que fomenta
la estabilidad social, la democracia y el desarrollo humano integral y sostenible, al reducir las
brechas de poder derivadas de la desigualdad. Este principio también se alinea con los enfoques de
desarrollo sostenible, que buscan satisfacer las necesidades actuales sin comprometer las de futuras
generaciones. Un enfoque holístico integra las dimensiones económicas, sociales y ambientales,