Producción Cultural y Generación de Riqueza:
Tejiendo Relaciones Pedagógicas con el Buen Vivir
Alejandro Valenzuela Morales
Universidad Católica de Manizales. Facultad de Educación. Manizales-Colombia.
Las comunidades andinas se resisten la homogeneización cultural y reivindican su identidad, sostenibilidad y valores
ancestrales. La producción cultural, entendida como un acto de resistencia, integra tradiciones, música y artesanías
como pilares de cohesión social y sostenibilidad. El propósito del presente ensayo es analizar, a través de una revisión
crítica de la literatura, obras clave como la racionalidad ambiental de Leff (2009) y la ecología de saberes De Sousa
Santos (2010), así como casos prácticos y políticas públicas que reflejan la aplicación del buen vivir en educación y
sostenibilidad. Se argumenta que estas teorías desafían los modelos de desarrollo extractivistas, promoviendo una
noción de riqueza que incluye el bienestar social, cultural y ambiental. La metodología cualitativa y documental
aplicada se sustentó en una perspectiva crítica y decolonial para interpretar las conexiones entre producción cultural,
riqueza y pedagogía, con especial atención a prácticas comunitarias que resisten modelos extractivistas. Los resultados
subrayan que integrar saberes locales y valores comunitarios en la educación fortalece la identidad cultural, fomenta
la sostenibilidad y redefine la riqueza más allá de lo material. La pedagogía del buen vivir, con su enfoque en el
equilibrio con la naturaleza y la comunidad, ofrece una alternativa ética y práctica al modelo de desarrollo hegemónico.
Se concluye que este enfoque contribuye a la justicia social, la preservación cultural y la sostenibilidad, representando
un camino hacia un futuro equitativo y armónico.
Palabras clave: producción cultural, saberes ancestrales, prácticas pedagógicas, generación de riqueza, buen
vivir
Cultural Production and Wealth Generation: Weaving Pedagogical Relationships with Good
Living
Andean communities resist cultural homogenization and reivindicate their identity, sustainability, and ancestral values.
Cultural production, understood as an act of resistance, integrates traditions, music, and handicrafts as pillars of social
cohesion and sustainability. The purpose of this essay is to analyze, through a critical review of the literature, key
works such as Leff’s (2009) environmental rationality and de Sousa Santos’s (2010) ecology of knowledges, as well
as practical cases and public policies that reflect the application of good living in education and sustainability. It is
argued that these theories challenge extractivist development models, promoting a notion of wealth that encompasses
social, cultural, and environmental well-being. The qualitative and documentary methodology applied was grounded
in a critical and decolonial perspective to interpret the connections between cultural production, wealth, and pedagogy,
with particular attention to community practices that resist extractivist models. The results highlight that integrating
local knowledge and community values into education strengthens cultural identity, promotes sustainability, and
redefines wealth beyond the material. The pedagogy of good living, with its focus on balance with nature and the
community, offers an ethical and practical alternative to the hegemonic development model. It is concluded that this
approach contributes to social justice, cultural preservation, and sustainability, representing a path towards an equitable
and harmonious future.
Keywords: cultural production, ancestral knowledge, pedagogical practices, wealth generation, good living
Notas de autores
Alejandro Valenzuela Morales https://orcid.org/0009-0003-6990-7081 email: alejo.valenzuela@ucm.edu.co
El autor declara no tener conflictos de intereses relacionados con la elaboración del presente trabajo.
Fecha de recibido: 11-02-2025 ~ Fecha de Aceptado: 26-03-2025
DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.15665805
e-ISSN 2731-2429 Depósito legal ZU2021000152
Vol. 32(1) enero junio 2025
https://produccioncientificaluz.org/index.php/encuentro
Introducción
La interrelación entre la producción cultural, la riqueza y la pedagogía del buen vivir (Sumak
Kawsay) constituye un campo de estudio multidimensional que aborda las implicaciones sociales,
económicas y educativas del bienestar integral en el contexto de las comunidades indígenas y su
visión alternativa del desarrollo. Así, en el corazón de las comunidades andinas, las luchas por la
resistencia y re-existencia se enfocan en la preservación ecológica de sus espacios vitales. La
resistencia cultural en Abya Yala
1
se revela como una expresión de creatividad, pero también como
un desafío a las tendencias hegemónicas, que destaca la importancia de las tradiciones ancestrales,
la artesanía, la música y la danza, pilares de una riqueza cultural profunda. Estos movimientos
trascienden la mera reacción ante amenazas foráneas y se constituyen en una reivindicación de la
identidad, la cultura, los valores y los saberes tradicionales que han sostenido a estas comunidades
a lo largo de los siglos.
Aunado a lo anterior, Leff (2009) afirma que la resistencia cultural en Abya Yala se
manifiesta, más allá de solo una expresión creativa o artística, como un desafío contra las
tendencias hegemónicas que procuran homogeneizar y mercantilizar las formas de vida. Las
prácticas como las tradiciones ancestrales, artesanía, música y danza se convierten en vehículos de
resistencia contra la asimilación y la marginación, y fortalecen el orgullo, la identidad y la cohesión
comunitaria. Estas expresiones culturales son esenciales para la fundación de una riqueza que
trasciende lo material, englobando aspectos sociales, culturales y espirituales.
El propósito del presente ensayo es analizar, a través de una revisión crítica de la literatura,
obras clave como la racionalidad ambiental de Leff (2009) y la ecología de saberes De Sousa
Santos (2010), así como casos prácticos y políticas públicas que reflejan la aplicación del buen
vivir en educación y sostenibilidad.
Desarrollo
Producción Cultural: Perspectivas y Apuntes
La producción cultural emerge no solo como una expresión de creatividad o manifestación
artística, sino también como un acto de resistencia frente a las dinámicas hegemónicas que
pretenden la homogeneización y mercantilización de la vida. Las tradiciones ancestrales, las
prácticas artesanales, la música, la danza y otras expresiones culturales representan fuentes de
orgullo e identidad para numerosas comunidades, pero son igualmente medios de lucha contra la
asimilación y marginalización De Sousa Santos (2010), argumenta que estas “expresiones
culturales son ejemplos vivos de la ecología de saberes” (p. 29), un concepto que propone la
coexistencia de conocimientos científicos y no científicos en una relación de complementariedad
y no de jerarquía. Desde esta perspectiva, las prácticas culturales ancestrales representan un legado
histórico, pero también un conjunto de conocimientos y técnicas adaptadas a las condiciones
locales y a las necesidades de las comunidades. Así, funcionan como herramientas esenciales para
la sostenibilidad ambiental, social y económica.
Estas formas de expresión cultural y saberes tradicionales ofrecen alternativas a los modelos
de desarrollo y modernización, que a menudo ignoran o subvaloran la importancia de la diversidad
cultural y la relación armoniosa con el entorno. Al promover prácticas como la agricultura
tradicional, la medicina herbal y las festividades que refuerzan los lazos comunitarios, se
1
Abya Yala, que significa Tierra Madura, Tierra Viva o Tierra en Florecimiento, fue el término utilizado por
los Kuna, pueblo originario que habita en Colombia y Panamá, para designar al territorio comprendido por el
Continente Americano. De acuerdo con el momento histórico vivido, se referían a este territorio de diferente
forma: Kualagum Yala, Tagargun Yala, Tinya Yala, y Abya Yala, siendo este último el que coincidió con la
llegada de los españoles. El término Abya Yala es en mismo un mbolo de identidad y respeto hacia las
raíces de los pueblos originarios” (Carrera y Ruiz, 2016:12)
contribuye a la construcción de sociedades más resilientes y capaces de enfrentar tanto los desafíos
contemporáneos como la presión de la globalización. Además, en el contexto de la lucha contra la
asimilación y la marginalización, estas expresiones culturales actúan como afirmaciones de
identidad y autonomía.
En un mundo donde las políticas neoliberales y la expansión del mercado global tienden a
erosionar las particularidades culturales, mantener vivas las tradiciones y prácticas artesanales es
en sí mismo un acto de resistencia. Esto preserva el patrimonio cultural y también asegura que las
futuras generaciones puedan acceder a un rico tejido de conocimientos y experiencias que definen
su identidad colectiva, como puede observarse en la Figura 1.
Figura 1
Dimensión cultural
Nota. Elaboración propia (2025)
Sobre la resistencia cultural contra la homogeneización y mercantilización, Conversi (2010)
argumenta que la homogeneización cultural es a menudo un proceso dirigido por el Estado que
busca la estandarización cultural y la imposición de la cultura de las élites dominantes. En este
sentido, la creatividad y la manifestación artística se revelan como actos de resistencia contra la
homogeneización y mercantilización. Estos actos pueden ser tanto individuales como colectivos,
y se manifiestan en una variedad de prácticas culturales, desde la preservación del patrimonio hasta
la producción artística y la música.
En esta misma lógica, se está fomentando la sostenibilidad, las prácticas tradicionales y el
desarrollo. La crítica a los modelos de desarrollo que ignoran la diversidad cultural es central para
comprender la resistencia cultural. Duncombe (2007) explora cómo la resistencia cultural puede
engendrar solidaridad y ser el punto de partida para imaginar nuevas comunidades y subjetividades
políticas. La resistencia se presenta como una alternativa a los modelos de desarrollo que a menudo
ignoran la sostenibilidad ambiental, la diversidad cultural y la preservación del patrimonio. La
resistencia cultural implica también la valoración y coexistencia de diferentes formas de
conocimiento. Patsiurko et al. (2012) sugieren que “la diversidad cultural puede ser un predictor
significativo del rendimiento económico en los países desarrollados” (p. 87), subrayando la
importancia de reconocer y valorar los conocimientos científicos y no científicos. Este
reconocimiento y valoración contribuyen a la preservación del patrimonio cultural como una forma
de resistencia.
La definición de la identidad colectiva a través de la preservación cultural es crucial para la
resistencia cultural. Kumpoh (2023) investiga cómo los grupos étnicos perciben y responden a los
procesos de homogenización cultural y destaca que, aunque hay una aceptación general de la
homogenización, también hay indicios de contestación debido a la declinación de la cultura y la
lengua étnicas.
Integrando Saberes: la Pedagogía del Buen Vivir
El concepto de Buen Vivir o Sumak Kawsay es originario de las cosmovisiones indígenas de
América Latina y ha sido incorporado en algunas constituciones y políticas educativas de la región.
Este enfoque plantea que el bienestar individual está íntimamente ligado al bienestar colectivo y al
equilibrio con la naturaleza. La pedagogía del Buen Vivir busca crear una educación que fomente
la armonía con uno mismo, con los demás y con el entorno, y también ayudar a tener habilidades
para convivir pacíficamente, valorar la diversidad y tener una conciencia ecológica.
Transversal a este concepto se encuentra inmiscuida la noción de humanización de la
educación, que busca posicionar a la persona en el centro del proceso educativo y enfatizar el
respeto, la empatía, la solidaridad y la formación de ciudadanos éticos y críticos (Freire, 2018).
La pedagogía del buen vivir aporta elementos para enriquecer la humanización de la
educación, al incorporar valores y cosmovisiones propias de las comunidades y vincularla con el
cuidado de la naturaleza y la cultura. Por su parte, la humanización de la educación puede
enriquecer la pedagogía del buen vivir al brindar herramientas pedagógicas y didácticas basadas
en la relación humana, la empatía y la generación de espacios de diálogo y reflexión.
Desde una perspectiva educativa compleja, decolonial e intercultural, Pauta-Ortiz et al.
(2023) analizan los principios filosóficos y antropológicos derivados de la cosmovisión indígena
quechua del Sumak Kawsay. Estos principios son elementos innovadores para la formación docente
y contribuyen a rescatar, revivir, resistir a los procesos de colonialidad histórica, mejorando sus
competencias pedagógicas y artísticas. Con una filosofía educativa transdisciplinar de la formación
docente se abren nuevos horizontes epistemológicos, educativos y políticos para sensibilizar a los
estudiantes.
Dentro de las consultas referenciales se identificó que, en un contexto de colonialismo
histórico y modelo neoliberal, impuesto luego de un período de conflicto armado, se perjudicaron
las estructuras sociales y las dinámicas familiares y comunales. Por lo anterior, los nuevos actores,
como iglesias evangélicas, llegaron a interactuar y moldear la vida cotidiana de los jóvenes
pertenecientes a comunidades indígenas. Según Villa Zura y Crespo Berti (2020), las relaciones
propuestas en el contexto del Sumak Kawsay o Buen Vivir, se alejan de los enfoques tradicionales,
ya que se fundamentan en una cosmovisión que promueve una vida en armonía, respeto mutuo y
gratitud.
En 2008, Ecuador se convirtió en el primer país en el mundo en reconocer a la naturaleza
como sujeto de derechos, fundamentado en la filosofía del Buen Vivir. Este principio, originario
de las cosmovisiones indígenas, propone una visión del mundo en la que los seres humanos son
concebidos como partes integrales de un entorno natural y social más amplio (Corte Interamericana
de Derechos Humanos, 2011).
El concepto se movilizó para implementar un proyecto donde dominaban las dimensiones
estéticas, perpetuando aún más las vulnerabilidades socioecológicas a través de la reubicación y
los desalojos. Además, su implementación estuvo supeditada a un momento político específico,
que lo dejó en un estado de abandono. A raíz de ello, la filosofía del buen vivir como postura
decolonial que desafía las formas occidentales de desarrollo “puede ofrecer una base fundamental
para cuestionar los actuales modos de ocupación territorial basados en estrategias extractivistas de
planificación y diseño” (Ambrós-Pallarés et al., 2023, p. 11).
Por un lado, se considera necesario conocer los contextos étnico-culturales para ofrecer una
educación integral, libertaria, emancipadora y contextualizada (Mesa-Manosalva, 2022). Por otro
lado, las reflexiones y acciones que proponen autores como Vallejos-Romero et al. (2022) y
Thomas et al. (2022) se traducen en el diseño de un microsistema educativo, materializado en una
escuela de artes y oficios nutrida de los saberes y tradiciones que forman parte de la identidad local
y elaborado de manera colaborativa y participativa. Aún queda mucho por hacer; sin embargo, este
trabajo es un aporte de presente y futuro. Ahora bien, como eje principal de la conceptualización
del buen vivir se identifican el bienestar, la calidad de vida y la satisfacción de necesidades, junto
a un respeto de la identidad y las características específicas de las comunidades y con énfasis en la
escala local-regional.
Hablando de Riqueza: Intersecciones y Centralidades
Es crucial enfatizar que el concepto de riqueza no se circunscribe exclusivamente a la
acumulación de bienes materiales o capital financiero, sino que abarca la generación y preservación
de bienestar social, cultural y espiritual. Según Acosta (2013), en variadas comunidades de Abya
Yala, la riqueza es evaluada desde múltiples dimensiones que incluyen las posesiones materiales,
las relaciones sociales, el conocimiento ancestral y la conexión con el entorno natural. Dentro del
marco conceptual del Buen Vivir o Sumak Kawsay, se inscribe una filosofía que tiene sus raíces
en los saberes y prácticas de los pueblos indígenas de América Latina, especialmente en los Andes.
Este concepto se expone como una alternativa al desarrollo tradicional, centrado en el crecimiento
económico y la acumulación de bienes materiales, proponiendo en cambio un modelo que valora
la armonía con la naturaleza, la solidaridad entre las personas y el respeto por la diversidad cultural
como elementos fundamentales para una vida plena.
La riqueza en este enfoque se mide por la calidad de las relaciones humanas, la preservación
de la biodiversidad y el conocimiento ancestral que fomenta el equilibrio con el entorno. Resalta
la interdependencia entre el bienestar humano y el del planeta, valorando la cooperación y el trabajo
colectivo como pilares del tejido social, por encima de la competencia individualista. El
conocimiento ancestral, por su parte, abarca no solo técnicas agrícolas o medicinales tradicionales,
sino también una profunda comprensión de los ciclos naturales, la biodiversidad y la ecología local,
que constituyen una riqueza invaluable para enfrentar los desafíos contemporáneos, incluido el
cambio climático.
Por lo tanto, el reto radica en articular la conexión entre la producción cultural y la generación
de riqueza, dos conceptos que, a primera vista, podrían parecer antagónicos. Este desafío demanda
una reflexión profunda sobre nuestra comprensión de ambos términos. Es imperativo reconocer
que la producción cultural trasciende la noción de un bien comercializable; más bien, sirve como
un reflejo de la identidad, historia y valores comunitarios (Mignolo, 2011). Así, cualquier iniciativa
de comercialización o monetización de la producción cultural debe abordarse con cuidado,
respetando su significado intrínseco.
Adicionalmente, la generación de riqueza no debe concebirse como un objetivo en sí mismo,
sino en términos de su impacto en el bienestar colectivo de la comunidad. Esto implica que la
riqueza no se debe acumular en detrimento de otros, sino distribuirse de manera equitativa (Stiglitz,
2012). Desde esta perspectiva, la acumulación de riqueza por parte de una minoría, mientras una
proporción significativa de la población enfrenta la pobreza y la exclusión, es injusta y genera una
serie de efectos negativos para la sociedad en su conjunto. Estos efectos incluyen una menor
movilidad social, un acceso desigual a la educación y la salud y un debilitamiento de la confianza
y solidaridad entre los miembros de la comunidad.
La equidad en la distribución de la riqueza es un imperativo ético y económico que fomenta
la estabilidad social, la democracia y el desarrollo humano integral y sostenible, al reducir las
brechas de poder derivadas de la desigualdad. Este principio también se alinea con los enfoques de
desarrollo sostenible, que buscan satisfacer las necesidades actuales sin comprometer las de futuras
generaciones. Un enfoque holístico integra las dimensiones económicas, sociales y ambientales,
preservando los ecosistemas y recursos naturales como base del bienestar humano. En la Figura 2
se muestra la relación entre estos conceptos.
La percepción de la riqueza ha estado históricamente vinculada a la acumulación de bienes
materiales. Sin embargo, desafíos como el cambio climático, la desigualdad social y la pérdida de
biodiversidad exigen ampliar esta definición. El Buen Vivir o Sumak Kawsay, basado en saberes
indígenas, propone un modelo alternativo que prioriza la calidad de vida, la sustentabilidad y la
armonía con la naturaleza y la comunidad. Este paradigma redefine la riqueza mediante indicadores
como las relaciones humanas, la transmisión de conocimientos ancestrales y la preservación del
entorno natural, ofreciendo un enfoque crítico a las métricas económicas tradicionales. La
cooperación, el apoyo mutuo y el respeto por los saberes tradicionales se destacan como pilares
fundamentales para construir soluciones sostenibles a los problemas actuales.
Figura 2
Relación entre conceptos de la definición de riqueza
Fuente: Elaboración propia (2025)
La producción cultural, más que un valor comercial, es clave para generar riqueza basada en
valores comunitarios y diversidad cultural. Inspirado en el buen vivir, este enfoque redefine la
riqueza como calidad de vida y sustentabilidad, promoviendo el desarrollo sostenible e integrando
humanidad, cultura y medio ambiente para un futuro más equitativo y justo.
Conclusiones
La educación desempeña un papel crucial como plataforma para valorar y fomentar los
saberes y prácticas locales. Al integrar estos conocimientos, la educación no solo fortalece la
identidad cultural, sino que también provee herramientas y recursos esenciales para que las
comunidades enfrenten los desafíos del mundo actual sin desvincularse de sus raíces y valores.
Además, se plantea una crítica a los métodos educativos tradicionales, frecuentemente
caracterizados como bancarios y deshumanizantes, que reducen al alumno a un receptor pasivo de
información. Frente a ello, se propone una pedagogía crítica que, al empoderar a los estudiantes,
los transforme en agentes activos de su propio aprendizaje y promotores del cambio social. Este
enfoque permite una interacción más significativa entre el saber local y las necesidades globales,
promoviendo una educación que sea inclusiva, liberadora y profundamente conectada con los
contextos socioculturales de cada comunidad.
Esta perspectiva educativa subraya la importancia de integrar los conocimientos ancestrales
y las experiencias vividas por las comunidades en el proceso de aprendizaje. Así, reconoce la
riqueza cultural y el valor de las tradiciones locales. Esta aproximación enriquece el currículo
educativo, fortalece la identidad cultural de los estudiantes y promueve un sentido de pertenencia
y autoestima. La educación, vista desde este enfoque, es una herramienta clave para el desarrollo
sostenible. Promueve la comprensión de la interdependencia entre las personas y su entorno,
integrando saberes y prácticas locales para transmitir conocimientos esenciales en áreas como la
gestión sostenible de recursos, la agricultura, la conservación de la biodiversidad y la adaptación
al cambio climático.
Una educación que valora la diversidad cultural y los conocimientos locales puede contribuir
a la revitalización de lenguas y tradiciones en riesgo de desaparición, actuando como un contrapeso
a las fuerzas de globalización que tienden a homogeneizar las culturas. Esta pedagogía
emancipadora también promueve la equidad al brindar a todas las comunidades, especialmente a
aquellas históricamente marginadas o excluidas, la oportunidad de participar plenamente en la
sociedad y aportar sus visiones y soluciones a los problemas comunes.
Para que la educación cumpla con estos objetivos, es necesario adoptar metodologías
participativas y dialogantes que permitan a los estudiantes construir su conocimiento a partir de su
realidad cultural y social. Esto implica un cambio en el rol del educador, en donde pase de ser un
transmisor de conocimientos a un facilitador de aprendizajes significativos, que respete y valore
las experiencias y saberes de los educandos.
La incorporación de enfoques educativos que enfatizan la valoración y promoción de saberes
y prácticas locales se traduce en la adquisición de habilidades y conocimientos significativos para
las comunidades; fomentan un arraigado sentido de pertenencia, identidad, y propósito; realzan el
vínculo con el territorio y promueven el respeto por el medio ambiente. Se valora el conocimiento
tradicional y se integra en el currículo, pero también se fomenta una educación contextualizada
que responde a las necesidades y retos específicos de cada comunidad. Se contribuye a la
sostenibilidad ambiental al enfatizar la importancia de las prácticas respetuosas con el medio
ambiente e inculcar una ética de cuidado y responsabilidad hacia el planeta. En resumen, la
incorporación de enfoques educativos centrados en el saber local enriquece el proceso de
aprendizaje y es fundamental para el fortalecimiento de la identidad cultural, la cohesión social y
la sostenibilidad a largo plazo.
La interacción entre la producción cultural y la generación de riqueza en contextos como
Abya Yala (América Latina) destaca por ser un proceso dinámico que demanda la participación
activa y continua de la comunidad. Es fundamental reconocer que la concepción de riqueza
trasciende lo material, abarcando la calidad de las relaciones interpersonales, el entendimiento
profundo de nuestro contexto y la valoración de la diversidad cultural y espiritual como pilares de
una vida plena. En el contexto específico de Abya Yala, la noción de bienestar y desarrollo cultural
está intrínsecamente ligada a las realidades políticas y sociales de sus comunidades. La tierra y el
medio ambiente constituyen recursos económicos y espacios vitales, enriquecidos con un profundo
conocimiento y prácticas culturales.
Las políticas y prácticas económicas impuestas externamente a menudo resultan en
consecuencias perjudiciales para los modos de vida locales y las prácticas culturales que sostienen
dichas comunidades. Los enfoques de desarrollo basados en la extracción intensiva de recursos
naturales, que priorizan la industrialización masiva, tienden a menoscabar la sostenibilidad de los
estilos de vida y a erosionar la diversidad cultural.
La resistencia a estos modelos de desarrollo se manifiesta como una defensa de la cultura y
también como una afirmación de alternativas de vida sostenible, de esta manera se argumenta que
la sostenibilidad no puede ser alcanzada dentro del paradigma actual de desarrollo, que ignora los
límites biofísicos del planeta y los derechos de las comunidades a definir sus propias trayectorias
de desarrollo. Y desde el campo de la decolonialidad, es también una forma de luchar contra las
herencias coloniales que perviven en las prácticas económicas y culturales. Se destaca la
importancia de la desobediencia epistémica, un proceso mediante el cual se cuestionan y rechazan
las formas de conocimiento dominantes para reivindicar saberes y prácticas que han sido
marginalizadas o suprimidas por la modernidad.
Esta resistencia se manifiesta a través de alternativas de vida sostenible, que buscan mitigar
el impacto ambiental y fortalecer las economías locales, preservar la biodiversidad y fomentar la
justicia social. Estas alternativas incluyen prácticas como la agroecología, que combina
conocimientos ancestrales con técnicas modernas para crear sistemas agrícolas resilientes; el
turismo comunitario, que ofrece oportunidades económicas respetando la cultura y el medio
ambiente, y las cooperativas de energía renovable, que promueven la independencia energética y
la mitigación del cambio climático.
La cosmovisión indígena andina del Sumak Kawsay o Buen Vivir representa una
convergencia de ética ambiental, justicia social y sostenibilidad, en la que se propone un modelo
de vida basado en la armonía entre el ser humano, la naturaleza y la comunidad, mediante una
relación equilibrada y respetuosa con el entorno, reivindicando la equidad y el acceso justo a los
recursos para todas las generaciones. Así, el Sumak Kawsay desafía los paradigmas del desarrollo
capitalista, proponiendo una visión alternativa que prioriza el bienestar colectivo y la preservación
de la biodiversidad.
La resistencia a los modelos de desarrollo dominantes critica las injusticias y desigualdades
actuales y construye activamente caminos hacia futuros más equitativos y sostenibles. Estas
prácticas y enfoques representan un llamado a repensar colectivamente las relaciones entre
humanidad, naturaleza y economía, buscando un equilibrio que permita el florecimiento de la vida
en todas sus formas.
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