Modelos teóricos que explican el liderazgo

político*

Liliana Castaño Gómez**

Resumen

Uno de los ámbitos temáticos que privilegia la Ciencia Política actual en Latinoamérica, es el liderazgo político, en tanto que fenómeno relacional y fuerza histórica capaz de condicionar el funcionamiento del sistema político en su totalidad, ello por diversas razones que se exploran en este trabajo, donde, se Revisan algunos de los distintos modelos teóricos que explican el liderazgo político en su relación con la democracia. La metodología empleada es la observación documental en el marco de una versión de la hermenéutica dialéctica, interesada en descifrar los significados de los textos en sus contextos. Se concluye que los enfoques teóricos útiles para abordar al liderazgo político configuran un panorama variado en torno a un fenómeno denso y complejo, que admite y exige múltiples miradas y perspectivas de análisis. Por ello, se aboga por la estructuración paulatina de un enfoque ecléctico o integrativo, que se capaz de articular, en la medida de lo lógicamente posible, las diferentes ideas, conceptos, metodologías y perspectivas que surgen en torno al liderazgo de tipo político y sus facetas diferenciales.

Palabras clave: aproximaciones teóricas al liderazgo político; enfoques teóricos; liderazgo político democrático; Ciencia Política latinoamericana; psicología política.

* Este artículo surge de la tesis en desarrollo, intitulada: Liderazgo político de la democracia colombiana en dos tiempos: Jorge Eliecer Gaitán y Álvaro Uribe Vélez, desarrollada bajo la tutoría de la Dra. Yolanda Morales Castro en el marco del programa de Doctorado en Ciencia Política de la Universidad del Zulia.

** Psicóloga Clínica, docente e investigadora de la Universidad Simón Bolívar en Barranquilla, Colombia. Correo electrónico: lcastano1@unisimonbolivar.edu.co.

Recibido: 16-02-2017 ~~~ Aceptado: 30-06-2017

Theoretical models that explain political leadership

Abstract

One of the thematic areas that privileges current political science in Latin America is political leadership, as a relational phenomenon and historical force capable of conditioning the functioning of the political system in its entirety, for various reasons that are explored in this work, where we review some of the different theoretical models that explain political leadership in relation to democracy. The methodology used is documentary observation within the framework of a version of dialectical hermeneutics, interested in deciphering the meanings of texts in their contexts. It is concluded that the theoretical approaches useful to approach the political leadership, configure a varied panorama around a dense and complex phenomenon that admits and demands multiple perspectives and perspectives of analysis. For this reason, we advocate the gradual structuring of an eclectic or integrative approach, capable of articulating, as logically as possible, the different ideas, concepts, methodologies and perspectives that arise around political leadership and its Differential facets.

Key words: Theoretical approaches to political leadership; theoretical approaches; democratic political leadership; Latin American political science; political psychology.

Introducción

Más allá de una aproximación conceptual al liderazgo político en sus variadas manifestaciones, corresponde ahora de conformidad con el objetivo planteado por esta investigación: Revisar los distintos modelos teóricos que explican el liderazgo político en su relación con la democracia, tarea que envuelve, al mismo tiempo, la comprensión de las lógicas y miradas que, desde distintas escuelas del pensamiento político y social se han estructurado para dar cuenta de los fenómenos que como la democracia y el liderazgo político desempeñan un rol axial en la construcción de las realidades históricas que nos ocupan.

De esta manera, cada uno de estos modelos que hoy conquistan un sitial destacado en los dominios de la Ciencia Política, nos remiten a un paradigma o macromolde1 que define a la vez enfoques y perspectivas de análisis distintivas en cada caso, privilegiando en su proceder algunos aspectos de la realidad en detrimento de otros. Por ello, al adentrarnos al mundo de los modelos interpretativos de la realidad y sus fenómenos constitutivos, no solo se quiere significar una concepción teórica particular del liderazgo, sino una manera de comprender la realidad como espacio y momento construido intersubjetivamente por sus actores protagonistas y, epistemológicamente, por los científicos sociales, de ahí la relación simbiótica entra realidad y conocimiento que no se puede soslayar en la investigación.

En el caso concreto de la Ciencia Política latinoamericana, desarrollada en el marco de las metodologías cualitativas de corte post-positivista, lo fundamental esta en este caso en, reinterpretar la esencia y cualidad del liderazgo político como fenómeno histórico individual y colectivo de cara al desarrollo o traba, según sea el caso, de las formas políticas de organización social de tipo democrático. Ya que definitivamente es la democracia la única forma de gobierno que hasta ahora garantiza el ejercicio pleno de lo que hoy se entiende como Derechos Humanos de las personas-ciudadanos, ejercicio sin el cual no se puede armar un proyecto de vida de calidad, dignidad y libertad. De ahí que la postura ética manifiesta de los estudios cualitativos y en particular socio-críticos, asuma un compromiso taxativo por la promoción y reflexión de estas temáticas de interés social, bajo la premisa propia de una ontología de la historia que supone que los pueblos transitan –o deberían transitar en el movimiento de su ser colectivo–, dialécticamente por una senda que los acerca en su devenir a formas más genuinas de democracia y justicia social, de la mano con su liderazgo político civil-democrático, forma de liderazgo antagónica con el militarismo, la autocracia y la oligarquía, entre otras, de lo contrario perdería su esencia democrática y degeneraría en otra cosa.

Prevenidos ante la complejidad de nuestros sujetos y objetos de estudio así como de las herramientas metodológicas y epistemológicas adoptadas, la revisión de los modelos teóricos útiles, de una forma u otra, al estudio del liderazgo político y la democracia no solo tiene una función descriptiva, sino muy especialmente se hace con la finalidad de configurar en último término, una “hermenéutica ecléctica” que integre en igualdad de condiciones las distintas miradas y conceptos que emergen de los paradigmas estudiados, entendiendo que algunas de estas miradas son, por su naturaleza, irreconciliables, tal como lo es, la cosmovisión positivista con la nueva racionalidad; en todo caso este ejercicio de proximidad se efectúa desde la confrontación teórica y, se privilegian los “constructos” que se ajustan a nuestros postulados teóricos de conformidad con las subjetividades asumidas y el condicionamiento social del conocimiento, a lo cual no puede escapar ningún investigador, de ahí que podamos afirmar que el único camino a la objetividad posible este en las subjetividades asumidas.

En esta tarea planteada por el objetivo específico de este trabajo, enunciado en líneas anteriores, conviene la propuesta desarrollada por Losada L., y Casas Casas (2008), para quienes de los paradigmas surgen enfoques que, por lo que representan para la producción de conocimiento, requieren de investigadores prevenidos y conscientes ante su alcance y limitaciones intrínsecas:

[…] El término enfoque señala una problemática que intriga al estudioso; unos conceptos que se privilegian; un conjunto de presuposiciones generalmente implícitas; a partir de las cuales se inicia la argumentación, y unas reglas de inferencia para llegar a conclusiones aceptables dentro del enfoque. Así, pues, siempre que se analiza un fenómeno político se mira a partir de unas preguntas y no de otras, con determinados conceptos y no con cualesquiera, asumiendo como punto de partida del análisis unas presuposiciones selectas en lugar de otras y aceptando ciertas reglas para llegar a conclusiones valederas (Losada L., y Casas Casas, 2008: 13).

Aclarado esto, se comprende entonces de antemano que todo enfoque, en tanto que mirada particular y parcial de la realidad, implica en su funcionamiento, una visión siempre limitada de los sujetos y objetos de estudio, razón por la cual la concepción cualitativa de la ciencia, consciente de sus falencias, apuesta constantemente por el diálogo inter-paradigmático e inter-disciplinar. Igualmente interesa a esta investigación, la clasificación que los referidos autores hacen de los principales enfoques que guían en la actualidad el desarrollo de las investigaciones de la Ciencia Política a nivel internacional; esto pensando en nuestro ámbito temático que destaca la relación: liderazgo político y democracia en su contexto histórico diferencial, es decir, en la escena donde tienen significado.

De ahí que, en las variadas secciones de este artículo se revisaran críticamente algunos de los distintos enfoques tales como: el estructuralista, sistémico, marxista, histórico sociológico y culturalista, que aportan luces al estudio y compresión del fenómeno liderazgo político. Atención especial tendrán los enfoques que emergen de la psicología en general y psicología política en particular, para la interpretación de las manifestaciones conductuales y mentales del líder, situado en su contexto, sin perder de vista los criterios y coordenadas de la Ciencia Política latinoamericana, entendida como espacio cognitivo en el que se articulan distintas miradas y herramientas teóricas-metodológicas, con el propósito de develar en toda su complejidad los hechos, procesos, estructuras y personalidades que componen los dominios de la política y lo político, al tiempo que construye su autonomía epistemológica y su identidad científica específica, en el marco de las ciencias sociales y humanas.

Lo esencial es generar una aproximación interpretativa que valore e integre por lo menos teóricamente, las distintas voces y miradas que se pronuncian ante el fenómeno polifacético del Liderazgo político, pensando en el caso de la democracia colombiana en dos tiempos diferenciales: Jorge Eliécer Gaitán y Álvaro Uribe Vélez, tesis en desarrollo de la surge este trabajo.

1. El liderazgo político como unidad de sentido

Como ya se adelantó, nuestra concepción del liderazgo implica necesariamente la síntesis de distintas teorías y conceptos que conciben este fenómeno en todo momento como relacional y dinámico, constantemente orientado a la consecución de una serie de objetivos políticos variantes en función del tiempo y espacio particular en donde el líder concreto opera, así como de los requerimientos que su modelo de sociedad impone, al calor de las representaciones sociales y los imaginarios colectivos que desde el plano de lo simbólico generan una cultura política particular –que puede ser democrática o no–, y una idea del liderazgo a desarrollar, en algunos casos como dispositivo de trasformación del sistema político de cara al bienestar social.

De esta manera, el liderazgo político posee una función dual para esta investigación: por una parte, se constituye en la unidad de sentido o categoría de análisis que explica, en buena medida, las características del escenario político nacional, regional o local, en tanto que elemento axial de las relaciones de poder que se tejen entre los actores y factores que dominan el espacio público, lo que demanda, a su vez, la estructuración de una metodología (hermenéutica) capaz de dotar al fenómeno de su sentido y significado original y; por la otra, emerge el liderazgo político como una fuerza histórica que en sociedades como la latinoamericana, tiene la capacidad de fungir como el elemento rector de su sistema político, llegando, en algunos casos, a personalizar la actividad política de forma radical, en detrimento de las organizaciones partidistas –máxima representación de la sociedad civil organizada–, y de la calidad del andamiaje institucional propio del Estado de Derecho, así como de la capacidad de participación de la ciudadanía para forjar su destino, tal como lo demuestran los caudillos militares y civiles que surgen continuamente en la historia republicana de la región2 , como óbice de los procesos de democratización y modernización del Estado y la sociedad.

En consonancia con las ideas esbozadas, Delgado Fernández (2004), plantea adecuadamente los lineamientos necesarios para el desarrolla de las investigaciones orientadas a develar el sentido del fenómeno del liderazgo político en toda su complejidad:

Dada esta situación, la actitud que creemos más acertada y coherente es la de formular un enfoque conceptual propio y ecléctico. Éste, por necesidad, será el resultado de la integración de distintos conceptos y orientaciones de análisis previamente formulados por otros autores en la extensa literatura existente sobre la temática (2004: 24).

De esta propuesta de síntesis, de la que ya se ha comentado bastante, surge precisamente este objetivo de investigación como un requerimiento para confeccionar un modelo interpretativo del liderazgo político colombiano, que dé cuenta de los elementos constitutivos del líder entre los que destacan: “La trayectoria vital: los rasgos personales, el entorno y la situación para el ejercicio del liderazgo político; el pensamiento, proyecto y agenda; los seguidores y ciudadanos; y la acción política como un espacio para la legitimación del liderazgo político” (Delgado, 2004: 24), a lo que habría que sumar también el papel desempeñado por la ideología y la relación existente entre democracia y liderazgo, de la que se desprende el sustrato mismo del tipo de liderazgo desarrollado por las personalidades a estudiar, cuestión que se abordará más adelante.

Al parecer estos mismos personajes (Jorge Eliecer Gaitán y Álvaro Uribe Vélez), comprendieron en su momento histórico, el sentido trascendente de su liderazgo, como espacio de representación de ciertos intereses colectivos silenciados o negados; a este respecto Jorge Eliezer Gaitán, en discurso pronunciado en 1945, en el marco de su campaña presidencial afirma:

Casi todos los movimientos sociales y políticos que han transformado a un país o alterado la historia del mundo han aparecido de forma sorpresiva […] al contacto de las realidades vividas; de los anhelos destrozados; de las ansiedades legitimas incumplidas; de los clamores de justicia no escuchados; de las afirmaciones de la verdad desconocida o negada; del bien o del amor ultrajados, van formándose, metódica y silenciosamente pero de manera inexorable, nuevas formas de anhelo, distintas concepciones de equilibrio social, diversas inquietudes de la voluntad hacia un sistema más adecuado y justo de la vida (Gaitán, citado por: Eastman, 1979: 171).

De la hermenéutica de este fragmento retórico-discursivo se desprenden varias ideas de anclaje; en principio la labor del líder democrático estaría en interpretar las principales problemáticas sociales de su momento, que a su juicio son la consecuencia de un ordenamiento sociopolítico y económico injusto y excluyente y, consecuentemente, orientar el descontento social en la construcción de un nuevo bloque histórico que sea propicio para el logro de un “sistema más adecuado y justo de la vida.”

Dentro de este orden de ideas, el líder democrático al decir de Gaitán, se caracteriza por ser el representante del sentir de las aspiraciones de los sectores históricamente relegados, así como el artífice de “nuevas concepciones de equilibrio social” que den al traste con los dispositivos de control y dominación impuestos por las clases dominantes en el ejercicio del poder, mediante la transformación del orden establecido de cara al verdadero interés popular.

Por ello, el sentido del liderazgo político-democrático debe comprenderse no solo en la revisión de los discursos, cartas y manifiestos de los líderes interpelados, sino en el estudio científico de las mutaciones y cambios impulsadas por ellos en sus accionar político concreto. Con independencia del enfoque adoptado, de lo que se trata es de confrontar, en la investigación, la dimensión discursiva, donde se socializada el ideario político, con las acciones y experiencias encaminadas a convertirlas en realidad, ya que: “La retórica del decir triunfa sobre la pragmática del actuar, lo cual lleva a una política que se inscribe más en los referentes estíticos y éticos de lo popular que en los postulados de la modernidad” (Rincón, 2015: 5).

En otro momento histórico diferente pero signado también por múltiples situaciones de suma complejidad para la sociedad y el Estado Colombiano, Álvaro Uribe Vélez define cuales son, a su entender, el reto de las sociedades democráticas y por ende de su liderazgo:

El reto de las democracias del mundo hoy, es la derrota del enemigo de la sociedad que es el terrorismo y la criminalidad organizada, cualquiera sea su ropaje ideológico. Colombia así lo ha entendido y por eso hizo de la seguridad una prioridad de la vida nacional, entendiendo que lo que hace perdurable una política es la paciencia y la persistencia. Los éxitos no son sinónimos de victoria; se requiere una lucha de todas las horas y por muchos años (Uribe, 2016: s/p).

Desde esta perspectiva, el líder de “tipo democrático” debe ser capaz de identificar cuáles son los principales enemigos de la democracia y enfrentarlos en todos los escenarios posibles, hasta alcanzar la victoria. Es de considerar que tanto Gaitán como Uribe, gozaron en su momento de altísimos niveles de popularidad3 , por lo que se infiere que sus discursos estaban en sintonía con el sentir de las mayorías y sus acciones políticas se constituían en un espacio para la legitimación de su liderazgo (Delgado Fernández, 2004).

Finalmente, el sentido del liderazgo democrático se visualiza al decir de Collado-Campaña et al, (2016), quienes se adhieren al enfoque constructivista estructuralista ideado por Pierre Bourdieu, en el carácter relacional e integrador del mismo, donde el individuo líder consigue acondicionar un espacio simbólico y material que posee relativa estabilidad para trasladar a otros, en razón de movilizarlos continuamente para la consecución de una meta o serie de metas. Es precisamente en este proceso intersubjetivo donde:

[…] Los actores inmersos en el campo político desarrollan un proceso de acumulación de capital político que sirve tanto para afianzar el liderazgo como para mejorar la posición de seguidores, y habilitar a estos y al líder para el acceso a otros campos y tipos de capitales económico, simbólico, etc., (Collado-Campaña et al, 2016: 82).

En efecto, el liderazgo político es siempre un proceso que sobrepasa al individuo líder en el que interactúan grupos de personas orientadas a la acumulación de capital político, como base para desplegar mancomunadamente otras iniciativas concernientes al acceso diferencial al reparto de valores, concepto este que nos remite, al decir de Villasmil Espinoza (2016), al acceso a los principales bienes y servicios de la comunidad así como la ocupación de sus espacios de poder, desde los cuales se detenta la autoridad; situación que en la mayoría de los casos es el privilegio de una elite o conjunto de elites políticas, económicas y sociales.

2. Visión estructuralista del liderazgo de tipo político

El concepto de estructura, proveniente de la arquitectura, ha estado presente en las Ciencias Sociales desde finales del siglo XIX, ello para representar la analogía existente entre los organismos vivos y los fenómenos sociales (Losada L., y Casas Casas, 2008). En líneas generales, se caracteriza por ser un enfoque que aspira a comprender el funcionamiento de una sociedad, vista en su totalidad, destacando sus estructuras constitutivas. Es de considerar, que no existe un concepto univoco de estructura, razón por la cual el mismo variada en sus significados de un autor a otro, según los intereses particulares de su investigación. En este sentido, se reseñan la multiplicidad que el concepto de estructura posee al interno de su mismo enfoque:

[…] Talcott Parsons entiende por estructura una “pauta de comportamiento social que ha permanecido relativamente estable por un amplio periodo de tiempo”.

• En cambio, para el sociólogo Marion Levy (1958: xv), una estructura significa simplemente “una pauta, es decir, una uniformidad observable de acción o de operación. Nótese cómo no aparece aquí el requisito de estabilidad prolongada, exigida por Parsons.

• Para Jean Viet (1973: 22), estructura en sentido estricto designa: … un conjunto dinámico y significativo de relaciones entre diversos aspectos de una misma y única realidad social… (Losada L., y Casas Casas, 2008: 223).

Comúnmente al hablar de estructuralismo se identifica el término con los desarrollos teóricos de los sociólogos estadounidenses (Talcott Parsons y Robert K. Merton), quienes en la primera mitad del siglo XX crearon las bases epistemológicas de la sociológica estructuralista y el estructural funcionalismo, que veía a la sociedad como un sistema complejo articulado por un conjunto de partes (estructuras) que propenden a la preservación y estabilidad del mismo. Sin embargo, otros enfoques anteriores y posteriores también pueden ser definidos como estructuralistas, por dedicarse a la explicación del sistema social, más allá de la impronta que en él tienen las personas en concreto, tal es el caso del marxismo y sus nociones de superestructura e infraestructura, útiles para describir las bases materiales-económicas y culturales-ideológicas que se modulan para producir una formación social determinada, en la que se conjugan lo objetivo y lo subjetivo. Al igual que en la propuesta de Parsons, el discurso marxista prescinde en su análisis del rol desempeñado por los sujetos sociales en la construcción intersubjetiva de la realidad, que es vista como una “realidad macro” en la que interactúan fuerzas históricas antagónicas en lo político, económico e ideológico que se constituyen per se, en el sujeto protagónico de la historia humana, con leyes y pautas de funcionamiento similares, en su autonomía, a las fuerzas físicas que rigen el movimiento del universo. De ahí que la tarea primaria del investigador estaría encausada a descifrar estas supuestas leyes sociohistóricas y económicas.

Estas ideas tuvieron reveladora influencia en la naciente Ciencia Política por diversas razones, por una parte, es en Estados Unidos donde la Ciencia Política adquiere sus principales impulsos de institucionalización como una ciencia social independiente, distinta en sus basamentos al derecho público y a la filosofía política, pero próxima, en un primer momento, a la sociología y la psicológica, funcionales ideológicamente a la hegemonía norteamericana en el orden mundial, por ello:

El funcionalismo estructural apoyó esa posición mundial en dos sentidos: primero, la idea funcional estructural de que toda pauta tiene consecuencias que contribuyen preservación y la supervivencia del sistema era simplemente una celebración de los Estados Unidos y su hegemonía mundial (Huaco, 1986:52). Segunda, su perspectiva del equilibrio (el mejor cambio social era no cambiar) sintonizaba bien con los intereses de los Estados Unidos, que entonces constituía el imperio más rico y más poderoso del mundo (Ritzer, 2005: 76-77).

Igualmente, el estructuralismo se adecuaba bien al emergente concepto de sistema político, que al ser entendido también como una realidad diferenciable –por lo menos analíticamente– de lo estrictamente social, sirvió de razón de ser de una ciencia encargada de su estudio particular –la naciente Ciencia Política–, de esta manera se debía precisar las estructuras particulares del sistema político, posicionado ahora como el sistema regente y articulador de los otros sistemas existentes, por ser la dimensión política la dirección o espacio direccional del orden social en su totalidad.

De modo similar, el liderazgo político es visto en el enfoque estructural como un concepto “despersonalizado” que nos remite a una parte fundamental de la acción social, con un status-rol preponderante, tanto en la teoría como en la realidad. Aunque no tenemos conocimiento de que, los principales teóricos del estructuralismo en sus variedades escuelas y disciplinas, abordaran abiertamente el tema del liderazgo de tipo político, obviamente el mismo puede ser considerado como una estructura en particular ya que, en él, se vislumbra las pautas variables de lo que Parsons designo como (Si mismo-colectividad) que se refiere: “[…] al dilema entre perseguir nuestros intereses privados o los compartidos con nuestros miembros de la colectividad” (Ritzer, 2005: 539).

El dilema (Si mismo-colectividad) nos remite, desde nuestro punto de vista, a una de las principales funciones del liderazgo, porque este fenómeno conecta en su ejercicio, los intereses individuales del líder con los de sus seguidores que aspiran, al mismo tiempo, conseguir en los resultados del liderazgo una mejora sustancial a su situación de vida, habida cuenta que: “Parsons nunca defendió la existencia de una voluntad libre; antes bien, siempre creyó que la elección del individuo estaba circunscrita por normas, valores, ideas, situaciones, etc.” (Ritzer, 2005: 536). Por ello, el liderazgo estaría configurado, en todo momento, por las pautas y criterios de lo que hoy se define como representaciones sociales e imaginarios colectivos de la política.

Entre los aspectos positivos de este enfoque, está en que le proporciona al investigador una perspectiva “totalizante” de este fenómeno, acorde con nuestra idea del liderazgo como fuerza histórica que define, en buena medida, los ritmos de las relaciones de poder político en Latinoamérica, donde las instituciones reguladoras de las elites revestidas de autoridad tienden a ser débiles o nulas. Entre lo negativo, está que omite completamente el valor del individuo-líder y sus habilidades particulares como: carisma, personalidad, capacidad retórica, capacidad hermenéutica para interpretar los sentimientos y necesidades colectivas, trayectoria vital, rasgos personales, manejo del entorno y la situación para el ejercicio del liderazgo político; pensamiento, proyecto y agenda, entre otros, que indiscutiblemente marcan la pauta de la estructura del liderazgo en particular y de la democracia en general, en tanto que espacio político y modo de vida que dota de contenido y funcionamiento al liderazgo, a la vez que es modificada por este.

2.1 Visión sistémica del liderazgo político

El enfoque sistémico –de corte empírico analítico– desarrollado en el marco de la teoría de sistemas ofrece, al igual que el enfoque anterior, una visión “totalizante” de las realidades políticas y socioeconómicas con pretensión de generalidad explicativa, es decir, que podría ser aplicable, según sus partidarios, a distintas sociedades en diferentes momentos de su desarrollo. El concepto de sistema se define por dos rasgos puntuales: “La interdependencia entre las partes del sistema, y los límites del mismo, lo que lo diferencia de su entorno” (Arnoletto, 2007).

Por su parte, (Finol y Vera, 2013) agregan que los sistemas se conforman de un conjunto de elementos objetivos y subjetivos, que actúan de forma coordinada e interdependiente con el fin de alcanzar propósitos comunes. De esta manera, si aplicamos el concepto de sistema a los procesos políticos, puede afirmarse que el sistema político está constituido por una serie de actores y factores como: (los ciudadanos, el Estado, las instituciones, los partidos políticos y los liderazgos, entre otros) que conjuntamente tratan de gestionar y resolver los conflictos políticos, por dos razones: por un lado, para garantizar la estabilidad y supervivencia del sistema mismo como talidad y, por el otro, como consecuencia de lo anterior, proporcionar unas condiciones mínimas de bienestar social que legitiman la existencia del sistema en las representaciones sociales vinculadas a la política, sin necesidad de la represión y la coerción social continua, típica de los sistemas autoritarios sostenidos por la violencia de Estado.

Por su parte, Vallès (2006) destaca las aportaciones que la cibernética y los modelos de comunicación han efectuado a la teoría de sistema político, que a fin de cuentas se constituye en el núcleo epistemológico de la Ciencia Política contemporánea y su centro de estudio. Particularmente señala que el sistema político es la estructura u organización compleja encargada de recoger y trasmitir información, a la par que genera actividades y modula resultados en un ámbito de relativa autonomía. Visto así, el sistema político no es en ningún caso un sistema cerrado, por el contrario, está abierto a un entorno del que recibe información y en el que a la vez actúa continuamente.

Asimismo, Vallès (2006) compara el sistema político con un sistema de climatización contralada de un edificio, en el cual el termostato del acondicionador de aire, recibe continuamente información de la temperatura del ambiente y la confronta con los valores predeterminados con los que fue programado para mantener el equilibrio del clima.

De modo análogo, corresponde al sistema político desempeñar estas funciones. Recibe de su entorno social distintos mensajes, en forma de noticias, demandas, reivindicaciones o apoyos de los diferentes actores: en otros términos, registra la “temperatura” de su entorno social. Procesa esta información y la contrasta con los valores y las ideologías dominantes en aquella sociedad: es decir, con la disposición de aquella sociedad a alterar o mantener la situación detectada (Vallès, 2006: 48).

De esta concepción sistemática surge una noción de liderazgo político con variadas funciones de desempeño, entre las que destaca: ser factor de trasmisión de información del entorno donde actúa; esta información corresponde a: (problemáticas sociales, mandatos colectivos, deseos de reivindicaciones sociales, entre otras) por ante las instancias correspondientes del sistema, vinculadas a la administración de recursos en el campo de los repartos de valores, o a la gestión del conflicto social, con el ánimo de que este (inputs) sea retornada en la forma de políticas públicas (outputs), que vengan a resolver o, por lo menos minimizar, los requerimientos encomendados o interpretados por él liderazgo. Sin embargo, hay que aclarar que todo liderazgo político, así este enmarcado en el nivel nacional de actuación, solo transmite un conjunto específico de demandas sociales, correspondientes a los intereses del grupo o sector que este represente. En consecuencia, Villasmil Espinoza (2016) le adjudica a todo liderazgo un proyecto de país del que se originan conflictos políticos por choques de intereses antagónicos.

Por consiguiente, los conflictos entre liderazgos políticos son conflictos no solo por relaciones asimétricas de poder, sino que son en esencia, entre proyectos de país diferentes, que representan intereses de grupos, personas y comunidades simbólicas o geografías, contrapuestas por su naturaleza a otras. Es el caso de los obreros vs capitalismo, pueblo vs elite, el centro vs la periferia o las mujeres oprimidas vs la sociedad machista, entre otras dicotomías simplificadas. De ahí que, la relación liderazgo-proyecto político implique como condición de posibilidad el reconocimiento de las diferencias políticamente relevante (clivajes) y, la aceptación lógica que en un mismo proyecto de nación –más allá de su perfil poli-clasista e integrador– no pueden privilegiarse todos y cada uno de los intereses en conflicto a la vez, sin incurrir en demagogia (2016: 14-15).

En otras palabras, la máxima expresión de la función de transmisión de información del liderazgo (individual y colectivo, piénsese en las organizaciones políticas o sindicales como formas de liderazgo colectivo), está concentrada en el proyecto que el líder elabore de la mano con los intereses que represente.

Finalmente, otra función o rol que puede asignársele al liderazgo desde el enfoque sistémico está en su capacidad de organización y movilización de grupos de ciudadanos en función de sus objetivos políticos que varían de un momento a otro y de una situación a otra. Como ya se he reiterado, en sociedades periféricas el liderazgo político puede socavar el rol de las instituciones democráticas, mediante el despliegue de redes clientelares y procesos personalizadores de la actividad política, llegando a ser incluso la estructura fundamental que explica las características del sistema político en su totalidad.

Entre las limitaciones de este enfoque –según (Von Beyme, citado por: Arnoletto, 2007)–, está el introducir forzosamente los fenómenos en un esquema analítico sin comprender que existen, también muchos fenómenos, desconectados, opuestos y contradictorios solo vinculados por la arbitrariedad del investigador interesado en formar un conjunto sistémico. Entre sus potencialidades destaca la mirada relacional que le adjudica al liderazgo como estructura dentro de un sistema más amplio.

2.2 Visión marxista del liderazgo político

El pensamiento marxista surge en la primera mitad del siglo XIX, como una reacción ante las contracciones de la sociedad capitalista enmarcada en el Estado liberal clásico, que si bien es cierto instauró, la igualdad formal ante la ley, como fundamento de la ciudadanía política, hizo caso omiso ante las asimetrías sociales producidas y reproducidas por la economía desregulada de libre mercado; contradicciones que a la postre determinarían la superación de esta forma de Estado, dando paso a la estructuración del llamado Welfare State, dispuesto a intervenir en lo económico y social para proteger los intereses de las personas y grupos en condición de pobreza y vulnerabilidad, esto bajo la inspiración del discurso progresista socialista.

El marxismo fue uno de los sistemas filosóficos con mayor impacto en el orden internacional, tal como lo muestra el hecho del surgimiento en el siglo XX, de los múltiples países organizado bajo la egida del socialismo real, convirtiéndose en el ideal favorito de los liderazgos políticos comprometidos con la transformación del orden establecido, en razón de la construcción de un nuevo contrato social: modelo de sociedad, de cara a la justicia social y la equidad, que desde su lógica argumentativa solo se alcanzaría con la “deconstrucción” de la sociedad de tipo capitalista y la instauración de una socialista, como fase de transito al comunismo, donde, se suponía, ya no existirían las clases sociales que propician, al mismo tiempo, las odiosas diferencias que marginan y relegan a buena parte de la población mundial a una vida de calamidades y penurias.

Estas ideas, luego de la caída de muro de Berlín (1989) y el colapso de la URSS, principal estado marxista-leninista (1991), siguen, al día de hoy, inspirando buena parte de las críticas y propuestas encaminadas al logro de las reivindicaciones de los grupos y naciones periféricas y “explotadas antes los poderes hegemónicos”. Este es el caso del premio nobel de economía, Stiglitz (2015), quien, sin ser abiertamente marxista, sigue denunciando las desigualdades de las sociedades occidentales, donde, según él, el 1% de la población disfruta de las mejores viviendas, la mejor educación, los mejores servicios médicos en contraste con el resto de la población que ve, con el correr de los años, disminuir significativamente sus estándares de vida.

Del marxismo, en sus variadas escuelas, emerge una teoría del liderazgo político de tipo colectivo, caracterizada, en un primer momento, por el protagonismo otorgado al proletariado, asumido como “actor mesiánico de la historia,” capaz de impulsar la revolución popular, que en lo económico, aboliría la propiedad privada de los medios de producción social, para luego socializarlos y, en lo político, significaría la superación del Estado burgués y su consecuente andamiaje institucional al servicio de “intereses especiales.” Es de considerar que todos los experimentos políticos marxistas, desembocaron inexorablemente en la configuración de Estados totalitarios bajo el liderazgo corporativo de los Partidos Comunistas4.

Otros desarrollos teóricos marxistas posteriores, como la Escuela de Frankfurt y su teoría crítica de la sociedad, cuestionarían el protagonismo exclusivo otorgado al proletariado, y adjudicarían mayor relevancia a otros grupos sociales, mejor dotados –ya en la escena del siglo XX– para la realización de un liderazgo de transformación, tales como: los intelectuales, las clases medias y los movimientos estudiantiles, entre otros.

En su mirada dialéctica de la realidad, el marxismo observa en el fenómeno liderazgo una estructura fundamental, que tiene como razón de ser, el impulso de los procesos revolucionarios encaminados a romper, los mecanismos de opresión y explotación que, en lo político e ideológico, limitan o impiden el desarrollo integral de la persona humana, situada en su contexto sociohistórico. De ahí que la función del liderazgo revolucionario que, en todos los casos, debe representar el interés de los marginados y excluidos, sería, en la dimensión de lo simbólico, fomentar la “conciencia de clase” como dispositivo cognitivo que dota a las clases trabajadores de la conciencia de la necesidad de su unidad internacional y las ubica en la hoja de ruta de sus intereses y desafíos para la transformación de las circunstancias que los oprimen. Por ello, este concepto de liderazgo está fuertemente imbricado por una ideología militante y dicotómica, que ve en el escenario histórico mundial, el choque de dos fuerzas antagónicas que, en su devenir dialéctico, se complementan impulsando el movimiento histórico, a la manera del yin y yang.

La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de las luchas de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra: opresores y oprimidos se enfrentaron siempre, mantuvieron una lucha constante, velada unas veces y otras francas y abierta; lucha que terminó siempre con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento de las clases en pugna (Marx y Engels, 2011: 30).

De esta manera, el liderazgo revolucionario –por lo menos en su ortodoxia– está comprometido con la agudización de la lucha de clases sociales como condición de posibilidad para la persistencia de la clase trabajadora y su ascenso a una existencia material más digna, sin estar relegada a la dominación impuesta por el capitalismo y su esquema de explotación del hombre por el hombre. Entre los aspectos positivos de este enfoque, está que realza la función revolucionaria del liderazgo, como espacio colectivo en el que se integran o articulan los intereses de las clases dominadas, al tiempo que las estimula a organizarse en todos los frentes de lucha, para conseguir sus objetivos y contralar, en consecuencia, el sistema político en su conjunto.

Entre lo negativo, destaca, al igual que los enfoques reseñados anteriormente, que por estar enmarcado en una tradición estructural no logra comprender la impronta que los individuos concretos tienen en la construcción de los liderazgos históricamente existentes. Del mismo modo, el marxismo en general adolece de una teoría democrática, que respete las libertades individuales y los Derechos Fundamentales de las personas, incluso en el marco de procesos revolucionarios, tal como fue el caso del pensamiento liberal ilustrado y su liderazgo democrático, que adquiere en las organizaciones partidarias su mejor expresión5.

2.3 Visión histórica-sociológica del liderazgo Político

Este enfoque adviene, tal vez, como una alternativa epistemológica al marxismo y positivismo, que para principios del siglo XX, copaban la mayoría de las investigaciones desarrolladas en las ciencias sociales recién institucionalizadas 6. Con todo, su origen en términos de su forma de proceder en la investigación y su tratamiento comparativo de las fuentes se remonta a Aristóteles, Maquiavelo, Pareto y Weber, por mencionar algunos.

En su intento por describir este paradigma en el que se conjugan la hermenéutica histórica con la evidencia empírica concreta, (Losada L., y Casas Casas, 2008) señalan que dentro de este enfoque los investigadores suelen formularse preguntas al estilo de: ¿Cuál es el mejor tipo de gobierno que haya existido?; ¿En qué consiste el mejor liderazgo político imaginable?; ¿Qué determina la estabilidad o la inestabilidad política de una sociedad?; ¿Cómo se ha constituido el Estado moderno?; ¿Por qué dos grandes colectividades sociales se encuentran en conflicto?; ¿Cuáles son las causas de las revoluciones?; ¿Qué hace que los ciudadanos colaboren con sus gobernantes y que los distancia de estos?

Aunque estas preguntas siempre han estado presentes, de una manera u otra, en las reflexiones de la filosofía política, lo novedoso aquí, es que toda argumentación debe contar con la suficiente evidencia empírica que le de soporte; evidencia que solo puede ser recabada mediante un riguroso proceso de investigación científica e histórica. A nuestro entender el sociólogo Max Weber es uno los representantes más destacados de esta corriente. Con sus aportes sobre los llamados (tipos ideales) y su interés en las (estructuras de autoridad), termina sin proponérselo, desarrollando una teoría del “liderazgo político” que explica este fenómeno en su relación con el desarrollo histórico de las formas de autoridad del núcleo social donde se manifiesta. Según Ritzer (2005), esto responde al hecho de que Weber tenía muy poca fe en la capacidad de las masas y de la burocracia para crear una sociedad mejor, por ello su esperanza se concentraba en la impronta histórica de los liderazgos políticos.

Desde las coordenadas de su enfoque, las sociedades humanas transitan por tres momentos en lo concernientes a sus formas de autoridad: 1) la autoridad tradicional; 2) la autoridad carismática y; 3) la autoridad legal-racional propia de las sociedades avanzadas. Evidentemente, a cada una de estas etapas o momentos le corresponde una forma de liderazgo que la dota de contenido.

Para la Ciencia Política contemporánea, el concepto de autoridad carismática ha gozado de inusual relevancia; como herramienta heurística que explica, en buena medida, el surgimiento de líderes dotados de un carisma que raya, en algunos casos, en el mesianismo. De igual forma, este concepto posee, lógicamente una relación muy estrecha en el caso de Latinoamérica con el de personalización de la política y caudillismo al decir de Villasmil Espinoza (2013), ya que más allá de su particularidad, todos, nos remiten a la capacidad que desarrollan ciertos líderes para modificar, para bien o para mal, la historia de sus sociedades, marcando una antes y un después en las relaciones de poder. Más concretamente:

El carisma político hace referencia a lugares, objetos e individuos a los cuales se reviste de un aura excelsa, casi divina cuyas características y acciones son interpretadas como excepcionales e incluso extraordinarias por el colectivo que las secunda y que las reconoce como propias. Esta dimensión la consiguen los elementos carismáticos por su vínculo con la tradición, pero a su vez por ser genuinos y modernos” (Weber, citado por: Deusdad, 2003: 21-22).

En líneas generales, del enfoque aludido surgen unas líneas argumentativas sobre el sentido y significado histórico del liderazgo político que varían de un investigador a otro. En primera instancia como un fenómeno que solo puede ser comprendido en perspectiva histórica, en el marco de las estructuras de autoridad de la sociedad donde se desarrolla. Especial interés adquieren las formas carismáticas de liderazgo por su papel transformador de los sistemas políticos y del orden social en su conjunto.

Entre las potencialidades de este enfoque está que ofrece una mirada histórica mucho más completa y abarcante del liderazgo, que la que comúnmente aportan los estudios desarrollados en otros enfoques que se limitan en lo temporal, al plano cortoplacista e inmediatista.

2.4 Visión culturalista del liderazgo político

En el marco de la realidad interdisciplinaria que fue nutriendo y desarrollando a la Ciencia Política, el enfoque culturalista, venido de la antropología cultural, sirvió, entre otras cosas, para ampliar la mirada de lo político, más allá de la perspectiva Estado-céntrica tradicional, que veía en el sistema político un epifenómeno del Estado. En este momento el tema de las representaciones sociales y los imaginarios colectivos de la cultura vinculados a la política implica la posibilidad de comprender: las ideas, prácticas, rituales, discursos y modos de vida, que, desde las relaciones intersubjetivas de la vida cotidiana, dotan de sentido y significado, al acontecer política en general y al liderazgo en particular.

El enfoque culturalista irrumpe en la ciencia política en la segunda mitad del siglo XX como un reflejo de realidades políticas, como las dificultades para aclimatar la democracia en diversos países del mundo, los odios raciales, la discriminación contra la mujer etc. Los estudios culturales ya no versan sobre sólo la cultura política, sino sobre cultura en general, este enfoque trabaja con conceptos como cultura, cultural, estudios culturales, multiculturalismo, poder, dominación social, etc., (Teoría política-relatorías, 2012: s/p).

Al igual que en el constructivismo, el culturalismo asume la realidad política como una construcción social dinámica, de la que emergen identidades y relaciones de poder muy particulares que varían de una cultura a otra, incluso a lo interno de un mismo país. De esta manera, el liderazgo político, se perfila en el culturalismo, no tanto como un fenómeno estándar configurado por los intereses y demandas del sistema político y sus elites direccionales, sino, por las pautas simbólicas de la cultura, en tanto que espacio matriz donde se producen las concepciones y sistemas de creencias que legitiman o deslegitiman al sistema político y sus actores constitutivos. De esta manera, el liderazgo seria en buena medida el reflejo tangible de una cultura política determinada.

En este sentido, sociedades configuradas por prácticas autoritarias propias del matriarcado, patriarcado o racismo, entre otros elementos, estarían, mucho más propensas a generar en su funcionamiento liderazgos autoritarios independientemente de su signo ideológico. Lógicamente, bajo este criterio la democracia y su liderazgo no serían ontológicamente hablando, una estructura, forma de Estado o de gobierno, sino, un modo de vida con profundas implicaciones antropológicas.

Entre las principales contribuciones del culturalismo, destaca que asume la política y por ende el liderazgo político, no solamente como un constructo teórico o tipo ideal con potencial heurístico y hermenéutico, sino, como un tema enraizado a la esencia de una cultura particular y sus subjetividades políticas, que requiere de investigaciones inductivas e ideográficas al estilo de la descripción densa de Geertz (2003)7 , para su adecuada dilucidación en el marco general de la teoría de interpretación de la cultura política, como categoría diferencial de este enfoque.

3. Psicología política y liderazgo: enfoque cognitivo-conductual

Como ya se dijo, el ámbito de la psicología en general y de la psicología política en particular viene a representar una herramienta cognitiva fundamental dentro de la Ciencia Política, ello por razones diversas, ya que obviamente es en el plano de los pensamientos, sentimientos y conductas de las personas y las colectividades, que se traducen en: lo que la gente piensa, hace, siente y dice, donde lo político adquiere contenido tangible. Desde esta perspectiva, los líderes políticos son aquellas personas o corporaciones, según sea el caso, que tienen la capacidad de descifrar los paquetes cognitivos de la sociedad, generados en la escena de los condicionamientos socioculturales, para formar sentimientos perdurables en torno a sus acciones y proyectos distintivos.

De igual manera, la psicología política significa ese puente entre la Ciencia Política y la psicología cuyo énfasis esta en el modo en el que los procesos psicológicos afectan a los procesos políticos, lo que implica el reconociendo de la “psiquis individual y colectiva” en la que actúan lo cognitivo-racional, como espacio simbólico articulador de: los miedos, esperanzas, afectos, frustraciones y odios de las personas, que se manifiestan en conductas políticas concretas, susceptibles al estudio científico.

En palabras de Salgado (2006: s/p): “La psicología política es la disciplina científica que trata de describir y explicar el comportamiento político estudiando los factores biológicos, psicológicos, sociales y ambientales que influyen en él.” Por su parte, en el trabajo clásico Deutsch (1984), se define el objeto de estudio de la psicología política como ese lugar de encuentro, donde se desdibujan las fronteras de lo psicológico y político mutuamente:

La psicología política tiene por objeto el estudio de la interacción de los procesos políticos y psicológicos, o sea que comporta una interacción bidireccional. Así como las aptitudes cognoscitivas limitan y afectan la naturaleza del proceso de toma de decisiones políticas, así también la estructura y el proceso de la toma de decisiones políticas afectan las aptitudes cognoscitivas (Deutsch, 1984: s/p).

Desde nuestro punto de vista, la psicología política latinoamericana, está comprometida, como ya hemos dicho, con el análisis y reflexión de la realidad psicológica particular de la región, estructurada por la multiplicidad de representaciones sociales e imaginarios colectivos que perfilan, ontológicamente hablando, al ser latinoamericano en general y, colombiano en particular. De cualquier manera, interesa la adopción de sus herramientas analíticas para penetrar en la esencia del fenómeno del liderazgo político desde la perspectiva íntima de la estructura de personalidad de líder, que se vincula, al mismo tiempo, con los modelos cognitivos diferenciales desde los cuales se produce el pensamiento político, la ideología y sus piezas retóricas-discursivas que perfilan a la opinión pública y movilizan personas en torno a variados propósitos políticos.

Coincidimos con Parisí (2008), en cuanto que la psicología política contribuye con el análisis crítico de la realidad, entrelazando los planos de lo subjetivo (psicológico) con lo objetivo (político); por ello su temática habitual:

[…] Gravita en torno a problemas de personalidad, actitudes y creencias que adoptan la forma de comportamiento político, que a su vez desembocan en investigaciones concretas de temáticas variadas, por ejemplo, actitudes electorales, atribución del contrincante, personalidad del dirigente, impacto de la propaganda política, entre otros (Parisi, 2008: s/p).

Es de suponer que dentro de los dominios de la psicología política existen distintas posturas y escuelas, que no viene al caso estudiar para los fines de esta investigación8 ; dentro de esta multiplicidad de enfoques propios de la psicología, el modelo cognitivo-conductual, es el que mejor se ajusta a los requerimientos de la Ciencia Política y el liderazgo, por las razones que esbozaremos seguidamente.

La psicología cognitiva-conductual se centra en la forma como el individuo interpreta y procesa las cogniciones y estas, a su vez, determinan sentimientos y conductas, precisando la coherencia o incoherencia existente, entre: pensamiento, sentimiento y acción. El problema clave dentro del enfoque aludido es el tratamiento hermenéutico que los individuos hacen de su realidad; lo que significa, que la interpretación que la gente inventa o crea de sus circunstancias pesa más que las circunstancias mismas. Al decir de Epicteto (2014: s/p), filósofo griego del siglo IV antes de nuestra era: “Los hombres no se trastornan por las cosas que pasan, sino por las interpretaciones que de ellas hacen”. Al tiempo que agrega: “Lo que inquieta al hombre no son las cosas, sino las opiniones acerca de las cosas.”

Por su parte, la Ciencia Política tradicional, posee un bagaje teórico de las estructuras cognitivas de la realidad, del que se desprende actualmente el campo de estudio de las subjetividades políticas. De lo que se trata a nuestro entender ahora, seria de fortalecer los desarrollos teóricos vinculados a las cogniciones: (ideas, creencias, teorías, imagines y percepciones sobre la dimensión política) integrando, en la medida de lo posible, el enfoque cognitivo-conductual, con la epistemología de la Ciencia Política, dando paso a un nuevo o renovado enfoque que podría denominarse tentativamente: enfoque cognitivo-conductual de la política, encargado de comprender los procesos de reestructuración cognitiva que comúnmente desarrollan los liderazgos carismáticos y sus consecuentes sistemas de creencias, lugar de producción de modelos interpretativos de la realidad con los cuales, los actores sociales y sujetos políticos actúan y viven su mundo dotándolo de sentido.

Según Albert Ellis (1990), quien funge como unos de los principales arquitectos de este modelo:

[…] La gente tiene innumerables creencias (B) –o cogniciones, pensamientos o ideas– acerca de sus acontecimientos activadores (A); y estas B tienden a ejercer influencias importantes, directas y fuertes sobre sus consecuencias (C) cognitivas, emocionales y conductuales y sobre lo que con frecuencia llamamos sus perturbaciones emocionales (Ellis, 1990: 27).

Desde este modelo, donde se integran lo cognitivo y lo conductual, el liderazgo político consiste esencialmente en el conocimiento y reconocimiento de las estructuras cognitivas y sus sistemas de creencias subyacentes. Al conocer este sistema el líder puede mimetizarse en los códigos y referentes identitarios del pueblo, para, por una parte, ganar aceptación en sus seguidores como el mejor intérprete de sus aspiraciones y necesidades y, por otra, modificar si es preciso, las conductas y emociones de las personas en función de sus objetivos políticos. Aquí la política no es solamente una estructura de poder, sino un lugar primordial para la construcción de creencias y sentimientos racionales e irracionales, que modifican a la cultura política, al tiempo que son modificada por esta en una relación asociante.

Conclusiones

Todo indica que la relación existente entre liderazgo político y democracia es sumamente compleja, de hecho, en contextos de fragilidad institucional y una pobre cultura política democrática, de cara a la participación activa de la ciudadanía en los asuntos de interés político, como se supone es el caso latinoamericano y colombiano, ciertos liderazgos políticos pueden resultar en factor de primer orden en la configuración de la democracia formal y de resultados, que se tiene o que se quiere.

Por ello, es pertinente formularse las preguntas: ¿Es la democracia el espacio simbólico y material que dota de contenido al liderazgo político en Colombia? O acaso: ¿Es el liderazgo político el que impulsa la construcción, debilitamiento y estabilidad de formas de Estado y de gobierno de tipo democrático? Obviamente las respuestas a estas cuestiones no son sencillas, e implican en cada situación, el aterrizaje hermenéutico en casos tangibles de liderazgos políticos que han avanzado en una u otra dirección, es decir, que han sido condicionados en su devenir por la carga histórica de la democracia que les tocó vivir o, por el contrario, han fijado el desenlace de la democracia y el sistema político, marcando un antes y un después en términos de un avance o retroceso de la democracia como modo de vida colectivo.

De cualquier manera, conviene precisar los nexos teóricos que se visualizan entre estos dos elementos, con la finalidad de ir profundizando en la esencia relacional de los mismos, que más allá de sus particularidades, se encuentran compenetrados, y es que solo en escenarios verdaderamente democráticos, puede surgir un liderazgo transformador, que oriente los procesos de democratización del sistema político y la sociedad. Por el contrario, en sociedades con déficit de democracia, altos niveles de corrupción, gobiernos arbitrarios y pobreza generalizada, las expresiones genuinas de liderazgo político democrático siempre son anuladas o cooptadas para que no interfieran en las relaciones asimétricas de poder, que les garantizan a las elites hegemónicas el mantenimiento del statu quo, como garantía de sus privilegios, al tiempo que los mantiene impunes ante sus crímenes de toda índole.

Siguiendo con Villasmil (2013), la democracia requiere de liderazgos políticos comprometidos con su manteamiento y prolongación en el tiempo, ya que son los líderes concretos quienes, en mayor medida, tienen que afrontar –individual y colectivamente– la carga y el desafío de su momento histórico, para superar los obstáculos y contradicciones de su modelo democrático. Las fuentes a nuestra disposición evidencian que, si el liderazgo político existente no posee la capacidad requerida para impulsar las mutaciones necesarias de cara al interés social y la modernización de los espacios políticos, la democracia se estanca perdiendo con ello legitimidad y vitalidad.

En efecto, un liderazgo democrático se caracteriza, por lo menos en el momento histórico de disertación, por su afán de compaginar al menos discursivamente con los ejes transversales que delinea la democracia contemporánea, en su versión representativa y participativa, que se traducen en: el mantenimiento del Estado de Derecho, la promoción de los Derechos Fundamentales en todas sus facetas y, la defensa de los sectores más vulnerables de la ciudadanía, que se ven privados por su condición de pobreza y exclusión, de participar en los procesos de desarrollo a escala humana propios de la modernidad. Por esta razón, las investigaciones encaminadas a develar los significados del fenómeno liderazgo político, tienen un compromiso tácito con la democracia y se esfuerzan por evaluar hasta qué punto “son o no democráticos” los líderes sujetos de estudio, esto más allá de las coordenadas del discurso político e ideológico que nubla la mirada de las acciones y situaciones concretas. Por su parte, una democracia plena crea las condiciones de posibilidad para la emergencia continua de liderazgo políticos en sus variadas manifestaciones y modalidades como garantía de su “autopoiesis.”

Por otro lado, la breve e incompleta descripción de los enfoques teóricos útiles para abordar al liderazgo político, configura un panorama variado en torno a un fenómeno denso y complejo, que admite y exige múltiples miradas y perspectivas de análisis. Por ello, se aboga por la estructuración paulatina de un enfoque ecléctico o integrativo, que se capaz de articular, en la medida de lo lógicamente posible, las diferentes ideas, conceptos, metodologías y perspectivas que surgen en torno al liderazgo de tipo político y sus facetas diferenciales.

De esta manera, el liderazgo político puede ser definido como: estructura, proceso, fuerza revolucionaria, fenómeno cultural y psicológico, entre otros aspectos, sin incurrir en contradicción, ya que cada una de estas miradas se centra en un aspecto o dimensión del liderazgo, de conformidad con los postulados paradigmáticos que expresa.

Con independencia del enfoque seleccionado, el liderazgo político en las sociedades occidentales contemporáneas no puede ser separado de la democracia, ya que es en ella y, por ella, donde este fenómeno se produce y reproduce de cara a las demandas y requerimientos que le impone el contrato social existente. De lo que se infiere que, en sociedades autocráticas, buena parte del liderazgo político carece de contenido y existencia autónoma y se torna tendencialmente en un reflejo o reacción a los intereses de las elites dominantes en el poder, sin vinculación con el verdadero interés colectivo que, en cada momento histórico, debe ser descrito e interpretado por el liderazgo político de turno. No obstante, se recomienda no incurrir en una deificación o cosificación del fenómeno liderazgo, porque no es exclusivamente una estructura o tipo de autoridad en un sistema político determinado, sino un espacio simbólico y cultural, en el que se articulan intereses, creencias, paquetes cognitivos y referentes identitarios que sirven de motor a los procesos políticos democráticos y autoritarios, según sea el caso.

Tampoco se niega a priori la posibilidad de que en contextos no democráticos puedan surgir liderazgos democráticos, porque de hecho hay infinidad de ejemplos que atestiguan lo contrario, pero en todo caso, en estos escenarios de arbitrariedad sistemática, donde no hay o fue anulada la cultura democrática, el liderazgo político civil-democrático reduce sus funciones y competencias al propósito primordial de quebrar la tiranía, abierta o solapada, tal como en su momento lo hizo Jorge Eliecer Gaitán, que alzo su voz de protesta a favor del logro de la justicia y equidad tan anhelada por el pueblo colombiano.

La democracia es, sencillamente, el entorno donde opera el liderazgo político imponiéndole las demandas no solo de la ciudadanía o sector que representa, sino del sistema político como totalidad dinámica y compleja.

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1 Al decir de (Losada L., y Casas Casas, 2008), el concepto de macromolde viene a ser la categoría más general para definir los particulares modelos interpretativos de la realidad política que surgen de un específico modelo teórico o enfoque, del que se desprenden al mismo tiempo unas coordenadas discursivas y unos interrogantes que privilegian algunos fenómenos en detrimento de otros. En todo caso, todo investigador debe explicitar claramente su enfoque de conformidad y coherencia con sus posturas metodológicas y epistemológicas.

2 Un estudio pormenorizado de los caudillos más destacados de la historia latinoamericana está en el trabajo documental de: SÁENZ, Mauricio. 2010. Caudillos. En América Latina nada ha cambiado en doscientos años. Panamericana Editorial. Bogotá, Colombia.

3 Sobre los altos niveles de Popularidad de Uribe, Sierra (2015: 16) comenta: “Álvaro Uribe resultó ser un fenómeno en las encuestas. En sus ochos años de gobierno (2002-2010), mantuvo una aprobación del público por encima del 70%, y cerró su mandato con 75% de popularidad y 80% de aprobación con respecto al desempeño de su gobierno. Para el caso de Jorge Eliazar Gaitán, aunque la historiografía de mayor divulgación lo adjudica como un líder de masas con profunda aceptación popular, no posemos en este momento, datos o estudios específicos que den cuenta de sus niveles de aceptación en términos estadísticos.

4 Para una revisión crítica desde el marxismo incluso, de los Estados socialistas históricamente existentes en Europa, consultar la obra clásica del historiador: Mazower, Mark. 2001. La Europa negra. Desde la gran guerra hasta la caída del comunismo. Sine Qua Non. Barcelona, España.

5 Para una revisión crítica desde el marxismo incluso, de los Estados socialistas históricamente existentes en Europa, consultar la obra clásica del historiador: Mazower, Mark. 2001. La Europa negra. Desde la gran guerra hasta la caída del comunismo. Sine Qua Non. Barcelona, España.

6 En cuanto al proceso de institucionalización de las ciencias sociales en general y la ciencia política en particular, nos ceñimos a lo planteado por el informe presentado por la Comisión Gulbenkian para la restructuración de las Ciencias Sociales (2006), dirigida por Wallerstein, Immanuel

7 Para la elaboración de este pequeño apartado estamos en deuda con las ideas aportadas en el texto clásico de la antropología de: Geertz, Clifford. 2003. La interpretación de las culturas. Gedesi Editorial. Barcelona, España.

8 El citado artículo de: PARISÍ, Elio Rodolfo. 2008. Definiendo la psicología política. En: Universidad Nacional San Luis, Argentina. Disponible en línea. En: http://pepsic.bvsalud.org/pdf/bpsu/n46/n46a05.pdf. Fecha de consulta 8 de octubre de 2016, da cuenta de los principales enfoques de la psicológica política latinoamericana.