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ARTÍCULOS

UTOPÍA Y PRAXIS LATINOAMERICANA. AÑO: 22, n°. 76 (ENERO-MARZO), 2017, PP. 33-40 REVISTA INTERNACIONAL DE FILOSOFÍA Y TEORÍA SOCIAL

CESA-FCES-UNIVERSIDAD DEL ZULIA. MARACAIBO-VENEZUELA.


En viaje hacia Utopía

Travelling to Utopia

Mauricio BEUCHOT PUENTE

Universidad Autónoma de México, UNAM, México.


Resumen


En estas páginas me propongo repasar la idea de utopía. Trataré de formarme un concepto de ella, aunque las definiciones de la misma han sido ya varias. También me esforzaré por recorrer su historia, al menos en los momentos más célebres y más conocidos. Luego me empeñaré en hacer ver que la utopía tiene un carácter analógico e icónico, por ser una metáfora y un modelo, o, más bien, un modelo metafórico que nos construimos de la realidad posible.

Palaras clave: Utopía; Historia; Analogía; Realidad.

Abstract


In the following pages I intend to review the idea of utopia. I’ll try to understand it properly, although many definitions already exist. I will also try to go through its history, at least as far as the most important and know moments are concerned. Then I will try to show that the utopia has an analogic and iconic character since it is a metaphor and a model, or, rather, a metaphoric model we build out of a possible reality.

Keywords: Utopia; History; Analogy; Reality.


Recibido: 19-08-2016 ● Aceptado: 06-11-2016


INTRODUCCIÓN

En efecto, hemos de reconocer que la utopía realizable es la que más ha inspirado, la que más ha motivado e impulsado a la acción. A pesar de que a veces no sea conseguible por las condiciones efectivas que se dan en la sociedad. Con todo, ha sido siempre un recurso de motivación, un depósito axiológico de razones para luchar, para trabajar, Para actuar e incluso para vivir. Por eso ha sido tan importante para el hombre, el cual parece que es, por esencia, utópico. De ahí el interés que suscita en nosotros, y por eso le dedicaremos nuestra atención.


CONCEPTO DE UTOPÍA

Se han dado varias definiciones de la utopía, algunas peyorativas, otras positivas. Pero, en general, y sin depender de esas cualificaciones, podemos decir que la utopía es la construcción de una sociedad ideal que nos arranca de la realidad, a veces tan deplorable, en que vivimos. Es una puesta en ejercicio de la imaginación, por lo que se considera algo propio de nuestro imaginario colectivo, de la imaginación social y cultural1. En efecto, siempre andamos construyendo utopías, aunque sea pequeñas. Son algo connatural al hombre.

Se ha visto negativamente la utopía cuando lleva a cosas irrealizables o, por el contrario, cuando conduce a cosas que se pueden concretizar, pero que son malas, como ha sucedido sobre todo recientemente. Se han imaginado sociedades en las que los hombres carecen de libertad, o de dignidad, etc. Sin embargo, aquí nos abocaremos a la utopía que tiene más visos de bondad y que, asimismo, no parece alejada de la realidad, es decir, de ser efectuada aquí en la Tierra.

Así vista, la utopía es un producto de la imaginación creativa, no de la mera fantasía alocada, aunque a veces puede serlo. En ella los seres humanos expresan su deseo de salir de la situación deplorable y de construir un mundo mejor. A veces se le da un sentido negativo o peyorativo, como falsa ilusión, o fuga del mundo que nos compromete, pero también debe verse como un ideal a la vez que un compromiso de cambiar la realidad.

Tal parece que la utopía es algo propio del ser humano. Inclusive, para algunos es índice de libertad, pues surge de rebelarse contra la situación concreta en la que se vive.

Por eso, encontraos que las utopías son perspectivas de liberación, porque marcan caminos hacia un mejoramiento de la situación en la que nos encontramos2. Mas, por eso mismo, son símbolos, son modelos del hombre, que se desean alcanzar, para realizarnos como humanos. Por ello son símbolos3. Tienen una fuerza simbólica, marcan direcciones, aportan valores, dan sentido.

Eso es lo principal de la utopía. Aunque se la ha comparado con la ideología, entendida ésta como falsa conciencia, o conciencia invertida y falsificación de la realidad, la utopía no es una concepción errónea, puesto que sabe que no es real. Es, más bien, el intento de superar lo dado, es un grito hacia el cielo, para alcanzar un mejoramiento de lo que se tiene de hecho. Es aspirar al ideal.


EJEMPLOS DE UTOPÍA

El utopismo tiene, por lo demás, una larga historia. En la Antigüedad, es muy conocida la República de Platón, aunque su utopía se contiene más bien en otro de sus diálogos, Las leyes. E incluso alude a una sociedad ideal, que era la de la Atlántida, en su diálogo Critias.


  1. BUBER, M (1966). Caminos de utopía. FCE, México, p. 9 ss.

  2. KROTZ, E (1980). Utopía. Edicol, México, p. 119 ss.

  3. SERNER, J (1982). La utopía. FCE, México, 1982, p. 102 ss.


    Pero sobre todo se dieron estos ideales en la modernidad. Notoriamente en el Renacimiento. La más célebre es la que da nombre al género, que es la Utopía, de Tomás Moro. Se dice que la emprendió tras el estudio de La ciudad de Dios, de San Agustín4. También conocía, por supuesto, como buen humanista que era, la República de Platón.

    Se dice que Moro escribió esta utopía por estar inconforme con la situación real de Inglaterra. Los terratenientes, en lugar de cultivar la tierra con diversos productos, como cereales, preferían sembrar pastos, ya que eso servía para alimentar a las ovejas, que les daban más ganancias. Con eso quitaban trabajo a los campesinos, los cuales se veían obligados a ir a las ciudades y dedicarse a la mendicidad o al robo5.

    La obra se intitula De optimo reipublicae statu deque nova insula Utopia, publicada en 1516. “Utopía” significaba “Ningún Lugar”, y era el nombre de una isla descubierta en uno de los viajes de Américo Vespucio. No había propiedad privada, por lo que se ha considerado un comunismo. No se apreciaba el oreo y la plata, que servían para los instrumentos muy viles. Todos los habitantes cultivaban la tierra, y cada dos años cambiaban de trabajo campesino. Por eso nadie estaba desocupado. Además de ser agricultores, todos tenían algún otro oficio. Su trabajo duraba sólo seis horas, bajo la supervisión de unos magistrados, denominados sifograntos. El tiempo que les quedaba lo ocupaban en la lectura y el esparcimiento, y estudiaban principalmente filosofía y ciencias naturales. Todos tenían religión, pero se toleraba la modalidad. En efecto, todos creían en Dios, pero le daban culto cada quien a su manera. La teología constaba de algunos principios racionales, sintetizados en la creencia en un Dios creador y providente, en la inmortalidad del alma y en los premios y castigos en la otra vida. Lo único que no se toleraba era predicar en contra de la providencia divina y la inmortalidad humana. Por eso algunos han visto a Moro como antecedente del deísmo y del naturalismo religioso. Pero otros, con mayor tino, lo han visto como presentando al hombre como naturalmente cristiano y dispuesto para recibir el Evangelio6.

    Algunos han dicho que la utopía de Moro tuvo como origen el descubrimiento de ese nuevo mundo descrito por Américo Vespucio. Eso es curioso, porque incluso llegó a tener intentos de realización en América. Uno de ellos fue el de Bartolomé de las Casas, en Cumaná (1521), pero que fracasó. El otro, más conocido y más duradero, fue el de Don Vasco de Quiroga, ya que se dice que sus hospitales-pueblo quisieron ser una aplicación de la obra de Moro. De hecho, Silvio Zavala reporta un ejemplar anotado de la mano de ese obispo de Michoacán. Igualmente, se dieron como empresa utópica, realizada por un tiempo, las reducciones del Paraguay.7

    Hubo otras, como La ciudad del Sol, de Campanella, una utopía muy extraña, que hasta habla de la metafísica que se tendría en ella8. La escribió en la cárcel, en 1602, y se publicó en Frankfurt, en 1623, la cual tradujo al latín como Civitas Solis, en 1629. Se inspira en la República, de Platón, y en la Utopía, de Moro9. Trata de la isla Trapobana, sobre el ecuador, a la que llegó un marino genovés y lo narra al gran maestre de los caballeros hospitalarios, en un diálogo. Daba la impresión de un monasterio, dividida en siete barrios. En una colina del centro estaba el templo del sol, al que se adoraba, como imagen de la divinidad. Era una jerarquía teocrática y comunista. Era como una religión natural. El poder, que era político y religioso, lo tenía Hoh, príncipe y sacerdote, que era el supremo metafísico y teólogo, una especie de sol, reflejo de la unidad absoluta de Dios. Recibían de él la autoridad tres ministros,


  4. MORO, T (1989). Utopía (ed. A. Vázquez de Prada). Rialp, Madrid, pp. 53 ss.

5 FRAILE, G (1966). Historia e la filosofía, III. Del humanismo a la Ilustración (siglos XV-XVIII), BAC, Madrid, p. 310.

  1. KENNY, A (1987). Tomás Moro. FCE, México, pp. 34-57.

  2. FERNÁNDEZ HERRERO, B (1992). La utopía de América. Teoría, leyes, experimentos. Ánthropos, Barcelona, p. 249 ss.

  3. CAMPANELLA, T (1988). La ciudad del sol (ed. E. García Estébanez). Montinari, Madrid, p.115 ss. 9 FRAILE, G (1966). Op. cit., pp. 311-313.


que correspondían a las tres primalidades que postulaba Campanella en su sistema: Pon (el poder), le tocaba la fuerza y la guerra, Sin (la sabiduría), le tocaban las ciencias, artes e industrias, y Mor (el amor), le tocaban los problemas económicos y la regulación de los matrimonios. Luego seguían otros jueces y sacerdotes. Todo estaba en común, sin propiedad privada. Se les asignaba habitación, pero se les cambiaba cada seis meses, para evitar el apego. Se comía en comunidad, en silencio para que se leyeran libros instructivos. Se asignaban trabajos, cuatro horas diarias, y el resto del tiempo se ocupaba en leer, discutir, pasear y cultivar las artes y la filosofía. Se regulaban los matrimonios y los nacimientos, y no había familias. Hombres y mujeres eran iguales, con los mismos trabajos y servicio militar. A los niños se les daba una educación intuitiva, usando mucho de grabados y pinturas de personajes históricos, mapas, plantas, animales, etc. Tenían barcos que navegaban con aparatos propulsores y máquinas que voladoras hasta los astros. La religión de esos ciudadanos era natural, pero dispuestos para el cristianismo, el cual, según Campanella, sólo les añadía los sacramentos. Adoraban al sol, hacían oración hacia los cuatro puntos cardinales, y tenían la confesión. Se hacía con los sacerdotes, éstos con los triunviros y éstos con el gran metafísico, y éste con Dios. Era una forma de estar informados de todo lo que sucedía en esa sociedad.

Otra fue La nueva Atlántida (Londres, 1627), de Francis Bacon, quien recoge esa leyenda platónica y la expone en una obrita inconclusa10. Se trata de una isla en la que se practica la experimentación para aplicar la ciencia y la técnica para el beneficio de la sociedad. Se tienen maquinarias y laboratorios para mejorar la agricultura, la minería, etc. Se habla de la finalidad de todo eso: “El fin de nuestro establecimiento es el conocimiento de las causas y movimientos ocultos de las cosas; y extender los límites del imperio humano para efectuar todas las cosas posibles”11. Está en el ideal de las otras obras de Bacon, sobre la experiencia al servicio del hombre, según aquello de que “Saber es poder”. Y hay muchas más utopías. Simplemente en Inglaterra hubo otras varias12.

Más cercanamente en el tiempo, recordamos una, muy célebre, de Aldous Huxley, a saber, Un mundo feliz (Brave New World, 1932); sólo que es una visión pesimista del futuro, una utopía negativa, que habla de un mundo por venir, en el que se usará el condicionamiento psicológico y con una sociedad con castas muy rígidas. Y otra ─en esa línea del condicionamiento psicológico─ es la del psicólogo conductista B.

F. Skinner, Walden dos (1948), que parodiaba la obra del pensador romántico estadounidense Henry David Thoreau, Walden, o la vida en los bosques, en la que ensalza la existencia del hombre en la naturaleza. Sólo que la utopía de Skinner era una vida en los bosques de concreto, de las ciudades modernas. Allí aplicaba su psicología conductista, que condicionaba a las personas, en la línea de potra obra suya: Más allá de la dignidad y la libertad. Es decir, era una utopía de una sociedad con hombres contentos (pero no felices), por el condicionamiento psicológico para que hicieran lo que se les mandaba y así fueran felices13.

Sobre la utopía ha filosofado Karl Mannheim, en su libro Ideología y utopía, de 1929. Es un libro que quiere ser una introducción a las ciencias sociales. Allí define la ideología y la utopía14. Hace pasar a la ideología de un significado negativo a uno positivo. Es decir, se aparta de la acepción peyorativa de la ideología por parte de Marx, así como de la visión negativa de la utopía por parte del marxismo, que hablaba de un socialismo utópico como contrapuesto al socialismo científico, que era precisamente el marxista15.

  1. IMAZ, E (1973). “Introducción” a Utopías del Renacimiento. FCE, México, p. 28 ss.

  2. BACON, F (1941). La Nueva Atlántida. Losada, Buenos Aires, p. 145.

  3. PLUM, W (1978). Utopías inglesas. Modelos de cooperación social y tecnológica. Ediciones Internacionales, Bogotá, p. 32 ss.

  4. SKINNER, BF (1973). Walden Dos. Fontanella, Barcelona..

  5. MANNHEIM, K (1958). Ideología y utopía. Una introducción a la sociología del conocimiento. Aguilar, Madrid, p. 112. 15 Ibíd., p. 149.


También habla de una mentalidad utópica, la cual responde a los deseos del hombre, de oponerse a su mala situación y mejorarla. Distingue cuatro formas de la mentalidad utópica:16 1) el quiliasmo orgiástico de los anabaptistas; 2) la idea humanitaria liberal; 3) la idea conservadora y 4) la socialista- comunista. Pero supera incluso ésa, ya que habla de nuevas utopías, pero más apegadas a la realidad, es decir, más leves, menos orgiásticas17.

También ha tratado recientemente de la utopía Paul Ricoeur, precisamente en unas conferencias sobre ideología y utopía. Revisa la noción de ideología en Marx, Weber, Mannheim, Althusser, Habermas y Geertz18. También revisa el concepto de utopía, en Mannheim, Saint-Simon y Fourier19. Pero lo más importante es lo que pone en la conferencia inicial, en la que dice que, aunque ideología y utopía pertenecen a polos opuestos, ambas son producto de la imaginación social y cultural20.

En nuestros medios mexicanos, ha tratado acerca de la utopía Horacio Cerutti, quien ha dedicado varios libros a su estudio: Ensayos de utopía, I y II (Toluca, UAEM, 1989); De varia utópica (Ensayos de utopía, III, Bogotá: Universidad Central, 1989); Presagio y tópica del descubrimiento (Ensayos de utopía, IV, México: UNAM, 1991); Utopía es compromiso y tarea responsable (Ensayos de Utopía, V, Monterrey: CECYTE, 2010). Cerutti anduvo en el marxismo, y los que fueron de esa corriente han mantenido sus ideales de igualdad y de justicia, por lo que no me extraña esa ardua dedicación al estudio de la utopía. Quizá estos intelectuales, después de condenar al socialismo utópico ─contrastado con el científico─, se dieron cuenta de que todo socialismo es utópico, tal vez por lo mismo que científico, y que no es fácil de lograr.

También hay críticos de la utopía, algunos que las han cuestionado, por considerarlas irrealizables. Por ejemplo, se puede mencionar a Robert Spaemann, quien va en contra de la utopía moderna de la libertad absoluta, desligada de todo dominio. Dice que siempre se necesitará un poder racional que limite las libertades y las controle, para que no se afecte a la sociedad21. Igualmente cuestiona la utopía del buen gobernante, que se tiene desde Platón, y en la actualidad la mantiene Habermas, pero asegura que eso no pasa de ser un alto ideal22.

También en la filosofía de la liberación se ha criticado la utopía, pero la que es irrealizable. Suelen asentar un principio de factibilidad. Como tiene inspiración marxista, quizá por eso algunos de sus exponentes ven la utopía como la del socialismo utópico, esto es, incumplible, y la rechazan. Así Franz Hinkelammert, quien escribió una Crítica de la razón utópica, en la que dice: “Resulta imposible un conocimiento perfecto de todos los hechos de la relación social humana interdependiente. Esta imposibilidad vale tanto para cada uno de los seres humanos como para cualquier grupo humano”23. Por eso, en esa misma línea de la liberación, Enrique Dussel añade la pretensión de la factibilidad, un principio de cumplimiento, para que se proponga una utopía que se pueda realizar. Si una propuesta ética o política es verdadera y válida, todavía no es por eso buena, tiene que ser practicable, debe ser factible24.

Este principio de Dussel, de la factibilidad, es muy analógico, seguramente en la línea de su

analéctica, es decir, de una dialéctica animada por la analogía, o de una analogía movilizada por la


  1. Ibíd., p. 289 ss.

  2. Ibíd., p. 330 ss.

  3. RICOEUR, P (1991). Ideología y utopía. Gedisa, México, p. 63 ss.

  4. Ibíd., p. 287 ss. 20 Ibíd., p. 45.

  1. SPAEMANN, R (1980). Crítica de las utopías políticas. Eunsa, Pamplona, p. 187 ss.

  2. Ibíd., p. 223 ss.

  3. HINKELAMMERT, F (1984). Crítica de la razón utópica. DEI, San José de Costa Rica, p. 160.

  4. DUSSEL, E (2001). Hacia una filosofía política crítica. Desclée de Brouwer, Bilbao, p. 76.


    dialéctica, ya que así la utopía tendrá una cara metafórica, que es la que tira hacia la equivocidad, al mero ideal, pero también una cara metonímica, que la ata a la tierra, a la realidad, que tiende hacia la univocidad, hacia la realidad concreta y firme.

    El tema de la utopía merece nuestra atención, puesto que expresa el imaginario colectivo, la imaginación social y cultural, que es muy poderosa. Es de alguna manera lo que nos impulsa para seguir adelante en la existencia.


    LA UTOPÍA COMO RECURSO ANALÓGICO CONTRA LA DECEPCIÓN DE LO REAL

    La utopía es algo muy analógico. Es como la parábola. El gran semiotista Algirdas Julien Greimas decía que la parábola era un recurso lingüístico de carácter analógico25. Se usa para decir indirectamente lo que se quiere significar. Pues bien, tal es el modo de la utopía, una especie de metáfora de lo que queremos como realidad. Si la metáfora es un cambio de sentido basado en la semejanza, en la utopía encontramos un cambio de realidades, basado también en la similitud, pero con el hombre, es decir, lo que sería más adecuado para él.

    Analogía significa, en griego, proporción, es lo que los latinos tradujeron como proportio. Y la utopía es algo muy analógico porque describe lo que el hombre querría para sí, el ideal al que aspira, lo que cree que le resulta proporcional, proporcionado a su propia naturaleza o esencia.

    La analogicidad de la utopía vuelve a mostrarse por el hecho de que ella es un modelo de la realidad, o un modelo de la sociedad, o del hombre mismo, un paradigma en el que se reconoce, y que ansía. Tiene la fuerza del ícono, del signo icónico, a saber, que en un fragmento nos manifiesta el todo. Esto porque en cada utopía el hombre proyecta su esencia, la totalidad de su naturaleza.

    También se dijo que la utopía es un símbolo, una imagen que el hombre se hace de sí mismo. Y es que tiene la capacidad simbólica de unir en torno suyo a los que aspiran a esa realidad nueva, diferente. Es símbolo en el sentido de signo más rico, es lo que en la escuela americana de semiótica es el ícono, como para Peirce. Es el signo más rico para la escuela europea, Cassirer, Mircea Eliade, Kerenyi, Paul Ricoeur.

    En efecto, la utopía tiene el poderío y la fuerza de la causa final: todavía no existe y, sin embargo, nos mueve, nos polariza hacia ella. Hace, incluso, que el que la busca ofrende su vida por ella, como pasó con muchos marxistas. Es una fuerza teleológica, que motiva a vivir, que hace avanzar en la existencia.

    La utopía positiva es como un poema. Nos hace vibrar, aunque no sea cierto. Nos da ánimos para seguir, hace que dejemos de lado la pereza, que abandonemos la indolencia, y nos decidamos por la vida, por su defensa, cuidado y promoción.

    Por eso la utopía tiene que ser realizable, es la que mejor cuadra al hombre. La irrealizable llena la imaginación, pero deja vacío nuestro sentido de la realidad, nuestro realismo. Necesitamos utopías realistas, que nos comprometan a su consecución, porque tienen visos de realidad, porque se nos presentan como alcanzables.

    La realidad social muchas veces nos decepciona. Es cuando necesitamos recurrir a la utopía. Ella da esperanza. Por un lado, cuestiona lo dado, denuncia sus injusticias, su falta de paz; pero, por otro, nos hace desear su consecución, nos motiva para hacer esfuerzos.

    La utopía, como nos lo han dicho muchos, es resultado de la imaginación social y cultural, es

    constructo de la fantasía. Es producto del imaginario social, que da la impresión de que siempre tiene


  5. GREIMAS, AJ (1999). “La parábola: una forma de vida”, Tópicos del Seminario, revista de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 1, p. 183-199.


    que estar fabricando castillos en el aire. Es algo que nos acompaña, que nos constituye. Es la manera de no dejarnos derrotar por la realidad triste, que se nos impone.

    A este valle de lágrimas, que es el mundo, le oponemos el paraíso terrenal, que queremos aquí en la tierra, en esta vida. Es nuestro refugio contra el dolor, nuestra resistencia contra la muerte.

    Una hermenéutica analógica nos hace tener utopías, pero realizables, nos distiende hacia el ideal pero amarrados a lo real26. A la parte metafórica del ser humano, que lo sube hasta el cielo, pero también a su parte metonímica, que lo ata a la tierra. Combina el socialismo utópico con el socialismo científico. Propone, como piensa Dussel, una utopía sustentable, cumplible. Eso es lo que la hará buena, en definitiva.

    Y es que el pensamiento utópico es pensamiento crítico. La utopía surge de una crítica de la realidad, del descontento e inconformidad con lo que está dado. Es lo que manifiesta que tenemos libertad, libertad de disentir, de encontrar que lo que tenemos no coincide con lo que deseamos. No llena nuestras expectativas. Es cuando elaboramos algo más allá de lo que hay, para ir a lo que pensamos que debe haber. Es pasar del ser al deber ser. Por eso se ha caído, de puro desprestigio, la acusación de falacia naturalista a ese paso, de los descriptivo a lo valorativo. Se daría en la utopía, la cual es tan necesaria. Es un índice de que continuamente estamos valorando al describir, de que nos la pasamos transitando del ser al deber ser.

    Las utopías son, por supuesto, sociales; y en eso mismo conllevan su contenido moral y político. Más moral que político, pues aquí lo político sirve para hacer concreto lo moral. Pero también tiene un contenido antropológico. Revela una concepción del hombre. Por lo pronto, la utopía tiene como basamento una antropología filosófica en la que el hombre puede ser crítico, tiene la libertad de soñar; aun cuando estuviera sojuzgado, se manifiesta capaz de una deliberación que lo hace ser libre a pesar de las condiciones de opresión en las que se encuentra. Y quizá hasta la opresión lo ayuda, pues es cuando más se necesita la utopía, cuando más se elaboran utopías.

    La utopía surge de la desproporción, es decir, de sentir que lo que existe no está bien proporcionado al hombre, porque es demasiado triste, o sin sentido. Sin embargo, la utopía mala, falsa o incumplible lo es porque está desproporcionada para el hombre, porque le resulta inalcanzable. De este modo, sólo queda aspirar a una utopía proporcionada al ser humano, que le sea proporcional, para que pueda construirla y hablarla. Para eso se necesita conocer la naturaleza humana, para saber qué es lo que le está bien proporcionado. Y la proporción es la analogía; por eso pienso que la analogía debe ser propia de la utopía, que una buena utopía surge de la aplicación de una hermenéutica analógica, primero, al ser humano y, después, a lo que se quiere edificar para él, a ver si le resulta conveniente. No vaya a ser que, por no tener la advertencia de lo que es lo humano, seamos incapaces de pensar una buena utopía, al alcance del hombre, realizable; y, por supuesto, que sea bella, y lo será precisamente porque tendrá la exacta proporción que a él le compete. Es lo que marcará la diferencia entre una utopía en sentido peyorativo, es decir, como algo inalcanzable, y una utopía en sentido optimista, realizable y cumplible, al alcance del hombre. Es lo que hace humana a una utopía, y es lo que hace verdaderamente utópico al ser humano.

    Porque necesitamos de la utopía para ser humanos, pues siempre requerimos de algo que nos haga avanzar, pero con un sentido, con una dirección definida y bien planeada. Pero, además del sentido, ha de tener referencia, esto es, ha de ser cumplible en la realidad. Una utopía necesita tener sentido y referencia. Sentido, para que señale hacia algo positivo, moralmente bueno, que haga feliz al hombre; y debe tener referencia, esto es, aplicabilidad o posibilidad de ser efectuada en la realidad, no quedarse en lo solamente posible.


  6. BEUCHOT, M (2006). Filosofía política. Ed. Torres, México, p. 143 ss.


CONCLUSIÓN

Hemos viajado hacia Utopía, es decir, hacia ningún lugar, y nos hemos paseado por ella. Lo hacemos con la imaginación, pues es algo que todavía no existe en lo concreto, pero sí en lo abstracto. Es el ideal que supera lo real. Siempre tiende a realizarse, pero no siempre lo logra. Hay utopías realizables y otras que no alcanzan a serlo. Sin embargo, nos mueven. Nos hacen vivir, nos dan sentido para la existencia; ese sentido que llamamos esperanza.

La utopía es una causa, con esa causalidad de la teleología, de la final, que tiende a plasmarse y, aun cuando todavía no existe, nos hace actuar. La causa final es la que dirige a todas las otras causas. Es un misterio. Desde la inexistencia real, sólo ideal o mental, construye la realidad. Nos impulsa a construirla. Da sentido a nuestra existencia.

Por eso ha sido importante asomarnos al concepto de utopía, ya que tiene un papel tan fundamental en la vida humana, en la existencia social. Nunca dejamos de soñar, de proyectar nuestros deseos en ideales que construimos, y las utopías son uno de los cauces por los que encuentran salida. Y, a veces, realización. Porque necesitamos principio de realidad, además de principio de placer, para que nuestros deseos no se diluyan en el aire, sino que se cumplan en la tierra.


AÑO 22, n° 76


Esta revista fue editada en formato digital y publicada en diciembre de 2016, por el Fondo Editorial Serbiluz, Universidad del Zulia. Maracaibo-Venezuela


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